Esperanza Álvarez, que cambió de sexo a finales de los 80, posa en la puerta de su casa para El Independiente

Esperanza Álvarez, que cambió de sexo a finales de los 80, posa en la puerta de su casa para El Independiente Ignacio Encabo

Sociedad DÍA INTERNACIONAL DE LA VISIBILIDAD TRANS

Ser transexual en España: un viaje de los 80 hasta hoy

«No siento que haya nacido en un cuerpo equivocado. Es la sociedad la que lo está. Si nacieses en una isla desierta sin nadie más… ¿Cómo sabrías qué o quién eres?» Sencillo, quien quisieras. De haber crecido en ese pedazo de tierra en mitad de la nada, probablemente Esperanza no se habría tenido que esconder debajo de la cama para jugar con los recortables de sus hermanas o probarse los tacones de su madre. De haberse dado tal situación, la madre de Dyan no habría sentido «asco» hacia su hijo, y parte de su familia jamás habría pensado en hacerle un exorcismo para que dejase de vivir en pecado. El pecado de la transexualidad.

Entre Esperanza Álvarez (55) y Dyan Martínez (25) hay tres décadas de lucha, treinta años de pasos hacia delante y una infinidad de historias humanas repletas de prejuicios, rechazo e incomprensión. Mientras que Esperanza se lanzó al vacío de lo desconocido en la España de los 80, Dyan dio los primeros pasos hacia su felicidad en 2016. A pesar del correr del tiempo y los acontecimientos, ambos se autodenominaron personas trans cuando esto todavía era sinónimo de tener un trastorno mental. Y es que, así lo dictaba la Organización Mundial de la Salud (OMS) hasta 2018, cuando procedió a hacer una modificación en su definición e incluir el término en un epígrafe nuevo denominado «condiciones relativas a la salud sexual».

Según el organismo, se trata de «una incongruencia marcada y persistente entre el género experimentado del individuo y el sexo asignado, que a menudo conduce a un deseo de ‘transición’ para vivir y ser aceptado como una persona del género experimentado a través del tratamiento hormonal, la cirugía u otras prestaciones sanitarias para alinear el cuerpo, tanto como se desee y en la medida de lo posible, con el género experimentado». Sin embargo, a la descripción se le añade que «el diagnóstico no puede asignarse antes del inicio de la pubertad» porque «el comportamiento y las preferencias de género por sí solas no son una base para asignar el diagnóstico». Pero… ¿Debería ser así?

La infancia de una persona trans

«La infancia es lo peor, lo más cruel de una persona trans porque no te conoces a ti misma, te están educando de una forma que no te corresponde, que no entiendes, no sabes por qué tu madre te trata como a tus hermanos y no como a tus hermanas o por qué te ponen ropa que no te identifica a ti. Pasas la infancia en una especie de cárcel, en una oscuridad, con mucho miedo…». Para Esperanza la niñez estuvo marcada por momentos muy amargos y, en su momento, incomprensibles.

«No entendía por qué mi hermana, mi prima o mi vecina llevaban el pelo largo o con trenzas y a mí me lo cortaban así. También con los juguetes. Yo los reyes magos dejé de pedirlos porque la carta yo veía que no la entendían. Yo pedía una cosa y me traían lo contrario y ya me levantaba e iba al árbol de Navidad con temor a lo que me iba a encontrar. La conclusión a la que llegué es que a los reyes les pediría un estuche para el colegio, una cartera… Algo que no se relacionara con el género. Siempre me quedé sin el nenuco, sin la Nancy, sin la Lesly… El día de mi comunión para mí fue una frustración. Recuerdo cuando fuimos a comprar el traje que yo me fui directa a los vestidos blancos mientras mi madre y una de mis hermanas se ponían a ver los trajes. Pasé mucho tiempo llorando y con miedo a que me hicieran vivir una vida que yo no quería, y me costó muchísimo coger las riendas de mi vida», relata a El Independiente.

La memoria de Dyan, por su parte, ha eliminado muchos recuerdos de esa etapa. «Se han ido borrando porque al dar el paso sientes que lo que has vivido anteriormente era una mentira. Cuando miro atrás me doy cuenta de la cantidad de cosas que estaban encubiertas por mí mismo y mi entorno. No recuerdo una infancia mala pero sí creo que hay cosas a las que no se les prestó atención. Cuando jugábamos mi prima y yo a los papás y las mamás yo siempre hacía de chico y ella, siendo niños, muchísimas veces me preguntó que si yo quería tener pene. Cuando recuerdo todo eso digo, «joder, ¿Por qué nadie se paró a preguntarme o a hacerme caso?».

Tal era su inclinación al género masculino que con tan solo siete años quiso comenzar a imitar a los hombres que tenía cerca. «Intentaba orinar de pie y me frustraba porque no sabía por qué no me salía igual de bien que a los otros chicos», confiesa, «recuerdo que en el colegio cuando me juntaba con otros niños para jugar les pedía que me enseñaran sus partes, y siempre decía ¿Por qué yo no tengo eso? Luego con diez años lo que quería era tener barba».

«Intentaba orinar de pie y me frustraba. No entendía por qué no me salía igual de bien que a los otros chicos»

Aunque en la infancia se producen los primeros roces con la identidad de género, es durante la adolescencia, la revolución hormonal y las primeras tomas de contacto con el amor y el sexo cuando la mayoría de las personas trans empiezan a tomar conciencia de lo que está ocurriendo, de lo que sienten y del precipicio de desconocimiento al que se asoman. A Esperanza, paradójicamente, fue la noche la que le arrojó la luz que necesitaba. A finales de los 80 los referentes eran escasos -Bibiana Andersen era de los pocos rostros visibles del colectivo-  y era en el mundo del ocio nocturno donde ella descubriría su camino a seguir. «Descubrí a gente que era como yo».

Mi madre durante un tiempo no me dejó ni salir con ella por la calle. Salía con ella y me decía que fuese a tres metros o que me subiera a casa. Le daba vergüenza

Si para ella fue el mundo de la noche su atajo, Dyan tomó el camino «equivocado» y uno de los que, probablemente, más invisibiliza a las personas transgénero: La homosexualidad. «Mal hecho. Mi primer paso en la adolescencia fue presentarme como persona homosexual, y fatal», comienza, «la gente confunde muchísimo la identidad de género y la orientación sexual. Mi madre decía para qué te vas a «cambiar» a chico si te siguen gustando las chicas. Pero no lo entiendo, no tiene nada, pero nada que ver. Hay muchísima transfobia en ese sentido. Mucha gente dice que no podría estar con una persona trans porque eso son «gustos sexuales». Gusto sexual es lo que te hacen en la cama», denuncia.

«Me di cuenta de que a mí me gustan las chicas desde los cinco o seis años, de que nunca me he fijado en un chico. He estado con chicos y sólo porque quería parecerme a ellos. Yo no sentía amor o atracción, lo que sentía era envidia», aclara.

El paso hacia la transición

Además del contexto social, cultural y educacional, una de las diferencias más notables entre vivir «la transición» en una u otra época reside en la evolución médica, científica y por ende en el apoyo que los pacientes reciben a la hora de comenzar un tratamiento hormonal o elegir si someterse o no a una operación. «¿Qué hacíamos las transexuales en los 80? Automedicarnos nosotras mismas. Unas venían de Alemania diciendo que tal hormona iba fabulosa y que te salía el pecho super rápido, y entonces las comprábamos de contrabando. Unas hormonas que hoy en día te cuestan un euro o dos euros y en ese momento pagábamos 10.000 pesetas y 15.000. Los médicos no se hacían cargo y como no era legal no tenía derecho a que nadie me guiara en el tratamiento. Yo tuve suerte de dar con una doctora que se ofreció voluntariamente a ayudarme», recuerda Esperanza.

«Yo hice el servicio militar para demostrar que ni siquiera un cuartel me iba a cambiar»

«Cuando yo empecé a hormonarme se lo oculté a mi madre hasta que el pecho empezó a notarse. Pero ya ahí empecé a decirle que iba a dar el paso y que me iba a casa de un amigo para pasar la transición. El primer año, año y medio es una transformación en la que por fuera no se te ve ni como chico, ni como chica… Y yo no quería que ella viviera eso», explica. «Además, tenía que hacer la sesión de depilación eléctrica y cada vez que la hacía la cara se me inflamaba muchísimo…»

«En el momento de la transición para cualquier trans el pilar fundamental que te da fuerzas y te empuja a seguir adelante es la familia. Tu padre y tu madre. Yo le dije siempre a mi madre que si el miedo que tenía era a que la gente hablara o fuera diciendo cosas, que fuese ella la primera en coger y hablar de su hija. «Cuando la gente te escuche hablar de tu hija con normalidad, no van a poder hacer nada. ¿Qué te van a decir si tú misma estás hablando ya de tu hija?», le decía. Así lo hizo y así se callaron las bocas al momento».

Esperanza Álvarez, que cambió de sexo a finales de los 80, en una foto de joven que cuelga en su casa
Esperanza Álvarez, que cambió de sexo a finales de los 80, en una foto de joven que cuelga en su casa Ignacio Encabo

«El nombre fue lo primero que me puse», cuenta orgullosa, «fue con 16 años, trabajando en una fábrica en Cobo Calleja. Éramos muchísima gente y te llamaban de una forma, de otra… Y un día dije mira, a mí si me tienes que llamar de alguna forma que sea Espe, de Esperanza. No es que fuese el nombre que más me gustara, pero yo que soy tan profunda, tan de adentro y tan de sentimiento me puse Esperanza por el significado. La esperanza de ser algún día lo que ahora soy. Y lo conseguí», celebra con una sonrisa.

Para Dyan dar el paso fue «apocalíptico». Su entorno familiar, muy empapado en una fuerte fe cristiana no le puso las cosas demasiado fáciles. «Cuando ya había hablado con mis amigos decidí dar el paso con mis padres y mis tíos. A mi madre llevaba ya meses mareándola con el tema pero cuando lo solté, llorando, mi madre se volvió loca, le dio un ataque de ansiedad, me dijo cosas horribles. A mi padre le vino como un golpe fuerte pero me abrazó y me dijo que si era lo que me iba a hacer feliz, ya está. Me fui porque mi madre empezó a decirme de todo. Sentían rechazo por sus ideas y por lo que diría la gente», explica a este diario.

«Mi madre durante un tiempo no me dejó ni salir con ella por la calle. Salía con ella y me decía que fuese a tres metros o que me subiera a casa. Le daba vergüenza. Ella me cogió asco y yo en cierto punto llegué a plantearme la existencia. Me sentía muy solo. Si no estás seguro ni en el sitio en el que vives, lo demás te viene grande. Estuve durante un tiempo con peleas continuas con mi madre, mi madre con mi padre… Fue horrible. Llegó un punto en el que yo le dije que lo único que le pedía era que no me llamase por el nombre que me puso ella. Me llamó mil veces egoísta por haber elegido mi felicidad y no la suya. Cierta parte de la familia es muy religiosa y algunos no me pueden ni ver. A veces hasta pensaron que debían hacerme un exorcismo», finaliza.

Dyan Martínez posa para El Independiente en el parque Tierno Galván
Dyan Martínez posa para El Independiente en el parque Tierno Galván Ignacio Encabo

«Cuando empecé con las hormonas el apoyo fue nulo. Mis padres decían que me iba a morir, que mucha gente se suicidaba por estas cosas… El cambio hormonal fue horrible, no me soportaba ni a mi mismo, hasta que se te amolda el cuerpo todo cuesta mucho, y sin apoyos… Creía que estaba haciendo eso para vivir y notaba que estaba más muerto que nunca», expone.

El joven madrileño tampoco encontró comprensión en el entorno sanitario donde, según relataba, su doctora no cesó de referirse a él en femenino hasta pasados varios meses desde el inicio del tratamiento hormonal. «Esa es una de las cosas que más daño me hacen a día de hoy, me revienta. Cuando fui a cambiar mi nombre me dijeron que les salía como nombre femenino y que tenía que elegir otro. No entiendo, como si un día me levantara siendo Pedro y otro día siendo José. Llevo un año esperando a que me acepten el nombre, del DNI ni hablamos».

Amor y sexo

En ocasiones, la escasa confianza en sí mismas, el rechazo social a lo diferente, el morbo y «el amor entre cuatro paredes» son algunas de las cruces que marcan las relaciones interpersonales de las personas trans. «Mis relaciones siempre han sido con hombres heterosexuales», cuenta Esperanza. «He tenido varias relaciones largas pero, por ejemplo, cuando me hice la vaginoplastia fui amante de un hombre casado durante siete años».

«Siempre he pensado, «bueno, no hay hombres solteros para mí, yo no quiero ser la otra». Pero creo que en ese sentido los hombres siempre llevaban la relación en silencio. No porque no se enamoraran, no te quisieran o no les gustaras, sino porque daban mucha importancia a lo que la sociedad pudiera pensar o decir. Entonces, siempre vivías ese amor en un hotel, en un apartamento… No hacías vida social normal, te llevaban a sitios donde no les conocían y no te presentaban a los amigos o la familia».

Esperanza Álvarez cambió de sexo a finales de los 80
Esperanza Álvarez cambió de sexo a finales de los 80 Ignacio Encabo

En el caso de Dyan no es el secretismo, sino la hipocresía y la contradicción lo que ha provocado que sienta pudor a la hora de enfrentarse al sexo. «Hay muchísimos gays que te ven como morbo y quieren contigo y otros que dicen eres un hombre pero me das asco sin operar «porque los coños no me gustan»», expresa literalmente. «Muchos me han dicho que lo que a ellos les gusta es el pene, y yo siempre les he preguntado que si entonces les gustaría una chica trans sin operar. Dicen que no porque no les gustan las mujeres… ¿Entonces? No entiendo su lógica. Creo que lo que se debería aceptar que un hombre o una mujer lo es con pene o con vulva», manifiesta con indignación. «La gente aplaude a la veneno en público y por detrás te rechaza y te juzga».

Mi segunda operación fue a vida o muerte. Siempre tuve claro que si no iba a ser feliz y mi vida se quedaba en el quirófano, pues se quedaba en el quirófano

La operación de los genitales es una de las claves que marca la diferencia entre épocas y sexos. Dyan explica que no se quiere operar «porque a día de hoy no ha avanzado la ciencia como para que esa operación sirva para algo. Queda feo, es caro y te quita la sensibilidad» y cree que no tiene que someterse a esa intervención para que «se me acepte y se me considere un hombre».

«Igual que el trans varón consigue mucho más rápido los cambios y se le notan antes, su operación de genitales es mucho más complicada. De hecho, la nuestra se hace en una y la suya va en tres fases. De esa manera no tienen la seguridad de que vayan a quedar bien», cuenta Esperanza. «Yo tenía claro que me haría la vaginoplastia. No quería tener algo simplemente para hacer pis y tener que estar en una relación con mi pareja ocultándome, tapándome y demás. Quería tener una sexualidad plena, libre y sin tenerme que esconderme o mirarme en el espejo y no tener que tapar esa zona».

«Por aquel entonces se hacían grupos de cuatro o cinco y cada seis o siete meses cuando se reunía el grupo completo venía un cirujano desde Holanda a la clínica Isadora y nos operaba. Mi operación se hizo en dos veces porque se atrofió una vena. La segunda vez fue a vida o muerte, pero quería vivir feliz y plena. Tuve claro que si no iba a ser así y mi vida se quedaba en el quirófano, pues se quedaba en el quirófano», afirma con rotundidad.

Discriminación laboral y prostitución

Cuando todas las puertas se cerraron, a Esperanza solo le quedó libre la opción de escapar por la ventana. La salida más complicada. El rechazo a las personas trans en el plano laboral no se ha extinguido con el paso de los años, y el aspecto físico o el temor a «meter la pata» con el género a la hora de referirse a ellos siguen siendo algunas de las supuestas «razones de peso» para evitar su contratación.

Esperanza Álvarez posa para El independiente en la puerta de su casa. Ignacio Encabo

«No me daban trabajo para nada, ni para barrer, ni para limpiar…», indica Esperanza. «En aquellos años la desesperación nos llevaba directamente a la prostitución. Me costó muchísimo trabajo y una de las cosas que más me echaban para atrás era que para realizarme como mujer tuviera que prostituirme. Pero llegó el momento y era el precio que tenía que pagar. Lo sabía porque lo veía en las compañeras que venían antes. Ejercí la prostitución durante algunos años, luego tuve una pareja con la que estuve cuatro años y lo dejé. Cuando esa relación se rompió volví a ello», confiesa.

A pesar de la dura etapa, ahora Esperanza asegura que ha encontrado su lugar en la atención sociosanitaria y es feliz ayudando a los que más lo necesitan. Sin embargo, desde que Dyan se atrevió a comenzar su transición se encuentra en el paro. «Cuando voy a una entrevista no voy pregonando que soy trans porque mi DNI aún no está cambiado. Una vez me dijeron en una pizzería que me contrataban y que empezaba al día siguiente y les dije vale, «quería comentarte este tema», por si se podía referir a mí en masculino y el chico me dijo «bueno, lo comento y ya te llamaremos». Nunca me llamaron, y me ha pasado varias veces».

Toda una vida, muchos años, muchas vidas y demasiadas incógnitas todavía. Que treinta años «no es nada», casi como diría Gardel, pero son suficientes para avanzar, crecer y descubrir. Que falta mucho por hacer, aceptar y reinventar para que «ser valiente no salga tan caro y ser cobarde no valga la pena».

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