Camisetas de los Stormtroopers de la milenaria saga Star Wars, sillas de gamer situadas en cuartos oscuros que se convierten en el escaparate idóneo para adentrarse en la deep web y una facilidad pasmosa de leer señales ocultas en mensajes rutinarios. Las teorías conspirativas abundan en la sociedad contemporánea: el 11-s, o cómo altos cargos y gobernantes estadounidenses podrían haber conocido de antemano los sucesos que acontecieron en el World Trade Center; la perpetuada discusión de si el hombre verdaderamente pisó la Luna (un debate que Iker Casillas revivió en Twitter recientemente y por el que recibió un 42% de respuestas que ponían en entredicho el logro de Neil Armstrong); la rematadamente loca idea de que la famosa canción de Las Ketchup, el Aserejé, es un rito satánico si se escucha al revés; la convicción de que la tierra es plana o la concepción de que los illuminati son, en verdad, reptiles escondidos bajo una apariencia humana. ¿Es Pedro Sánchez un lagarto? ¿Es el aserejé-ja-dejé un mensaje enviado por el mismísimo Diablo?

La fascinación popular por la conspiración llegó a su punto álgido a principios de 2021, un año que se antojaba lánguido por la pandemia, pero que arrancó con una nevada histórica en Madrid y un asalto al Capitolio sacado del guion de un largometraje de Michael Bay. Hasta entonces, el término ‘QAnon’ parecía más el de un usuario que había desvelado los papeles de Watergate que el de un movimiento de extrema derecha que aupaba a los trumpistas acérrimos a desconfiar de las fuentes de información mainstream.

‘La calma antes de la tormenta’ o ‘el gran despertar’. No son títulos de las próximas entregas de la saga de los Jedi, sino mensajes que ‘Q’, el instigador, mandaba en la web 8chan, uno de los rincones más oscuros de internet. Hablando de una gran guerra mediática contra Donald Trump, mandando notas crípticas e imágenes que pedían ser leídas bajo su abecedario y alegando que Hillary Clinton abusaba de niños y ejercía el tráfico de menores bajo la denominación de Pizzagate, las conspiraciones de ‘Q’ comenzaron a mediatizarse. Buscando generar un nuevo orden en Estados Unidos, ‘QAnon’ se convirtió en el “despertar” de miles de usuarios que comenzaron a cuestionar sus valores, preceptos y conocimientos acerca del mundo que les rodeaba.

Desde octubre de 2017 hasta las elecciones de 2020, ‘Q’ mandó más de 5.000 mensajes, convirtiéndose en un fenómeno que movilizó a los feligreses de Trump como futuros agitadores de la marea que terminó asaltando el Capitolio el pasado enero. La calma, primero. La tormenta, después.

Tráiler de Q: En el ojo del huracán, el nuevo documental de HBO.

HBO estrena este lunes Q: En el ojo del huracán, una docuserie que se adentra en las profundidades del mar conspiranoico del movimiento de ultraderecha ‘QAnon’: desde sus primeros mensajes, hasta los seguidores enloquecidos y ensimismados con la idea de que una persona cercana al mandato de Trump (entre 2016-2020) estaría detrás del hilo de mensajes esotéricos que auparon a muchos a levantarse contra el establishment. Banderas de los Estados Confederados, capas con la letra ‘Q’ en su dorso o Jake Angeli, el hombre que lideró la entrada al templo de la democracia americana, con la cara pintada y con pieles de animales en su cabeza.

Durante seis episodios, y tras una investigación de más de tres años, el documental se adentra en el laberinto de ‘Q’ y trata de atar cabos para descifrar quién hay detrás de los envíos que jaquearon la ideología de los republicanos y trumpistas más radicales. «Es una suerte de histeria colectiva que hace que estemos sensibles y dispuestos a hacer lo que nos digan» afirma Ovidio Peñalver, psicólogo sanitario y psicoterapeuta.

Es gente que tiene poco pensamiento crítico, que necesita sentir que forma parte de un clan y que sigue de manera irracional a su ídolo, que en este caso ha sido Trump»

Ovidio Peñalver, psicólogo sanitario y psicoterapeuta

«Es gente que tiene poco pensamiento crítico, que necesita sentir que forma parte de un clan, de una tribu, es un grupo cerrado y todos tienen un mesías, que en este caso ha sido Donald Trump», añade. Así, Peñalver considera que hay masas sociales que «siguen de manera irracional a su ídolo» porque necesitan una voz constante que les diga qué hacer y cómo, «como en una secta» que anula tu voluntad e individualidad a favor del colectivo. «Esto ha ocurrido siempre en la historia, no es cuestión de izquierdas o derechas», reitera el psicólogo.

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Jake Angeli con la bandera de los EEUU en el asalto al Capitolio. EFE

Los arquetipos “clásicos” de conspiración

‘QAnon’ no es más que un caso centrifugado del largo listado de teorías milenarias de la conspiración que han consumado a grupos y fascinado a mundanos. El psicoanalista, filósofo y médico Carl Gustav Jung (Suiza, 1875- 1961) habló de los arquetipos, de ese inconsciente colectivo existente en todas las culturas antiguas que conecta con elementos que superan las fronteras de uno mismo, esa esencia trascendental de formar parte de algo que es más grande que tu propia, y mísera, existencia.

Para Ovidio Peñalver, los individuos que se adscriben a las teorías de la conspiración lo conciben como «una forma de estar en el mundo»: una especie de kit de supervivencia con altas dosis de alucinógenos. «Hay un arquetipo que tiene que ver con todo lo conspiranoico, en la Antigua Grecia ya había conspiración con los dioses, con las teorías del mal, había grupos que se organizaban para cambiar el mundo», relata el psicólogo. «Hay una parte del ser humano que se identifica con estas historias», indica.

Hay gente que se agarra a la conspiración porque, aunque sea de forma subjetiva, tiene una respuesta y calma su ansiedad, aunque no haya evidencias»

OVIDIO PEÑALVER, PSICÓLOGO SANITARIO Y PSICOTERAPEUTA

«La conspiración te da una explicación, hay gente que se agarra a ellas porque, aunque sea de forma subjetiva, tiene una respuesta, calma tu ansiedad, por muy irracional que suene y aunque no haya evidencias», explica.

Cúmulo de incertidumbres

Si la conspiración es la respuesta cerebral a la escasez de información, algo que explicaría el fenómeno ‘QAnon’ y su falta de confianza en los medios y en todo lo que se considera como lícito y válido en la sociedad contemporánea actual, la pandemia ha traído consigo un menú completo compuesto por incertidumbre, ansiedad y desasosiego generalizado. Así, el negacionismo y la idea de que el coronavirus es una mentira tejida y cosida por el Gobierno, irrumpe como un arquetipo dentro de la rama de la conspiración.

«Dime de qué hablas que yo me opongo», de eso va el negacionismo según Peñalver. Así, el perfil responde al conjunto social al que le «gusta ir contra la mayoría, ser la nota discordante». El movimiento no solo se corresponde con la negativa de aceptar la aleatoriedad del virus, también ha habido negacionismo con los más de seis millones de muertos que dejó el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. «¿Por qué hay gente que se apunta a esto? Es una manera de ir en contra de algo, les gusta, ahí encuentran un fundamento, una manera de ir por el mundo. Llamas la atención, te posicionas con la minoría», afirma el psicólogo.

«Lo que el ser humano lleva mal es la incertidumbre, la pandemia trae justo eso y pone a prueba la planificación del ser humano, no sabemos qué va a ocurrir con las vacunas, antes era con las mascarillas», explica. Así, la angustia provocada por la escasez de confirmaciones y por un presente que pide ser el centro de atención «genera tanta ansiedad y angustia que tenemos que darle un sentido de certeza» a la vida, un vacío que ciertos sectores sociales rellenan con el surrealismo.

Sin embargo, ¿qué explica la obsesión popular por las teorías que niegan la existencia de catástrofes naturales, sanitarias, históricas o legitimadas por documentos y pruebas fehacientes? «A todos, en el fondo, nos ha gustado lo esotérico, lo raro, lo distinto, aunque racionalmente no creas en ello», afirma Peñalver. «Responde a lo de salirte de lo habitual, esto le da un punto morboso, de decir “¿y si fuera verdad?”».