Todos hemos disfrutado de las intensas nevadas que nos dejó Filomena en varios puntos del mapa. Pero con lo que no contaba una sociedad poco acostumbrada a tener que convivir con temperaturas tan gélidas es que después de todos los copos que cayeron y cuajaron, estos se iban a congelar durante semanas. Las capas de hielo se han convertido en todo un problema para el funcionamiento de muchas ciudades. Pero, ¿qué hacer con todo ello?

Unas de las primeras preocupaciones serían que este, por unas eventuales temperaturas más templadas, se descongelase y pudiese colapsar la red de saneamiento. Fuentes del Canal de Isabel II exponen a El Independiente que esto no sería problemático ya que la red de la Comunidad de Madrid «está preparada para ello».

De verse comprometida en un hipotético deshielo repentino, entrarían en juego los tanques de tormentas —grandes depósitos que almacenan el exceso de precipitaciones que no pueden ser tratadas—. «La nieve al fundirse tan despacio y de forma tan laminada no supone ningún riesgo, estamos en tal ola de frío que este proceso va a ir muy despacio», detallan.

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¿Qué hacer con este exceso de hielo?

Casi una semana después de la gran nevada que dejó la borrasca Filomena y aún en medio de una ola de frío, el Ayuntamiento de Madrid ha despejado de nieve y hielo 2.167 calles, el 23 por ciento de las 9.261 existentes en la capital. Según fuentes municipales, desde el fin de semana y hasta las ocho de la tarde de este pasado jueves los operarios habían logrado despejar de nieve 1.721 kilómetros de las 2.167 calles.

Existen centenas de calderas en reserva en la Comunidad de Madrid y se pueden utilizar para usar ese agua caliente

Daniel Portero, ingeniero de caminos y diputado en la Asamblea de Madrid (PP)

Según Daniel Portero, ingeniero de caminos y diputado en la Asamblea de Madrid por el Partido Popular —junto con las labores de reacondicionamiento realizadas por los ayuntamientos, voluntarios o particulares—, se podría aprovechar el calor que se genera en las depuradoras de aguas residuales, donde va a parar gran cantidad de agua proveniente del deshielo. El sistema que depura las aguas genera metano a nivel natural, un biogás excedente combustible que se quema a través de antorchas.

El experto sugiere que esta fuente de energía podría calentar calderas de agua en reserva «a coste 0», de manera gratuita. «Existen centenas de calderas en reserva en la Comunidad de Madrid y se pueden utilizar para usar ese agua caliente», afirma Daniel Portero. El ingeniero, que ya ha trabajado en el sector privado en labores de acondicionamiento de calzadas tras nevadas, detalla que este agua calentada a unos 85º C se podría verter en camiones de baldeo.

Allí se mezclaría con agua a menor temperatura a través de un hidrante para que no sea «tan agresivo» contra el pavimento. En vez de esparcirla a través de la superficie, Portero explica que lo óptimo sería aplicarla en la unión del hielo congelado al suelo. Después, otra maquinaria se encargaría de retirar el resto de bloques habiendo derretido «ese puente de unión».

El riesgo de emplear sal

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El ingeniero de caminos remarca que la sal aplicada encima de la nieve o placas de hielo no tiene eficacia durante una ola de frío. «Es de una efectividad mínima, sobre todo si la nieve está muy dura o ya ha creado placas de hielo». Al empezar a derretirse durante el día, una vez bajan las temperaturas se congela nuevamente. «Es muy contaminante una vez llueve y ese agua va a parar a los ríos, no hay que echar más de la cuenta por ese motivo». Además, mata la fauna y hace al suelo más ácido.

Un urbanismo «más flexible»

Un urbanismo más flexible de cara a catástrofes son fórmulas que habría que ir pensando

María José Peñalver, tesorera del cscae

María José Peñalver, arquitecta y tesorera del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España (CSCAE), detalla que las condiciones tan excepcionales e inusuales a las que nos hemos enfrentado ocurren cada tanto tiempo, que no «cabe» redimensionar nuestras infraestructuras de cara a eventuales nevadas u olas de frío. «Cuando se trata de eventos que suceden cada 50 años no podemos replantear la estructura de elementos urbanos», sostiene.

Asimismo, Peñalver detalla que las zonas que sufrirán más posibles complicaciones por el deshielo serán las más antiguas dentro de las ciudades. En último lugar, la arquitecta reflexiona cómo estos eventos excepcionales —como las inundaciones del Mar Menor de 2019 provocadas por la DANA— plantean la necesidad de un «urbanismo flexible». «Son fórmulas que habría que ir pensando», subraya.