A menudo los políticos españoles son criticados por no haber ejercido otra profesión que la política. A diferencia de otros países, donde a menudo directivos de éxito pasan a ocupar cargos de responsabilidad en gobiernos o instituciones públicas y viceversa, en España hay pocos ejemplos de líderes que hayan destacado en la esfera pública y privada. Josep Piqué es quizás el ejemplo más emblemático de líder que ha triunfado en los dos ámbitos.

Difícil resumir en pocas líneas una carrera donde una de las fechas clave es el 5 de mayo de 1996 cuando fue nombrado de forma inesperada ministro de Industria y Energía en el primer Gabinete de José María Aznar. Un mandato en el que asistimos a la privatización de empresas públicas o de participación estatal, como Endesa, Repsol, Telefónica, Aceralia y se abrió la puerta a la liberalización del sector eléctrico. Desde 1998 fue también portavoz del gobierno y dos años después pasó a ser ministro de Exteriores.

En 2002, ocupó el ministerio de Ciencias y Tecnología impulsando la ley de las Telecomunicaciones y siendo protagonista del espectacular papel que jugó en España el comienzo de la era internet, del cual fue un entusiasta impulsor. Desde hace años ha dejado la primera línea de la vida política ocupando puestos de enorme relevancia en empresas privadas. Ha sido presidente de Vueling, consejero delegado y vicepresidente segundo de OHL, representante del Estado en el consejo de administración del gigante aeronáutico europeo EADS, dueño de Airbus y desde hace pocos días ha entrado en el Consejo de Administración de SEAT. El día de nuestro encuentro el precio de la electricidad vuelve a alcanzar los máximos históricos. ¿Nos dará alguna clave para entender la situación?

Pregunta.- Es usted uno de los pocos líderes en España que ha triunfado tanto en el sector privado como en el político. ¿Hay diferencias importantes entre las cualidades de liderazgos que se necesitan para triunfar en la empresa privada y para hacerse un hueco en las instituciones públicas al más alto nivel?

Respuesta.- Hay diferencias, claro. En el sector público, la hoja de ruta ha de ser la del interés general mientras que en el mundo empresarial lo lógico es que pienses en los intereses de tu empresa y en los de tus accionistas. Pero al margen de eso, aunque pienses en el interés general en el sector público, viene muy bien saber cuáles son las pautas de comportamiento de los agentes económicos y del sector privado al cual se dirige tu actuación. Y aunque estés en el mundo empresarial y, lógicamente, pienses en los intereses de tu empresa, hay que tener en cuenta el interés común, ejercer eso que ahora se llama responsabilidad social corporativa y no olvidar los intereses generales. Por tanto, hay diferencias pero también muchas similitudes. Un buen líder puede serlo en las dos esferas y sería muy deseable que hubiera más directivos de la empresa privada que pasen al sector público, a la política.

P.- En los últimos días el precio de la luz ha tocado techo con el precio del megavatio superando incluso los 100 euros. Usted fue ministro de Industria y quien, en 1997, privatizó Endesa y puso las bases de la liberalización del sector eléctrico. Recuerdo que usted presentaba la privatización como una gran oportunidad para los ciudadanos, la luz iba a ser más barata. Sin embargo, también por el mal tiempo, en las últimas semanas se ha disparado el precio. ¿Es posible que esto cambie? ¿Qué análisis hace usted, 20 años después de aquella liberalización del sector?

Tenemos que acostumbrarnos a que los precios fluctúan, veo cierta exageración en lo que está pasando»

R.- En esos años no había competencia. Teníamos monopolios territoriales que tenían precios y costes fijados por la administración y nuestro principal reto fue liberalizar el sector, no sólo porque creíamos en la competencia sino porque era una exigencia comunitaria. Había que romper con determinados monopolios que impedían esa competencia y un libre mercado dentro del mercado interior. Eso se inició con la ley de 1997, con la que se avanzó notablemente. Y se abarataron los precios de la energía, sobre todo para el sector industrial. Pero efectivamente han pasado 20 años y ha habido muchos ministros de Industria desde entonces, se han ido modificando las pautas de comportamiento, las normas y hemos acabado en esta situación. Aunque creo que, siendo muy lógico y muy razonable que ahora los ciudadanos digan «cómo se ha encarecido el precio de la energía», también debamos tener en cuenta que ha habido otros momentos en los que, por circunstancias meteorológicas o tecnológicas de todo tipo, ha estado más barata. Nos tenemos que acostumbrar a que en un mercado libre los precios fluctúan en función de la oferta y la demanda y, por tanto, veo una cierta exageración en todo lo que está sucediendo.

Sé que es muy molesto que te suban los precios de la energía, pero ahora han confluido muchos factores, todos en sentido negativo; se habla mucho del clima y de la meteorología pero no hay que olvidar, y es el motivo más importante, que ahora la mitad de las centrales nucleares francesas están paradas por razones técnicas y en lugar de importar energía barata de Francia lo que estamos haciendo es exportarla y eso encarece el precio promedio. Veremos. Si hay irregularidades las tendrá que examinar la Comisión de la Competencia y el propio Gobierno. Sin embargo, me ha resultado muy chocante que la Fiscalía Anticorrupción se meta en este tema sin explicar por qué. Creo que estamos entrando en una dinámica extraña: suben los precios, por tanto algo raro está pasando y alguien está abusando. Eso deberá analizarlo la Comisión de la Competencia, pero la Fiscalía no se tiene que basar sólo en intuiciones. Tiene que explicarnos por qué actúa de una determinada manera. Espero que, entre todos, vuelva el sentido común y se consiga que los mercados de la electricidad y el gas natural vayan en la buena dirección. Hay que dejar que los que saben de estas cosas hagan bien su trabajo.

P.- ¿No falta un poco de pedagogía y de transparencia por parte del Gobierno y de las empresas en estos temas? Le pregunto esto, porque muchas veces los ciudadanos no tienen la menor idea de cómo interpretar la factura o de cómo el clima influye tanto en el precio. ¿No haría falta -además del clamor de los medios- una mayor pedagogía?

R.- Yo siempre he defendido que, en democracia, la política es pedagogía. Poner los argumentos encima de la mesa, plantear debates para que se discutan en plena libertad. Que cada uno exponga su posición y que los ciudadanos, desde su madurez democrática, decidan quién lleva la razón y quién tiene una posición que se acomoda más a sus intereses. Y muchas veces nos hace falta, en la acción política y en tantas otras, esa capacidad pedagógica. Yo fui portavoz del Gobierno y me acostumbré a hacer un esfuerzo de explicación didáctica de los problemas. Evidentemente hay temas muy complejos y hay que evitar simplificaciones porque eso en política se llama populismo; ofrecer soluciones simples a temas muy complejos -y nada más lejos de mi intención- pero sí que, en temas complejos, hay que hacer un esfuerzo pedagógico para que sean bien entendidos por los ciudadanos. Y el ejemplo de la energía es paradigmático. ¿Qué tiene que ver el clima con esto? Pues hay que explicar que buena parte de nuestras fuentes de generación de energía son ya renovables, que dependen de las horas del sol o del viento o de los flujos de agua que pueden generar energía hidroeléctrica y, por tanto, estamos, por una parte, recibiendo las consecuencias de algo que todo el mundo considera positivo como es la apuesta por estas energías renovables, pero que tienen esa contrapartida que obliga a tener otras fuentes de generación que equilibren ese mix. Ahí podríamos entrar en el debate de si nucleares sí o si nucleares no. O de si las fuentes alternativas deben basarse en el gas natural o seguir basándose en combustibles fósiles. Todo eso, que es complejo y difícil, se puede explicar. Y una de las exigencias que debemos hacer los ciudadanos a los políticos -y yo me he dedicado a la política muchos años- es que se explique y que se contrapongan argumentos. Que no trabajemos sólo en base a consignas o a mensajes fáciles porque eso va en contra de los intereses de los ciudadanos que, lo que quieren, es que los políticos resuelvan sus problemas.

P.- Y ya que hablamos de ideología y de política, cambiando de asunto y refiriéndonos al problema catalán que, supongo coincidimos, es uno de los más importantes en este momento para España, usted ha dicho en reiteradas ocasiones que lo que ha faltado es haber hecho más política por parte de los diferentes Gobiernos. ¿Cómo ve el momento actual? Se lo digo tras el bochornoso viaje de los máximos representantes del Gobierno autonómico catalán a Bruselas.

R.- El independentismo, como proyecto político, está derrotado. Primero, porque ha sido incapaz de recoger la menor solidaridad internacional. Y ningún proyecto de esas características es posible sin algún tipo de apoyo internacional, particularmente en un país que está en el seno de la UE y que es un país democrático homologable a cualquier otro. Pero, además, porque después de muchos años de agitación política, mediática y social, y tras muchos más años de construcción nacional basada en el sistema educativo y en su política de medios de comunicación, el independentismo no ha sido capaz de aglutinar una mayoría social suficiente como para hacer de ese proceso algo imparable. Y ahora tendremos que gestionar esa realidad, pero en el bien entendido que casi la mitad de la población catalana ha votado en algún momento por partidos independentistas o ha expresado su sentimiento independentista. Eso es algo que hay que gestionar políticamente sin olvidar que hay otra mitad de los catalanes, parece que mayoritaria, que además de sentirse españoles con mayor o menor intensidad están en contra del proceso soberanista y merecen el mismo respeto que los que piensan de distinta manera. Y ahí hay que entonar un mea culpa por parte de los distintos gobiernos, incluidos aquellos a los que he pertenecido -que nadie interprete en sentido partidista lo que voy a decir-; esos ciudadanos no se han sentido suficientemente arropados en sus sentimientos. Porque más allá de los intereses legítimos en política democrática estamos hablando de sentimientos y, por tanto, no hay que llegar sólo a los bolsillos o a las cabezas, sino también a los corazones, si se me permite una expresión un tanto cursi.

Hay que entonar un ‘mea culpa’ por parte de los distintos gobiernos de España, incluidos aquellos a los que pertenecí»

Eso también implica hacer política, participar activamente en los debates porque las batallas que no se plantean se pierden, por definición. Hemos dejado que el territorio estuviera cubierto sólo por los argumentos de los independentistas. Ahí no ha habido suficiente contraposición. Y al tiempo hemos permitido un cierto oscurecimiento de España como concepto y del Estado en Cataluña. Eso hay que ponerlo sobre la mesa. Y dos cuestiones particularmente graves: no el que haya partidos independentistas, que siempre los ha habido y siempre los habrá. Eso es legítimo porque en democracia las aspiraciones son libres. Lo novedoso es que, quien ha asumido ese proceso, han sido las instituciones de autogobierno. Instituciones que deberían ser de todos se han puesto al servicio del proyecto político de una parte. Eso tiene un coste que a mí me resulta bastante insufrible: la división interna de la sociedad catalana. Además están dispuestos a llevarlo adelante aun a costa del desgarro interno de la sociedad. Porque a pesar del debate recurrente sobre la lengua, el nivel de convivencia cívica en la sociedad catalana ha sido siempre altísimo. Y eso me lleva a otra consideración: yo entiendo siempre el debate de las diferentes sensibilidades asociadas a las lenguas pero eso nos ha hecho olvidar, por ejemplo en el sistema educativo, que mucho más importante que la lengua vehicular son los contenidos que se enseñan. Y muchas de las cosas que nos pasan tienen que ver con que hemos dejado que se explicara una determinada visión de la Historia que iba destinada, no a conocerla, sino a un determinado proceso político de construcción de una nación.

P.- Siempre he sostenido, siendo políticamente incorrecto, que la deriva independentista, tan apresurada de la ex CIU y el señor Mas, fue paralela a la salida de los escándalos relacionados con la familia Pujol. Siempre me chocó. ¿Cómo ha vivido usted como empresario, como directivo y catalán de éxito, todo lo que le ha ocurrido a uno de los personajes más influyentes en las últimas décadas en la política catalana y nacional?

R.- Creo que puedo compartir con muchos ciudadanos de Cataluña y del resto de España una profunda decepción por lo que hemos ido sabiendo. Porque más allá de las diferencias ideológicas, el que fue presidente de la Generalitat durante 23 años era visto con un gran respeto por la ciudadanía fuera y dentro de España, como un nacionalista catalán responsable y sensato que apoyaba en muchas ocasiones la gobernabilidad de España. Luego hemos sabido, primero, que desde un punto de vista personal él y su familia -y es muy difícil pensar que con su desconocimiento- tienen, han tenido, comportamientos -y no lo digo yo- por los que están todos ellos imputados y probablemente procesados por actuaciones presuntamente delictivas. Pero, además, hemos ido descubriendo cómo, de una manera un tanto solapada, ese período sirvió para generar las condiciones para que llegara un momento en el que se pudiera plantear ya el objetivo que, aunque no se manifestara de forma implícita, era la independencia.

¿Con quién se dialoga? Hay una ausencia de liderazgo nítido en el mundo soberanista que está en su propias contradicciones internas»

¿Qué está sucediendo? Que esa fuerza política que era Convergencia y Unió, al hacer esa transformación tan rápida y tener que absorber el impacto de esos episodios de corrupción, no sólo relacionados con la familia Pujol sino con el hecho de tener su sede embargada, se ha desconectado de buena parte de su electorado tradicional. Y eso explica en buena medida su declive electoral, que nos dicen las encuestas que todavía va a ser mayor y una recomposición interna en la correlación de fuerzas dentro del mundo nacionalista, a veces soberanista. A veces, cuando se le reclama al Gobierno español diálogo con el Gobierno de Cataluña, con las instituciones catalanas -y el diálogo es siempre positivo- hay que resaltar que hay cosas sobre las que no se puede dialogar porque no le corresponden al Gobierno de España. El Gobierno no tiene ninguna competencia ni legitimidad para poner en cuestión la soberanía nacional ni a quien le corresponde. Porque eso no le corresponde al Gobierno sino a las Cortes. Y ahí lo que está en juego es quién es el depositario de la Soberanía, si el conjunto del pueblo español o sus partes. Claro que se puede hablar sobre el corredor mediterráneo o sobre la alta velocidad entre Barcelona y Valencia. También sobre la financiación de las comunidades autónomas. Pero la pregunta es: ¿Con quién se dialoga? Porque en este momento hay una ausencia de liderazgo nítido en el mundo soberanista que está en sus propias contradicciones internas. No hay más remedio que esperar a una clarificación electoral que todo apunta a que tendrá lugar este año.

Mientras tanto, eso sí, la economía sufre porque depende mucho del grado de certidumbre que pueda existir respecto a la situación. No del riesgo, porque eso se puede medir en una economía de mercado, pero la incertidumbre paraliza, porque la incertidumbre no se puede medir y va asociada a una inestabilidad política generada por unos comportamientos que son difíciles de interpretar en un sentido responsable. Cuando tú ves a unos responsables políticos con su monotema que están llevando a su comunidad y a su país a un callejón sin salida mientras se van deteriorando los servicios públicos y la cohesión social, no puedes tener confianza en esos responsables.

P.- ¿Como ha vivido los 319 días de Gobierno en funciones después de las elecciones del 20 de diciembre 2015?

Estamos en un proceso de recomposición tanto de las izquierdas como de las derechas y en un proceso de redistribución del voto que ya veremos cómo acaba»

R.- Aquí hay dos cosas. Una de carácter más instrumental pero transcendental y es que, ante ese posible escenario de impasse, el Gobierno anterior tuvo la precaución -y fue muy criticado- de aprobar los Presupuestos de 2016 de forma que, aunque hemos tenido un gobierno en funciones, éste podía administrar razonablemente por qué contaba con unos Presupuestos aprobados por las Cortes. Eso nos ha permitido gestionar la situación de una manera más racional. Dicho esto, España está en un proceso de recomposición política. Llevábamos casi 40 años con un bipartidismo imperfecto. Ganaban las derechas o las izquierdas, pero ambas más en el centro del espectro político y con una alternancia que a veces se producía con mayoría absoluta o con mayoría relativa y se complementaba con los llamados nacionalismos moderados.

Eso se rompe por varias razones, sobre todo dos, que explican la crisis del sistema de representación política en muchos países. Primero, una crisis económica demoledora desde el punto de vista de la cohesión social en la que muchos sectores sociales se han visto como perdedores de la situación y no han percibido un esfuerzo para que eso se pudiera revertir, lo que ha originado un descontento respecto a la política tradicional muy fuerte que ha favorecido la aparición de nuevas fuerzas políticas. Y, en segundo lugar, por la corrupción. Hemos hablado de la corrupción en Cataluña pero también debemos hablar de la de muchísimos otros sitios que afecta a todas las fuerzas políticas, PP o PSOE, y que es algo demoledor para la moral colectiva. No tanto la corrupción, que también, sino lo que se percibe como la falta de una respuesta adecuada por parte de los poderes públicos. Eso ha cambiado el sistema de representación política pero aún no sabemos cómo acabará cristalizando. Estamos en un proceso de recomposición tanto de las izquierdas como de las derechas y por tanto en un proceso de redistribución del voto que ya veremos cómo acaba.

Eso es lo que explica que hayamos estado casi un año sin Gobierno, porque los actores políticos están aprendiendo de una situación nueva y no hemos sabido recomponer eso para tener un Gobierno estable hasta que, al cabo de un año, el PSOE tras no pocas convulsiones, decidió abstenerse para que pudiera haber un Gobierno. Ahora lo que hace falta es estabilidad y vamos a ver una primera prueba de fuego: si somos capaces de aprobar unos Presupuestos para 2017 y cumplir nuestras obligaciones con la UE. Si eso es así, yo creo que tenemos por delante por lo menos dos años de fuerte estabilidad.

P.- Muy a menudo se achaca la crisis política actual, los populismos e incluso la crisis económica devastadora que hemos vivido desde el 2008 a la falta de buenos líderes. ¿Está de acuerdo?

Si somos capaces de aprobar los Presupuestos y cumplir con la UE, creo que tenemos dos años por delante de fuerte estabilidad

R.- Hay algo de tópico al hablar siempre de ausencia de liderazgo en los momentos que se viven y luego, pasados esos momentos, reconocerlo. A veces incluso después de la muerte porque, como decía bien Pérez-Rubalcaba, «en España enterramos muy bien». Hay otro tópico: no he visto ningún Gobierno que no se queje de que «hacemos las cosas bien pero las comunicamos muy mal». Es algo recurrente porque no comunicar bien también significa que no estás haciendo las cosas bien. Respecto al liderazgo yo que, no sólo soy un europeísta convencido sino que procuro practicarlo en mis actividades políticas, efectivamente noto una ausencia del mismo en las instituciones europeas. Cuando los ciudadanos desconocen, en una gran mayoría, quién es el presidente del Consejo Europeo o la Alta Representante para nuestra política exterior común o el Presidente del Parlamento Europeo o de la Comisión, algo está fallando. Esto a veces en la Historia se ha suplido por personalidades muy fuertes de los estados más importantes de la Unión. Durante mucho tiempo, el liderazgo europeo fue compartido en el eje franco-alemán, en el que Alemania era la potencia económica más importante pero Francia ostentaba la hegemonía política. Con la unificación alemana esa situación se convierte en muy asimétrica. Francia querría liderar pero no puede y Alemania podría liderar pero a veces parece que no quiere. Tendremos que esperar a los liderazgos que surjan después de los procesos electorales de este año. Si en Alemania vuelve a surgir un Gobierno de gran coalición liderado por Ángela Merkel, la canciller tendrá la responsabilidad histórica de enderezar el proyecto político. Y para eso hace falta también que algunos países tan importantes como España o Italia reflejen una estabilidad suficiente como para ejercer también un cierto liderazgo. No deja de ser una paradoja que, después de un año sin Gobierno, el país que se perciba como más estable entre los grandes de la UE sea precisamente España.

P.- Antes hemos hablado de populismos. Ahora tenemos un nuevo presidente de los EEUU populista, apolítico, homófobo, sexista y nacionalista. Alguien que con tono de iluminado y de caudillo habla con un discurso al margen de los partidos. ¿Consideras posible que haya un efecto dominó del populismo de Trump que favorezca las ambiciones nacionalistas de los partidos de ultraderecha y populistas en las elecciones en Francia, Alemania, Holanda e Italia?

Lo que está haciendo Trump, a medio plazo, más allá de lo que provoque a corto, va a tener consecuencias muy negativas para EEUU

R.- Puede haber un efecto dominó pero también de antídoto. Las sociedades son maduras y sabrán interpretar lo que está en juego. Lo que está haciendo el nuevo presidente de los EEUU, a medio plazo, más allá de lo que provoque a corto, va a tener consecuencias muy negativas para los propios EEUU y para el conjunto del planeta. El aislacionismo y el repliegue estratégico de los EEUU está siendo observado con enorme alegría por otras potencias como Rusia o China, que van a ocupar en buena medida ese espacio. Y con una UE en términos políticos internacionales muy irrelevante, el resultado final es, no que se vaya a parar la globalización, que no es una opción sino un dato, sino que se va a recomponer con un avance de potencias como Rusia o China que no comparten nuestros valores como países occidentales. Eso es una mala noticia. Desde el punto de vista económico, el retorno al proteccionismo y a expresiones como Compra americano, acabará siendo empobrecedor. Estamos viendo cómo el presidente chino y máximo responsable del Partido Comunista Chino inaugura el foro de Davos con un discurso favorable a la globalización y un canto al libre comercio. Algo que nos hubiera parecido imposible hace poco tiempo. Todo con unas consecuencias geoestratégicas que no son positivas y otras económicas que tampoco lo van a ser, que tienen que ser explicadas suficientemente y que nos obligan a los europeos a volver a encontrar un cierto papel a nivel internacional, teniendo en cuenta que EEUU está en esa fase de repliegue y de aislamiento.

P.- Y España, que a veces se ha sentido ninguneada en el tablero internacional, ¿qué papel podría tener? ¿Cómo puede adquirir España mayor relevancia?

R.- España es la tercera economía del euro si se produce el Bréxit, la cuarta de la Unión Europea. Por ello tiene bastante que decir. Deberíamos ser muy proactivos en la búsqueda de salidas a la actual crisis política y utilizar inteligentemente palancas que sólo tenemos nosotros. Nuestra relación con el mundo iberoamericano es un activo muy relevante, teniendo en cuenta además que, en este momento, la zona geográfica del mundo más estable políticamente y sin ningún conflicto militar tras la paz en Colombia sea precisamente esa.

P.- ¿Por qué no hemos conseguido entonces ese rol, liderar esa zona tan estable y tan importante del mundo, teniendo en cuenta que el español es la segunda lengua más hablada del mundo?

R.- Hace muchos años que está en marcha la Comunidad Iberoamericana a través de las Cumbres Iberoamericanas. Hay una Secretaría General de la zona y los avances, que no se han explicado bien, son más importantes de lo que la opinión pública percibe. La presencia de las empresas españolas allí es extraordinaria. Empieza a haber empresas multilatinas que invierten en España, las relaciones culturales son evidentes y las relaciones políticas cada vez más, aunque hay dificultades. Hablamos de América Latina, obviamente, pero hay muchas Américas Latinas. No son lo mismo los cuatro países de la Alianza del Pacífico que los países de Mercosur o los que forman parte de la Alianza Bolivariana. Hay que optar y elegir bien quiénes son los mejores interlocutores.

P.- ¿No falta algo de proactividad? A menudo los españoles pecan de falta de seguridad, se ponen en un plan de inferioridad en comparación con políticos, directivos y empresarios de otros países. Algo que personalmente considero una equivocación.

R.- Hay un hecho objetivo que es el grado de autoestima que tenemos los españoles. El Real Instituto Elcano, un think tank de política internacional que tengo el orgullo de decir que se puso en marcha siendo yo ministro de Asuntos Exteriores, tiene unos indicadores de la imagen de la llamada Marca España en el mundo que siempre nos revelan que quien peor opina de España son los españoles. Eso responde a nuestra historia, la reciente y la no tan reciente. También a un hecho objetivo, para no cargar las tintas sobre los políticos: para la proyección internacional de un país es absolutamente relevante que se perciba como muy cohesionado internamente. La debilidad o el cuestionamiento de la idea de España internamente debilita nuestra percepción internacional.
Luego ha habido circunstancias políticas concretas como la proyección internacional –aunque muy distinta entre ambas personalidades- que han tenido y siguen teniendo el presidente González y el presidente Aznar. Es cierto que las circunstancias de cohesión interna eran muy distintas y que ha habido una crisis que ha obligado a concentrarse en los problemas internos y que ha hecho que haya tenido que disminuir el interés por la proyección internacional, pero aquí hay de nuevo que insistir. La crisis económica era la prioridad más absoluta porque teníamos que evitar la quiebra y el rescate pero cuanto más compatible lo hagamos con la proyección internacional, mejor.

P.- ¿Y a usted, que ha conseguido casi todo, qué retos le quedan o, si se me permite la cursilería, qué sueños?

R.- Pues, para mí, el plano personal es el más importante y, aunque quede también muy cursi, lo más importante es ser feliz. Estar contento con uno mismo. Mantener la curiosidad por todas las cosas y mantener la voluntad y la ambición de aprender. Nunca has leído suficientes libros, nunca has tenido suficientes experiencias, nunca has viajado lo suficiente para conocer otras realidades y el campo es infinito. Si mantienes ese interés por saber y esa curiosidad es fácil estar a bien con uno mismo. Yo que voy a cumplir ya 62 años y he vivido ya bastantes experiencias sigo manteniendo esa curiosidad permanente y esa voluntad de aprender permanentemente. Y no tengo más aspiración que hacer cosas interesantes que me diviertan, que me interesen intelectualmente y que me permitan mantener esa curiosidad.

P.- Si en algún momento en España o en la Unión Europea le ofrecieran o le hubieran ofrecido un cargo importante o ser presidente de un Gobierno técnico, ¿lo consideraría?

R.- Mire, este tipo de especulaciones no me gustan nada. Cuando salieron algunas informaciones, yo mostraba mi descontento. En Italia ya sé que hubo experiencias como la del señor Monti. Creo que eso es un fracaso. Hay que dejar que los políticos resuelvan sus problemas y no venir desde fuera. Aunque los que tenemos el virus de la política inoculado desde pequeños, sabemos que eso no tiene antídoto. Eso hace que si en un determinado momento se te plantea hacer algo en favor del interés general, al menos lo consideres. Esa puerta hay que tenerla siempre abierta. Otra cosa es el virus de la actividad política. Yo sí he encontrado el antídoto a ese virus. Una cosa es el interés por la política, que se mantiene siempre, y otra cosa es la actividad política entendida como profesión. No me gustan las puertas giratorias y nunca he considerado haber entrado y salido de ellas. He vivido mi vida profesional entre empresa privada y política, y creo que es muy bueno. En el mundo anglosajón pasa mucho. Eso enriquece mutuamente y, si se hace con transparencia y con honestidad, no tiene por qué generar ningún problema. La mala imagen y la decadencia que se tiene de la actividad política deriva de que tenemos cada vez más políticos profesionales que no han hecho otra cosa y que desde los 20 años han empezado como concejales de su pueblo, no conciben otra forma de afrontar su proyecto vital.