El presentador y cómico Ángel Martín publica este martes Por si las voces vuelven, un libro en primera persona sobre cómo se reconstruyó tras su ingreso en un hospital psiquiátrico por un episodio al que los médicos pusieron el nombre de “brote psicótico producido por consumo de drogas y depresión”.

En 2017, Ángel Martín se vio a los mandos de una nave espacial, conversó con la muerte e incluso felicitó a su novia en las redes sociales por el éxito de taquilla de Wonder Woman, con el que, por supuesto, ella no tuvo nada que ver. Él le llenó la casa de regalos y ella se dio cuenta de que algo no estaba funcionado bien en él. Decidió dar la voz de alarma y llevarlo al hospital.

Tras dos semanas ingresado, cuenta el humorista que salió del hospital deshecho, inmerso en una depresión y sin entender nada de lo que le había pasado. Quiso buscar libros sobre casos como el suyo y, como no los encontró, decidió relatar su experiencia a modo de guía, por si podía servir a los demás, o a él mismo si recaía.

Un año después, y en un momento en el que la pandemia ha puesto de manifiesto la fragilidad del sistema español del cuidado de la salud mental, la editorial Planeta saca a la venta un libro que el día de su lanzamiento ya ha alcanzado la tercera edición. Hoy, Ángel Martín lo ha presentado en rueda de prensa junto a su editora, Ángela Aguilera.

El monologuista, que se hizo famoso en el programa de La Sexta Sé lo que hicisteis, pide en una entrevista con Lourdes Velasco (Agencia Efe) que todos estemos atentos a cómo se encuentran los demás y a no tener miedo a preguntarles si detectan comportamientos extraños.

Pregunta.- ¿Le preocupa que vuelvan las voces?

Respuesta.- No, estoy en actitud desafiante con ellas, estoy controlándolas. De hecho el libro ha servido para eso, para ver por dónde entran, por dónde salen, y estar más atento.

P.- ¿Se acuerda ahora mismo de lo que le decían?

R.- Tantas cosas… Yo creo que cuando aparecen hablan de todo. No había un mensaje concreto, sino que básicamente desenmascaramos al mundo y empezamos a vivir en un mundo nuevo. Había tantos mensajes, tantas tramas y tantas señales que es muy difícil recordar lo que decían.

P.- ¿Y en qué plano las ubica?

R.- Al final la sensación que se queda es como pensar en frecuencias. Es como si de repente pensaras en la vida como una radio en la que puedes sintonizar distintas emisoras, y las voces estaban en una emisora distinta a la del plano físico. En mi cabeza se instalaron como una frecuencia distinta a la que estábamos nosotros.

El papel de mi chica ha sido fundamental, debe haber sido especialmente jodido para ella»

P.- ¿Nunca volvieron?

R.- Desde que salí del hospital, no.

P.- ¿Qué diagnóstico le dieron los médicos?

R.- Según ellos, fue un brote psicótico producido por consumo de drogas y depresiones.

P.- ¿Le molesta que se destaque que había consumido drogas?

R.- No, compartí el titular diciendo… ¡Lo que hacen los periodistas por conseguir un click!

P.- ¿Pero le importa que se destaque el consumo?

R.- No, yo hablo de eso en el libro. De lo que cada uno quiera destacar, uno mismo puede controlar poco. Creo que quien quiera conocer mi historia sabe lo que hay de verdad y quien no quiera, pensará lo que quiera. Me preocupa poco.

P.- ¿Y cómo previene ahora otro brote de locura?

R.- Manteniéndome lo más cuerdo posible.

P.- ¿Cómo se hace eso?

R.- Buena pregunta. Al final mantenerse cuerdo es algo que cada uno tiene que gestionar de forma individual. No hay una fórmula mágica para evitar que las voces no aparezcan. Al final, la locura tiene sus propias herramientas para decir si tiene que aparecer o no, entonces uno básicamente intenta vivir con coherencia y sentido común. No hay un hábito.

P.- ¿Cuál ha sido el pozo más grande en el que ha estado en estos años?

R.- Probablemente creer que no volvería a remontar jamás.

P.- ¿Y cómo empezó a remontar?

R.- Con la escritura. Con la ayuda de mi cabeza. Decidí localizar el primer momento en mi vida donde tuve la sensación de estar haciendo algo que me llenara de forma fascinante, independientemente de la situación o de cómo fuera mi entorno, y me di cuenta de que escribir era lo único que me apasionaba. Me centré en eso, única y exclusivamente en escribir comedia.

P.- ¿Sigue yendo al psiquiatra y al psicólogo?

R.- No.

P.- Y ahora que nos estamos dando cuenta de las carencias en la atención en la salud mental, ¿qué opinión le merece esta cuestión?

R.- El primer paso sería tratar de perder el miedo a mencionar en voz alta a nuestro entorno más cercano que estamos mal. A veces ponemos el foco en lo que no podemos tener, por desgracia, por cómo funciona la sanidad aquí, y nos olvidamos de los pasos que sí podemos dar. Y creo que es súper importante mencionar en voz alta: ‘Estoy un poco regular, me está pasando esto…». Sin el miedo o la vergüenza a que la gente que tienes cerca te haga una cruz. Y también perder el miedo a preguntar si el otro está bien y si se le puede echar un cable.

El pozo más grande fue creer que no volvería a remontar jamás»

P.- ¿Cómo ha sido el papel del cuidador?

R.- El papel de mi chica ha sido fundamental, debe haber sido especialmente jodido para ella. La persona que acompaña a quien ha sufrido algo así es una de las figuras más importantes en una recuperación y uno de los trabajos más duros, porque no sabes lo que le está pasando a la otra persona. Y la otra persona tampoco va a encontrar las palabras exactas para darte pistas de lo que necesita.

P.- ¿En qué momento ha visto la luz tras haber pasado por el pozo?

R.- Cuando empiezas a tener seguridad en ti mismo, a tomar decisiones y hacer ciertas cosas sin la aprobación de los demás es cuando vas viendo un poco la luz. A partir de ahí te vas acogiendo a otras cosas y tratas de reconstruirte desde cero.

P.- ¿Por qué decide contar su experiencia en lugar de esconderla?

R.- Básicamente decidí escribir el libro que me hubiese venido muy bien tener. Si hay alguien buscando el libro que yo buscaba por aquél entonces, quizás le sirva de algo. Creo que cuando pasamos por algo y superamos algo no tiene sentido no compartirlo. Es como si te quedaras en un rincón diciendo: ‘Mira qué marrón está teniendo ese, yo lo he pasado y tengo un par de herramientas que a lo mejor le irían bien’. Acércate y dale las dos herramientas. A lo mejor no le sirven, pero a lo mejor sí. No pierdes nada por compartirlo. Pasar por algo así, remontar, superarlo y no compartirlo con otros es una estupidez como un templo.