Julia Varela (Ponteveda, 1981) ya está haciendo la maleta para Tel Aviv y afinando las escaletas de la gala de Eurovisión que dentro de unos días acogerá la cosmopolita ciudad israelita. La periodista y, por quinto año consecutivo, comentarista oficial de RTVE en el festival de música más internacional es una de esas profesionales a las que la popularidad no le ha robado la frescura.

Se atreve a hacer de todo y hablar de todo sin tapujos: sexo, maternidad, feminismo, infidelidad, terapias para ser feliz, ‘mochilas’… Lo que viene siendo la vida a pelo y sin filtros después de los 30. Su primera novela, Por qué me pido un gin-tonic si no me gusta, aborda desde la cruda realidad ficcionada o desde la ficción más realista los grandes temas de los trentaytantos. El título en sí es ya una declaración de intenciones.

«Por qué me pido un gin-tonic si no me gusta convierte la anécdota en algo mucho más profundo. Denota todas esas cosas que hacemos por moda, postureo o presión social, sin que realmente sea lo que deseamos o nos hace realmente felices. Puede aplicarse a pedir un gin-tonic por ser la bebida de moda o a tener hijos porque es lo que se espera de la mujer a cierta edad», explica Varela.

La novela describe con ironía, frescura y humor las mútiples encrucijadas de las treintañeras en un mundo menos redondo de los que nos gustaría

Olga Colmeiro, la protagonista del libro, se da cuenta de lo uno y de lo otro. Ni gin-tonic ni hijos. Sin spoilers, la primera página es un adiós. Y a partir de ahí, comienza la sacudida para recomponerse en un momento vital en el que nada encaja como se había imaginado. Y como Olga, tantas mujeres.

«Es más que una novela femenina dentro del cajón de sastre del chick lit. Es una novela que invita a la reflexión sobre un momento vital. Los treintay son los nuevos veintitantos y se viven con gran juventud y energía, de ahí que el momento biológico y social no siempre concuerde. Es el momento de tener hijos y un trabajo estable. O al menos eso nos habían contado. Pero cuando llega esa década, a veces ni una cosa ni otra. Para empezar, porque el mercado laboral nos lo ha puesto difícil a los jóvenes. La precariedad laboral también tiene presencia en la novela», explica la escritora.

A partir de los 30, cuando todos llevamos cosidas al currículo experiencias multicolor con su escala de grises y negros, el humor que despliega Varela es clave para sobrevivir en una sociedad en la que no encajamos como se supone que deberíamos. Y Por qué me pido un gin tonic si no me gusta describe con ironía, frescura y humor las mútiples encrucijadas de un mundo que no es tan redondo como nos gustaría.

Olga Colmeiro, la protagonista del libro, nunca votaría a un partido como VOX. ¡Yo tampoco!»

Olga es, como Varela, reportera y urbanita, pero «ni es mi alter ego ni mi trasunto», asegura la escritora. «Es más impertinente y más lanzada que yo. Y un poco más borde. Ah, y nunca votaría a Vox. ¡Y yo tampoco! En eso sí somos iguales», asegura.

Reconoce que se ha inspirado en lo que le rodea, en su día a día como profesional, amiga, madre, esposa, hija, hermana… pero prevalece la ficción. «En todos los personajes hay algo de mí, pero no soy ninguno de ellos», asegura.

En cualquier caso, tras la novela subyacen algunos de los planteamientos que la escritora defiende; algunos en los que la inmensa mayoría de la sociedad coincide en voz bajita, pero la falsa moralina soterra.

Por ejemplo, la sexualidad de la mujer. «La mujer ya no tiene barreras sexuales y no tiene que pedir perdón por mantener relaciones sin amor, por mero placer. Hay que defender el sexo sin culpabilidad. A partir de los 30, el sexo en la primera cita es normal. Se acabaron los tabúes», señala Varela.

Mis amigos gays son divertidos, creativos, cariñosos. Me apasiona su espíritu abierto y, además, son fans de Eurovisión»

Y profundiza más. «La infidelidad, llegada a cierta edad, empieza a contar cuando hay al menos un polvo de por medio. La infidelidad mental es una puerilidad. Y, desde luego, la infidelidad está sobrevalorada. Los besos furtivos tampoco tiene suficiente enjundia. Se los puedo dar a una amiga, como ocurre entre la protagonista y una de sus mejores amigas. O a un gato. En fin, los amantes empiezan a contar a partir del sexo y si no, mejor ni hablarlo con tu pareja», comenta resuelta. «Los amantes de besos sólo sirven para comentarlos con los amigas y reírse», bromea para añadir acto seguido: «Mi marido puede enfadarse conmigo por esto, ¿no?»

La maternidad es otro de los temas que aborda la novela. Varela, madre de un niño de tres años, la vive con naturalidad, pero alejada del los cánones más convencionales. De hecho, reconoce que  las conversaciones de madres le resultan de todo menos estimulantes. «Me aburren bastante y me aburre aún más la mística de la maternidad. Hay mujeres que se realizan con la gestación, el parto y la crianza, pero yo lo asumo desde un prisma más práctico. Es una experiencia más, muy diferente a todo lo que hagas en tu vida, pero es sólo una faceta más. No nacemos para ser madres. Las mujeres somos mucho más», asegura.

O los políticos se plantean ayudar al mundo rural o acabaremos todos tirándonos de los pelos, sin trabajo suficiente y estériles en el asfalto»

El planteamiento entronca con la corriente feminista en auge. ¿Es Olga Colmeiro feminista? «Si que su útero esté en huelga se considera una premisa feminista, sí, desde luego. Y, por descontado, cree en la igualdad de derechos para hombre y mujeres, al igual que defiende la libertad sexual», señala. «Pero no la he parido como una novela feminista de manual, sino que es una ficción narrada desde un punto de vista femenino, singular y del siglo XXI», apostilla.

El amigo gay no podía faltar en el círculo íntimo de la protagonista. «Tengo un amigo hetero que dice que la manera de determinar lo cool que es una persona es contando el número de amigos gays que tiene. Quizás no sea un método muy precioso, pero creo que no le falta razón. Mis amistades homosexuales son divertidas, creativas, cariñosas, independientes, urbanitas, sin hijos pero con muchos sueños e inquietudes. Me apasiona su espíritu abierto y sus sonrisas. Además, a la mayoría les encanta Eurovisión, donde ya tengo bastante experiencia», recuerda Varela.

Una de los temas que Por qué me pido un gin-tonic si no me gusta plantea es la problemática de la España vaciada. «Soy gallega, de provincias, aunque llevo más de 15 años en la capital. Mi vida y mi trabajo me han llevado a recorrer pueblos que antes existieron pero en los que hoy apenas ladra un perro. Vivimos hacinados y cabreados en las grandes ciudades y los pocos que se mantienen en las aldeas no gozan de ninguna ventaja fiscal a la hora de abrir empresas. Tampoco tienen médico, colegio o buena conexión a Internet. O los políticos se plantean ayudar al mundo rural, o acabaremos todos tirándonos de los pelos, sin trabajo suficiente y estériles en el asfalto», opina la orgullosa provinciana afincada en la capital.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en un negocio. Ahora hasta los terapeutas te tienen que dar permiso para tener una relación»

Los trentaytantos deberían ser ese momento en el que se ha avanzado lo suficiente en la vida como para alcanzar el equilibrio, la estabilidad y la ansiada felicidad. Pero precisamente la búsqueda constante de ese estado se puede convertir, en sí mismo, en el mayor obstáculo para alcanzarlo. En este sentido, Varela se muestra crítica sobre el negocio que ha surgido en torno a la felicidad.

«Hay que dar un crédito relativo a todo el consumo vinculado a ser más feliz. Terapias para ser feliz, coaching emocional, mindfulness, lecturas de autoayuda y superación… Ofrecen recetas para sentirnos mejor, para encontrar el amor, para enamorarnos de nosotros mismos… Lo último es que los terapeutas te den permiso o te lo quiten para involucrarte en una relación sentimental después de algún trauma. Yo creo que no hay pautas para eso. La felicidad está a menudo en la zona de confort, aunque se empeñen en que paguemos para salir de ella. De hecho, todos buscamos esa zona. Y si salimos de ella, de algún modo la buscamos en otro sitio. Para mí, la manida zona de confort está infravalorada y yo me quiero quedar en ella», reflexiona.

Varela es maestra en convertir lo trivial en fuente de satisfacción. «Soy feliz haciendo mi cama y reencontrándome con ella hecha cuando vuelvo agotada de trabajar. Soy feliz con un desayuno bien puesto. O escribiendo tres párrafos más. La felicidad es, en realidad, una forma de ser», sonríe.