Conozco a Livio Lo Monaco desde hace casi veinte años. Desde aquellos días en los que, siendo aún casi un desconocido, empezaba a cosechar sus primeros éxitos como empresario. Livio ha ido, año tras año, perfilando una trayectoria empresarial marcada por su carácter filantrópico. Por su afán de ayudar a sus semejantes, Livio es, por encima de todo, muy buena gente, alguien que disfruta del día a día y entiende la vida como un equilibrio frágil pero fundamental entre pasión y deber, entre responsabilidades, placer y disfrute.

Livio llegó a España con tan solo 27 años, buscando nuevas oportunidades de negocio. Con recursos económicos para aguantar un mes o menos, tuvo que trabajar «en lo que salía», desempeñar todo tipo de empleos para sortear «una época económicamente complicada». Lo que se dice, dejar tu país con una mano delante y otra detrás. Finalmente, pudo comenzar a trabajar en una conocida firma italiana comercializadora de baterías de cocina de la que, en tres años y gracias a sus grandes éxitos comerciales, llegó a ser director general.

En 1996 crea Grupo Lo Monaco. Una empresa dedicada a la venta de menaje que mediante un sistema de distribución a domicilio comercializa el colchón Látex Natura. Toda una revolución en aquella época a la que hay que unir la innovación que supuso su forma de entender la publicidad del sector del descanso, que le ha llevado a tener más de 700.000 clientes en toda España.

Sin duda, hoy, los refugiados han encontrado en él su mejor colchón. Sí, los refugiados que en su barco han encontrado un apoyo para realizar su sueño de una vida mejor. Livio, de repente, de forma inesperada se ha hecho famoso de la mano de Jordi Évole y su magnífico Salvados dedicado a Astral, su yate salvavidas. Un documental que nos ha puesto en frente, una vez más, el enorme drama de los refugiados y un mar, el Mediterráneo, que, de cuna de civilizaciones, se ha trasformado en un enorme cementerio de héroes anónimos en busca de un mundo mejor.

Pero vayamos por partes y entremos en el particular universo de este italiano de Padua, hijo de emigrantes sicilianos.

Pregunta.- ¿Cómo nace Lo Monaco como compañía?

Respuesta.- La historia es relativamente fácil. Me acuerdo que estuve una vez, hace ya más de veinte años, con la que actualmente es mi ex mujer, en un centro comercial para comprar un colchón. Tengo que decir que no me gustan mucho los centros comerciales… pero di vueltas, probando colchones, y recuerdo que un vendedor me tumbó en varios y no paraba de mirarme: «A ver si le gusta», parecía pensar. Yo me agobié mucho. Y pensé en la manera de vender un producto tan interesante como un colchón, de una manera diferente. Y se me ocurrió que una buena manera podría ser a través de un programa de televisión y con un sistema de entrega a domicilio. Así fue como empezó todo. De esto, hace más de veinte años.

P.- ¿Te consideras un emigrante de lujo?

R.- ¡Un emigrante seguro! De lujo… el tiempo ha hecho que ahora lo sea. Pero, cuando aterricé, de lujo no tenía nada. Hay una anécdota que me gusta contar y es que, cuando llegué, había una tienda en Granada, una zapatería donde había unas sandalias que me gustaban mucho, pero que no me las podía permitir. Yo las miraba, las miraba… y, un día, de tanto mirarlas, me cansé, como si me las hubiera comprado. Por eso, cuando hablamos de lujo, en fin… Desde aquella época de juventud, poco a poco me fueron empezando a ir mejor las cosas. Sigo pensando que soy un emigrante aunque debo reconocer que en este país me encuentro muy bien. Me sigo sintiendo italiano, pero me he integrado muy bien. A este país le debo mucho.

[Al hablar de sus padres, Livio se emociona. Casi le brota una lágrima al recordar la casa en la que creció y, especialmente, al rememorar aquellos valores que le forjaron como hombre y que se han mantenido intactos con los años, a pesar de los éxitos y el dinero que ha ganado con su empresa].

P.- Hablas de valores, ¿cómo llegas a emplear tus valores en un proyecto que a la mayoría nos ha parecido extraordinario? ¿Cómo nace el Proyecto Astral?

R.- Siempre, por ser emigrante, he intentado ayudar a los demás lo máximo posible, lo que en cada momento he podido. Cuando me casé no quise regalos, pedimos a los invitados donar dinero a la Fundación Vicente Ferrer con la que colaboramos. Siempre me ha apasionado el mar y en cuanto pude me compré un barco. Me costó mucho y siempre ha sido, entre mis posesiones materiales, la que más he amado. Un día, navegando por las Islas Baleares, un amigo italiano me envió una foto aérea de un refugiado, de Libia. Me impactó mucho. Le enseñé la foto a mi mujer, miré la carta náutica, vi que estábamos a dos días de navegación de la tragedia, y le dije: «Esto es malo, nosotros estamos aquí en la gloria, tomando café y, mientras, hay gente que se está muriendo». Ella, más preocupada que yo por este tipo de cosas, me dio la razón. Miré en Internet a ver si había alguna ONG que se dedicara al salvamento marítimo para ver si mi barco podía servir para algo y encontré Proactiva. Les llamé, vinieron a ver el barco, les gustó, les pareció útil y ahí empezó todo. La magia de Astral, el milagro del salvar vidas.

P.- ¿Cómo ha sido esta experiencia?

R.- La solidaridad va por niveles. Euprepio, muchas veces he estado comiendo con personas que, viendo imágenes en televisión de niños desnutridos, muertos de hambre, decían: «Quita esas imágenes, que me dejen comer tranquilo». Yo hasta ahí nunca he llegado. Pero hay otras etapas. Como aquélla en la que tú sí estás dispuesto a dar lo que no te hace falta, las sobras. Ésta sí que la he vivido. La de dar limosna. Ir por el centro y cambiar diez euros en monedillas para regalarlas a los necesitados. Luego hay otra, la última, la de Óscar Camps, el director general de Proactiva, en la que decides dedicar toda tu vida a esto. Renuncias a casi todo por los demás. Yo a esa etapa no he llegado, no sé si llegaré y es realmente profunda. Él ha sido capaz de dejar incluso a parte de su familia.

Yo con Óscar Camps he tenido una relación un poco complicada porque es una persona muy dura. Ahora le considero un buen amigo. Él es un bulldocer de la ayuda humanitaria. Está metido en el ajo, está donde muere la gente. Ha sacado a gente, ha visto morir a gente y sabe que, cada minuto que pasa sin estar en el agua, sigue muriendo gente. Por ello no quiere oír tonterías, no quiere perder el tiempo, no quiere nada que no sea estar donde se debe estar para salvar vidas, sacar niños de la muerte. Yo no conozco, no vivo el estado de Óscar, pero me parece muy bonito que haya gente que pueda llegar hasta ahí. Pero el mío es bonito también. Mucha gente sabe que yo aún estoy pagando el barco. Recibo todos los meses la letra del banco y, cuando era mi barco, para mi placer y mi disfrute, sentía vértigo. Ahora, cuando recibo esa letra, le doy un besito y me digo: «Esto merece la pena». Ahora me encanta estar pagando el barco.

[Una de las cosas que más me han impresionado de Livio es cómo ha podido alcanzar en su vida un gran equilibrio entre lo personal y lo profesional. Entre sus pasiones y sus obligaciones, con una empresa muy grande y con grandes exigencias. Un equilibrio que no muchos empresarios y directivos consiguen. Dedica su mañana a sus hobbies y a su familia. Deportes, caballos, naturaleza y por la tarde se dedica al 100% a su empresa. Todo esto, con una serenidad que pocas veces veo en empresarios y directivos].

P.- ¿Cómo han vivido tus hijos el milagro de Astral?

R.- Muy bien. Yo estuve viendo el documental con una de mis hijas y la pobre lloró todo el tiempo y al final me cogió de la mano y me dijo «estoy orgulloso de mi padre». Son estas las cosas que te llenan. Una cosa más.

P.- ¿Qué es para ti el liderazgo solidario?

R.- Tenemos la tendencia de echar balones fuera. A decir: «El problema de los refugiados es un problema político que alguien tiene que resolver». Y, en parte, es verdad. Pero creo también que tenemos que hacer algo por nosotros mismos. Hay un cuento muy bonito de un señor que, cuando era joven, quería cambiar el mundo. Que las cosas fueran diferentes. Y con el paso de los años, se dio cuenta de que, si era capaz de cambiar todo lo que tenía alrededor, amigos, familiares, sería suficiente. Y cuando fue viejo llegó a la conclusión de que, con cambiarse a sí mismo, ya hubiera conseguido un logro muy grande. Me gusta mucho ese cuento.

Yo no entiendo de política. Ya me cuesta sacar adelante mi empresa con lo que imagino lo difícil que será llevar un país. Estoy convencido de la bondad humana, no creo que ningún político, de ningún país, quiera hacer daño a los inmigrantes. Eso lo entiendo. Pero yo hablo de mí. Yo no me sentía cómodo pensando que la gente sigue muriendo en el mar y yo sigo navegando. Esto es lo que me ha motivado.

[Como yo, Livio ama España y es el que más vende la imagen del país fuera].

P.- ¿Qué te gusta de los españoles?

R.- Para empezar, que son muy parecidos a los italianos. Yo me he sentido cómodo aquí, nunca me he sentido extranjero, tenemos una cultura bastante parecida. En España se vive bien y sobre todo en Granada.

P.- ¿Y qué no te gusta de los españoles?

R.-: Lo primero que se me ocurre es la barra. No soporto comer de pie. Y luego, no sé si esto es más bien del sur, me costaba al principio un poco la informalidad. Yo soy del norte y soy muy formal. Soy terrible con el tiempo. Si llego cinco minutos tarde empiezo a llamar pidiendo disculpas. Es mi manera de funcionar. Al principio, hace 20 años, al menos en Granada, no había formalidad. Me estorbaba. No sé si ahora ha crecido la formalidad o ha decrecido mi nivel de exigencia.

P.- ¿Y cuál ha sido el momento más difícil de tu vida?

R.- Cuando me separé de mi primera mujer. Yo vine aquí sólo y todos los amigos que tenía eran más bien amigos suyos. Me encontré muy sólo. Además de la separación, que viví como un fracaso, me encontré solo. Fue una etapa muy depresiva. Me hice una listilla de gente a la que podía llamar, cuatro o tal vez seis personas…

P.- ¿Qué cualidades destacarías de ti?

R.- Tomo las decisiones con el corazón y luego las arreglo con la cabeza. Siempre lo he hecho.

P.- ¿El corazón no es entonces un estorbo para los negocios, como se dice en muchos master?

R.- No. Corazón y cabeza tienen que ir siempre juntos, sólo de esta forma se puede conseguir el verdadero éxito. Yo he tenido directivos con mentalidad más ingenieril, que siempre hablan de estudios de mercado, de números… Sin embargo, para poder lograr un éxito, hay que creer en algo, soñar, tener una visión. Sin locura, pero con corazón. Después hay que querer hacerlo. Y luego saber ordenarlo, arreglarlo. Yo cuando empecé hace veinte años, si hubiera tenido que preguntarle a un marketiniano qué posibilidades tenía de poder vender colchones por televisión, o qué mercado había, me hubiera dicho: «Cero». Y nuestra empresa ha llegado a facturar más de cien millones de euros en un año. Esto es un ejemplo. Steve Jobs a pesar de ser un ingeniero solía decir: «La gente no sabe lo que quiere hasta que yo no lo hago».

P.- Y a propósito de Steve Jobs, ¿quiénes han sido las personas que más te han impactado en la vida, que te han dejado más huella?

R.- A nivel empresarial pocos, no tengo mucha relación con el mundo empresarial, con directivos y empresarios de éxito. No soy selectivo, pero viviendo en Granada y en el campo estoy alejado de las asociaciones de directivos y empresarios. Mis relaciones públicas son nulas. Mi mejor amigo es un auxiliar administrativo en una empresa de construcción y es terriblemente de izquierdas (risas).

P.- ¿Por qué terriblemente?

R.- Pues, porque siendo empresario, se supone que uno no puede ser de izquierda.

P.- ¿Y a otro nivel?, no empresarial…

R.- No es por utilizar un tópico, pero mi padre y mi madre me han influido muchísimo. Mi padre ha sido, de verdad, mi profesor en muchas cosas. Muchas de las que leo en los libros de marketing, él ya las decía y hacía. A su manera. Pero las decía. Él me ha enseñado a ser diferente, a pensar diferente. Y luego, toda la buena gente que he conocido y conozco todos los días. Hay gente muy interesante. Yo estuve una vez en Argentina y me acuerdo de un taxista-filósofo que el día que le conocí empezó a contar cosas de la vida cotidiana de una sabiduría infinita, y de las cuales me quedé prendado. También me gusta la gente mayor. Cuenta unas cosas absolutamente magníficas.

P.- Livio, ¿qué pensaría el niño que fuiste del adulto en el que te has convertido? Una de las frases clave del libro que te acabo de regalar.

R.- Será por mi manera de ser y de pensar pero no hay nada en mi vida, de todo lo que hecho, de lo que me avergüence ni sobre lo que pueda decir que me haya equivocado. Siempre digo que en el momento en el que tomo una decisión en mi vida, esa es la correcta. Por tanto no existe el Me he equivocado. No me puedo equivocar porque ahora es la decisión correcta. Es como el que juega a la ruleta y dice: «Me equivoqué porque si en lugar de jugar al uno hubiera jugado al tres… si lo hubiera sabido». Creo que eso no existe. Las decisiones se toman con el corazón y, si te equivocas, tendrás que arreglarlo.

P.- ¿Qué sueños tienes? ¿Te queda alguno por realizar?

R.- El sueño que tengo es el de estar sereno. Estar como estoy. Cuando éramos jóvenes, buscábamos la felicidad. Hoy por hoy, busco la serenidad. Estar tranquilo. Vivir el día a día. Y luego, seguramente, llegará algo. Yo ahora estoy en el mundo de la empresa. La empresa ha sido siempre lo que, realmente, dentro de mis capacidades, he sido capaz de hacer. Pero he hecho muchas más cosas. He sido piloto de coches, he sido actor de arte dramático aquí en Madrid. También he sido jinete de salto de obstáculos, he estudiado tres años para ser terapeuta… ahora no sé. Seguramente saldrá algo porque me conozco y es posible que surja algo nuevo. También cuando me compré el barco quería dar la vuelta al mundo… Pero saldrá algo. Vivo la vida día a día y no me pongo límites.

P.- Para acabar con Astral: ¿Con qué te quedas de esta experiencia que has vivido con Jordi Évole y con Óscar Camps?

R.- Ha sido una experiencia muy positiva. He aprendido a respetar más otra manera de ser. He conocido a Óscar Camps, una persona fuerte. Y he conocido a Jordi Évole como amigo. No pensaba que fuera posible fraguar una amistad entre dos personas en tan poco tiempo pero nos hemos convertido en amigos. Hablamos bastante a menudo y, cuando podemos, nos vemos. Es un hombre muy inteligente, eso salta a la vista, pero a la vez es una persona muy fácil, muy cercana, una persona normal. Vino a Granada tras una travesía un poco movida y viéndome lavar los platos… me dijo: «Déjame a mí».

Ha sido una experiencia interesante, única. He conocido a personas que lo dan todo para los demás y esto te llena, te hace sentir bien, te da esperanza. Si hubiera sabido hace diez años la satisfacción que supondría ceder mi barco lo hubiera hecho antes. He tenido que esperar diez años para darme cuenta. Esa foto terrible ha cambiado mi vida. El encuentro con Óscar Camps y Jordi Evole ha cambiado mi vida, me ha rejuvenecido.

Una de mis hijas, que estuvo conmigo en Lesbos, contempla la posibilidad de tomarse un año sabático como voluntaria. Yo mismo espero poder en breve participar activamente, pero el reciente nacimiento de mi tercera hija me ha hecho posponer la idea. Es algo que no descarto. Ahora lo importante no es mi hazaña personal, sino que más gente apoye la ONG. Hoy más que nunca me doy cuenta de que, si no ayudamos a los demás, no somos nadie. Estamos rodeados de gente que sufre y sólo haciendo algo para ellos podemos dar sentido a nuestra vida.

[Han pasado dieciocho años desde la primera vez que encontré a Livio y Astral nos ha vuelto a unir en un abrazo que es solidaridad, en un sentimiento que es amor, en un encuentro que es futuro. Espero que muchos empresarios que lean esta entrevista se contagien del efecto Livio y donen parte de su talento a los demás. Es nuestro deber, nuestra responsabilidad, devolver parte de la suerte que hemos tenido naciendo en estos países y con una vida serena en forma de ayuda a los que lo necesitan. ¡Si no ayudas a los demás, no eres nadie!]