Andrés Conde es uno de esos profesionales afortunados, que han podido convertir su pasión en su trabajo. Un trabajo, el de director ejecutivo en España de la ONG Save the Children, enfocado en la ayuda a los niños más necesitados, una labor que, reconoce, “retribuye mucho emocionalmente”, pero que también encierra sinsabores, porque cuando se trata de erradicar las injusticias siempre queda “la sensación de no haber hecho lo suficiente”.

Save The Children, una organización con casi un siglo de existencia, trabaja en 120 países y, de ellos, no es España el que presenta los menores desafíos. Porque aquí, asegura Conde, existen 1.400.000 niños en situación de pobreza severa y, sin embargo, los poderes políticos no tienen este problema entre sus prioridades. “España no es un buen país para ser niño”, denuncia este economista de formación, que, sin embargo, no se resigna a que esto siga siendo así.

Pregunta. Es inevitable comenzar esta entrevista pidiéndote una valoración acerca de los comportamientos repugnantes por parte de algunos directivos de Oxfam, Médicos sin Fronteras o algunas otras ONG. ¿Qué se puede hacer o qué se hace desde dentro de las organizaciones para prevenir, detectar y castigar estas conductas?

Respuesta. Los comportamientos indignos y repugnantes de algunos cooperantes han causado un grave daño reputacional a todo el sector de las ONG. Un sector que necesita la legitimidad y la confianza que le da la ciudadanía para poder desarrollar con eficacia su labor humanitaria. No es fácil impedir totalmente que algún suceso aislado de este tipo se pueda producir, cuando hablamos de organizaciones con miles de profesionales de distintas nacionalidades dispersos en decenas de países.

Pero resulta imprescindible que todas las ONG cuenten con los más elevados estándares de exigencia y protocolos relativos a la prevención y detección del acoso y el abuso sexual, y por supuesto que actúen con la máxima celeridad y la mayor contundencia ante casos probados.

La indignación social por los casos conocidos es lógica y comprensible, pero no debemos dejar que empañe la realidad generalizada y admirable de muchos miles de personas que arriesgan y entregan su vida como cooperantes en los contextos más difíciles para salvar vidas, aliviar el sufrimiento y dar dignidad a las víctimas.

P. ¿Cómo llegas a ser el número uno de Save the Children?

R. Creo que es un cúmulo de cosas. Me siento muy afortunado porque he ido dirigiendo mi carrera hacia aquello que más me apasiona, y que más me motiva profesional y personalmente, hasta llegar a una identidad total entre mis principios, mi pasión y mi objeto de trabajo, la infancia y la lucha por la solidaridad. Soy economista y empecé mi carrera en algo completamente opuesto, en los mercados financieros, en los que aprendí mucho, pero, sobre todo, que no era eso lo que yo quería hacer. De ninguna manera.

Después tuve la suerte de trabajar catorce años para el sector de la cultura, en un importantísimo grupo editorial para España y América Latina. Disfruté mucho y también construí una carrera directiva. Y ahora, desde hace diez años, trabajo en este tercer sector, en el de las ONG, sobre todo las enfocadas en infancia, primero en UNICEF y ahora en Save the Children. Para mi ha supuesto el sueño de combinar una carrera directiva con una dedicación fortísima y apasionada hacia la gente en una situación más crítica.

P. Buscaste por tanto una dedicación hacia la solidaridad. No llegó un headhunter y te encontró. ¿Llegaste por qué buscabas esta combinación de un trabajo directivo, pero en un sector como el de la solidaridad?

R. Siempre en mi vida he complementado las dedicaciones profesionales con una dedicación voluntaria a colectivos más vulnerables. Y siempre he tenido la inquietud de si algún día podría convertir eso que era una tarea complementaria en la principal. Y lo he conseguido.

P. ¿Cuáles son tus valores, Andrés? Los que han dirigido tu vida.

R. Creo que la justicia. Sobre todo, para quienes son víctimas de nuestra sociedad, que nacen en entornos de desventaja que casi se convierten en una cadena perpetua. Eso para mí es un motor en términos de valores. Eso y la compasión con las personas que sufren.

La seguridad de que nuestro esfuerzo está cambiando las injusticias hace que te acuestes en paz contigo mismo

P. ¿Cómo valoras y soportas entonces un trabajo en el que, cada día, tienes que enfrentarte a historias de violencia, a situaciones de injusticia? ¿Cómo puedes, desde un punto vista físico, tanto como mental o emocional, con la realidad de niños que sufren?

R. Lo vivo desde la certeza de que lo que nosotros estamos haciendo está modificando esa situación. Desde ese punto de vista, trabajar para Save the Children es un privilegio porque es una plataforma excelente para el cambio social a favor de las personas que más sufren.

La exposición frecuente al sufrimiento humano carga los hombros de cualquiera, pero la seguridad de que nuestra pasión y nuestro esfuerzo está cambiando esas situaciones hace que uno se acueste todas las noches con mucha más paz con uno mismo. Y esto compensa las renuncias, el esfuerzo… la única parte más amarga es la sensación de no haber hecho lo suficiente. Siempre hay algo más que se puede intentar.

P. ¿Qué es Save the Children? ¿Qué es lo que hacéis?

R. Es una organización independiente, de poderes políticos y de religiosos, que además tiene carácter global, está presente en 120 países y que ya, en 2019, cumplirá cien años de antigüedad. Es por tanto una organización que ha experimentado y vivido mucho. Completamente enfocada en los niños y en las niñas, sobre todo en los que han sufrido mayores privaciones e injusticias. Y que tiene una pasión y un compromiso muy decidido de todos sus profesionales con la infancia. Esto último, créeme, no es tan habitual.

P. ¿Puedes darme una foto de nuestro país en relación a la violencia contra los niños? Me refiero sobre todo a la lacra de la violencia de género, porque hay una parte no menor de niños que han sido asesinados por padres maltratadores.

R. Es una violencia invisibilizada. No existen datos ni estadísticas. No es algo que se esté investigando. Y lo que no se puede medir, no se puede gestionar.

En España la violencia contra los niños está invisibilizada. Se trata como un asunto privado, de las familias

P. Y esto, ¿por qué es así?

R. En primer lugar, porque los niños no importan. Así de claro. Siendo España un país en donde la familia es el primero de los valores, sin embargo, la sensibilidad social hacia los problemas que sufren niños y niñas y la atención política es muy baja o inexistente. Vuelvo a repetir, es invisible. Y además, esta violencia se relativiza. Porque cuando ocurre entre pares, se dice: “Bah, son cosas de niños, no pasa nada”. Se entiende que esto es un asunto privado, de la familia. Y que conviene que no nos metamos.

En esto existe una diferencia muy grande con los países nórdicos, donde el niño es sujeto ciudadano y de derechos, con total independencia de sus padres o de su familia. En España, los niños se entienden como propiedad familiar. Son asunto de los padres y no hay una atención tan importante.

P. ¿Y no hay una denuncia vuestra, de carácter político incluso?

R. La cultura es una creación humana, y como tal, se puede cambiar. Y en España, por ejemplo, está cambiando el modo en el que las mujeres son tratadas. Y está habiendo un progreso clarísimo en términos culturales en el modo en el que los hombres tratan a las mujeres. Y, repito, no existe un marco regulatorio, un marco de leyes, de los niños contra la violencia. Hay algunos aspectos, en algunas leyes, que son valiosos.

Pero no lo hay como ley orgánica, como sí existe en la violencia de género. Y nosotros luchamos porque exista una ley de erradicación de la violencia contra los niños y los adolescentes. Luchamos porque eso sea posible porque además tiene el consenso de todos los grupos parlamentarios. En septiembre se presentó una proposición no de ley y todos la aprobaron. Estamos viendo un desafío grande en la tramitación de esa ley por parte del Gobierno. Al final parece que esta cuestión es de alto consenso, pero de baja intensidad.

P. ¿La religión y su influencia en la educación de los niños y en la creación de esta cultura, como decías, más rígida, es una ayuda o un obstáculo en la consecución de vuestros objetivos?

R. La religión es un factor cultural que atraviesa todos los sistemas de valores de todas las sociedades donde trabajamos. Hace dos días mataron a cuatro compañeros en Afganistán grupos terroristas que lo que quieren es un Estado Islámico. Es un tema puramente religioso, pero por razones religiosas nos vemos hasta asesinados en algunos lugares. Obviamente sí. Hay religiones que impulsan sistemas de valores más cercanos a la misión de nuestra organización y otras que no.

Hay lugares donde es un desafío y otros donde es una ayuda. Depende mucho de la concreción en cada país, en cada entorno de esa visión religiosa y de cómo sus autoridades la gestionan. Para nosotros es crítico. Para promover determinados cambios es imposible hacerlo sin un diálogo con las autoridades religiosas y sin su ayuda. Estas autoridades a veces son la mejor ayuda y a veces un gran obstáculo.

P. Ahora en España vemos una tendencia relativamente fuerte al homeschooling, algo muy arraigado ya en algunas zonas de los EE.UU. Niños, al final, como propiedad exclusiva de la familia. Y el Estado ahí, menos una ONG, no puede entrar. Y cuando de repente se produce alguna situación violenta contra los menores parece, según algunos fanáticos, como si Estado ahí no pudiera entrar.

R. La visión del niño como sujeto de derechos independiente de sus padres es fundamental. Un ejemplo muy sangrante próximo; niños en situación de pobreza con necesidades de material escolar o de comedor escolar. A veces lo han visto negado porque sus padres tenían deudas con la administración: no habían pagado su cuota de autónomos o lo que fuera. ¿Cómo es posible que esto ocurra? La respuesta es que se trata de una unidad familiar. Y parece que no vale argumentar que el niño es un ciudadano completamente distinto de sus padres, aunque viva con ellos. Esa ligazón es bastante inconveniente.

La recuperación económica tiene que tener rostro de niño. Nos estamos jugando el futuro del país

P. Según muchas encuestas, España sale muy mal parada respecto a otros países en cuanto a pobreza infantil. ¿Es realmente así?

R. España no es un buen país para ser niño. Lo digo siempre. Y no puede ser que en un país tan industrializado ocurra esto. Figurando en el decimocuarto puesto de las economías mundiales tenemos un nivel de pobreza severa solo superado en la UE por Rumanía.

P. ¿Por qué ocurre esto?

R. Porque no estamos tomando medidas ni atendiendo a esa realidad. Otros países tienen implantados planes, objetivos concretos de reducción y entienden este colectivo como prioritario en cuanto a lucha contra la pobreza. Incluso es peor, porque se anuncian medidas, como ese plan de choque contra la pobreza infantil que anunciaron PP y Ciudadanos en la última investidura de Mariano Rajoy, con una dotación de 1.500 millones al año que se firmó y que no ha llegado a sustanciarse. Se ha utilizado prácticamente una cantidad ridícula.

P. ¿Cuántas veces consigues sentarte con las administraciones públicas, te reúnes con los responsables y puedes conseguir tus objetivos?

R. Save the Children no pretende cambiarle la vida a nadie. Nosotros trabajamos con 8.000 niños en situación de exclusión en España que nos derivan los servicios sociales. Nuestra intención es mejorar sus vidas, pero no solo de estos sino de todos los que están en esa situación. Y para ello el único camino son las políticas públicas. El trabajo con las administraciones públicas por tanto es crítico.

Tenemos una puerta de entrada razonablemente buena, con receptividad inicial, pero nos cuesta mucho más que se substancie en compromisos presupuestarios o legislativos. Llegamos a propósitos pero no a acciones. Volvemos a lo que te dije; la infancia como algo de alto consenso, pero muy poca intensidad. Y hay una raíz que no conviene olvidar: los niños no votan. ¿Cuál es la rentabilidad política de beneficiar a la infancia? Pues es una rentabilidad de futuro pero que en el presente no la tiene, como sí la tienen otras medidas.

P. ¿Y qué se puede hacer?

R. La recuperación económica tiene que tener rostro de niño. Si los niños son el grupo de edad que padece mayor situación de pobreza severa en España, la recuperación económica tiene que atender a esa situación y compensar las desventajas que, desde el inicio, tienen esos niños. A través de una inversión discriminada hacia esos niños. Tenemos 1.400.000 niños en pobreza severa en el país.

Podemos elegir que sean 1.400.000 adultos para siempre dependientes de ayudas públicas o 1.400.000 ciudadanos contribuyentes con su empleo y con su formación. Depende de lo que hagamos ahora. Nos estamos jugando el país del futuro. También desde un punto de vista de sostenibilidad. ¿Quién va a pagar las pensiones?

P. Las redes sociales, Andrés, están ahora tristemente de actualidad por todo el tema del bulling y demás. ¿Qué se puede hacer también en este terreno?

R. El acoso escolar ha existido siempre. Eso no es nuevo. Lo que las redes y la tecnología han hecho es que ese acoso, que antes ocurría en las horas escolares, ahora sea una cuestión de 24 horas al día. No es infrecuente ver mensajes a las tres de la mañana y eso mina emociones veinticuatro horas al día. Es fundamental trabajar la ciudadanía digital. Hay un montón de normas de comportamiento para la vida física, pero parece que el entorno digital es de libertad total. Y que en nombre de la libertad vale todo.

Hay que centrar el trabajo también sobre la prevención. Que padres y profesores estemos sensibilizados sobre las dinámicas del acoso y qué podemos hacer para corregirlo inmediatamente. Es un tema muy conflictivo.

Es fundamental trabajar la ciudadanía digital. Parece que el entorno digital es de libertad total

P. ¿Hay una cierta ‘omertá’?

R. Sí. Los padres de los niños agresores van a negar en muchos casos que eso está ocurriendo, los padres de los niños agredidos no van a saber qué hacer, y es muy difícil. Los profesores temen el conflicto y el desprestigio de sus centros… y además es que no hay formación en cuanto a la gestión de la violencia entre iguales, entre niños. El profesor no está formado para esto, pero convive en una realidad en la que la violencia va a tener lugar. En pequeña o mayor escala. Tampoco las familias están preparadas. No hay protocolos y debería haberlos.

P. ¿Qué objetivos tiene ‘Save the Children’ este año?

R. Nuestro objetivo, desde la respuesta humanitaria a grandes emergencias globales, nuestro foco está en Bangladesh, por la crisis de los rohingya, con 650.000 personas que han huido de la violencia de los que 400.000 son niños.

También las crisis nutricionales por el cambio climático: en toda la zona del Sahel, Mauritania, Mali, Níger… Y en cuanto a impulso político en España, la ley de erradicación de la violencia en la infancia no puede descarrilar. Y el Gobierno no lo ha recogido en sus prioridades para 2018. A pesar, como dije, de todo el consenso parlamentario. Y hay, en fin, otra prioridad que son los menores no acompañados. Ahora mismo hay 3.660 en España. Niños que han llegado solos. Y que son los más desprotegidos contra la violencia sexual, contra la explotación laboral. Entre la primavera y el verano veremos muchos más inmigrantes llegando a nuestras costas y muchos de ellos serán niños.

P. Por último, Andrés, ¿cómo se lleva, desde el punto de vista personal, una tarea tan ingente y tan intensa como la tuya?

R. Yo llego a casa cada día en paz. Con la conciencia plena, pero sin olvidar la atención a la familia y a ti mismo. Esta es una labor que retribuye mucho emocionalmente, pero en la que tienes que poner barreras a lo que estás haciendo, porque es tan importante y tan apasionante que, si no lo hicieras, si no pusieras esas barreras, no te dedicarías a nada más.