Tenía que ser una demostración de fuerza y unidad popular en las calles para preparar la respuesta a la sentencia del juicio al proceso independentista y aleccionar a los partidos secesionistas. Pero la división entre partidos y entidades ha pasado factura también a la gran manifestación de la Diada. Una convocatoria que por primera vez firmaba la Asamblea Nacional Catalana (ANC) en solitario, sin Òmnium, y que finalmente reunió a 600.000 personas según la Guardia Urbana de Barcelona. La cifra queda lejos del millón de manifestantes del año anterior, y de los alrededor de dos millones que los organizadores aseguraban haber reunido cada Diada desde 2012.

«Después de ocho años y con todo lo que ha pasado, es un milagro sacar a la calle a 600.000 personas» argumentan desde los entornos independentistas, destacando una movilización que sigue siendo muy importante. Y apuntan a la «represión», esto es, a las causas judiciales abiertas contra dirigentes, cuadros medios y activistas por su participación en el 1-O, en la proclamación de independencia o en los numerosos actos de protesta que se han sucedido en los últimos años para explicar la caída de manifestantes.

Pero lo cierto es que el año pasado la Guardia Urbana cifró la asistencia a la manifestación de la Diada en un millón de personas, un 40% más que este año, cuando los líderes del 1-O ya estaban en prisión a la espera del juicio oral. La líder de la ANC, Elisenda Paluzie, explicaba tras la manifestación que la ANC no da cifras de participación y justificaba los vacíos vistos en el recorrido de este año porque esta vez no se ha ideado una performance que obligara a los asistentes a ocupar todo el espacio.

En su primera respuesta de urgencia, el presidente de la Generalitat, Quim Torra, aseguraba que la Diada «ha sido un éxito» y la definía como la primera respuesta a la sentencia del procés. Una respuesta que sitúa a la independencia «en el centro de la acción política». «El pueblo de Cataluña nunca falla» ha añadido Torra, consciente de que la movilización popular es el último recurso del independentismo para apelar a la unidad perdida.

Los disturbios en el Parlament rompen con el dogma de la revolución de las sonrisas en la manifestación de la Diada

Sin embargo, la Diada de este año ha arrojado aún una imagen cuanto menos tan preocupante como la de la caída de participantes: los disturbios en el Parlament provocados por la izquierda independentista más radical. No es la primera vez que los CDR y los movimientos anticapitalistas provocan enfrentamientos con la policía, ni la primera vez que intentan asaltar el Parlament. De hecho, ya lo consiguieron el 1 de octubre pasado.

Pero hasta ahora esa izquierda siempre había respetado la movilización mayoritaria, cívica y familiar, organizada por ANC y Òmnium en la Diada. Este año, sin embargo, al tiempo que la Asamblea se emancipaba de Òmnium y de los partidos para organizar la concentración, perdía el manto protector que hasta ahora había mantenido en segundo plano a los radicales en la Diada. Como si los líderes del movimiento anticapitalista reunidos en la CUP hubieran dejado de proteger la imagen de la «revolución de las sonrisas» con la que el independentismo se presentó en 2012.

La CUP, como la dirección de la ANC y una parte de JxCat a la que no es ajena Quim Torra, siguen creyendo que la única opción del independentismo es la vía unilateral, rompiendo definitivamente con el Estado con un nuevo envite que consiga esta vez el apoyo de Europa. Y ven cada vez con más indignación la gestión «autonomista» del Govern o las negociaciones de Esquerra con el PSOE para la investidura de Pedro Sánchez. Una indignación que se ha trasladado hoy a la calle, en parte con el descenso de manifestantes, pero también en forma de abucheos a miembros del Govern, como ha vivido la delegación de Esquerra.

Temor en el monumento a Casanova

El Govern y las direcciones de JxCat y ERC son conscientes de esa desafección. La han vivido ya en forma de manifestaciones, escraches y pintadas a sus sedes por parte de los CDR en fechas señaladas. Por eso el dispositivo policial que ha rodeado este año la ofrenda floral a Rafael Casanova ha sido especialmente celoso. Ya hace años que el público se queda a decenas de metros de las comitivas oficiales que desfilan ante el monumento de quien fuera el conseller en cap de Barcelona durante el sitio de 1714.

Pero este año el Govern temía que la división se girara en contra de los partidos del Govern -ahora que PP y Cs han dejado de acudir a la convocatoria- y la policía autonómica era especialmente celosa a la hora de cerrar el paso, pese a que la lluvia ha hecho que no hubiera más público a primera hora que la cola de comitivas oficiales esperando a hacer la ofrenda. Aunque al final la única protesta ha sido la de dos constitucionalistas que han hecho sonar el himno nacional durante la ofrenda de Torra, lo que les ha comportado el ser identificados por los Mossos.