La irrupción de la inteligencia artificial (IA) está reconfigurando el mercado laboral español con más intensidad de lo que lo hizo la globalización en las últimas décadas. La gran pregunta sigue abierta: ¿destruirá más empleo del que generará? "No podemos saber si los escenarios alarmistas se cumplirán, pero deberíamos estar preparados por si sucede", señala Juan Gabriel Rodríguez, catedrático de Economía en la Universidad Complutense de Madrid.
La advertencia no parte del alarmismo, sino del análisis empírico. Su último estudio, El impacto de las nuevas tecnologías en la desigualdad salarial en España, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación "la Caixa", concluye que la automatización ha sido un factor decisivo en la transformación del empleo en las dos últimas décadas.
Según la investigación, el cambio tecnológico -y en particular la automatización de tareas- ha sido determinante en la evolución reciente del mercado laboral, con un impacto superior al de otros factores como la globalización o el nivel educativo. Y sus efectos son claros: la digitalización está aumentando la desigualdad salarial. "Todos los indicadores que analizamos lo demuestran. Es algo estructural que no se puede ignorar", resume Rodríguez.
Complementariedad arriba, sustitución en el centro
El patrón que describe el estudio es el de una polarización creciente. En la parte alta de la distribución salarial, la tecnología actúa como complemento del trabajo humano. Profesionales con mayor cualificación que integran herramientas de IA en su trabajo aumentan su productividad. "Gracias a ello se han vuelto más eficientes y las empresas buscan perfiles como los suyos", explica el autor.
En los tramos intermedios y bajos, en cambio, predomina la lógica inversa: la automatización está sustituyendo o rebajando los salarios. La consecuencia es un vaciamiento progresivo del empleo intermedio: salarios al alza en la cúspide, presión descendente en el centro y riesgo de estancamiento en la base. Parte de los trabajadores desplazados podrían terminar compitiendo en segmentos inferiores, intensificando la competencia en los puestos peor remunerados.
Por ahora, las ocupaciones de menor cualificación que requieren trabajo físico no parecen fácilmente sustituibles por algoritmos o robots, pero esa relativa protección no garantiza aumentos salariales, ya que podrían verse presionados por la competencia de trabajadores desplazados del tramo medio.
Una tecnología que alcanza también a los cualificados
A diferencia de revoluciones anteriores, la inteligencia artificial no se limita a tareas rutinarias. "Por primera vez en la historia, una tecnología puede sustituir no solo las tareas rutinarias, sino también las creativas", explica el economista.
El impacto alcanza así a empleos altamente cualificados, donde la diferencia no radica únicamente en el título académico, sino en la capacidad de adaptación. Para convertir la IA en aliada y no en sustituta, el elemento decisivo es la experiencia. "Para beneficiarse de la IA se necesita experiencia, años de profesión". No basta con el conocimiento digital; la clave está en aportar criterio propio allí donde el algoritmo solo ofrece procesamiento. El estudio pone como ejemplo el sector sanitario: un algoritmo puede procesar síntomas, pero es el médico quien aplica su juicio y experiencia para validar el diagnóstico.
Jóvenes digitales pero vulnerables
Uno de los hallazgos más llamativos es la vulnerabilidad del colectivo joven. Su familiaridad con el entorno digital no garantiza una ventaja automática. "Tener conocimientos digitales no les habilita para trabajar mejor con nuevas tecnologías", advierte Rodríguez. La brecha no es estrictamente generacional, sino profesional, marcada por la falta de especialización y experiencia. Algunos países, como los Países Bajos, están utilizando fondos de programas como Next Generation para "recualificar" a profesionales que podrían quedarse atrás en este proceso de automatización.
El estudio también cuestiona el llamado "efecto goteo", la idea de que los beneficios concentrados en la parte alta acaban trasladándose al conjunto de la sociedad. "Lo que observamos es que este es un proceso con ganadores y perdedores", resume el investigador. Sin adaptación, la transformación tecnológica genera asimetrías que tienden a ampliarse.
Dato positivo sobre la brecha salarial de género
Por otro lado y paradójicamente, el estudio arroja un dato positivo: la brecha salarial de género se está reduciendo. Esto se debe al salto de las mujeres hacia puestos cualificados y a la desaparición de empleos tradicionalmente masculinizados que han perdido peso salarial.
Hacia una transición supervisada
Frente a este panorama, Rodríguez plantea medidas para anticiparse a la transformación laboral. Revisar el sistema educativo que califica de "decimonónico y rígido", reforzar la formación continua a lo largo de la vida laboral -no se trata de un máster de un año, sino de aprendizaje permanente- y adaptar incentivos fiscales que hoy podrían favorecer inversiones tecnológicas que no siempre mejoran la productividad.
Asimismo, propone la creación de una institución que supervise y oriente el desarrollo de la inteligencia artificial, en línea con economistas como Daron Acemoğlu. Rodríguez también subraya que una ciudadanía bien informada se adapta mejor a los cambios tecnológicos y evita que el miedo limite la integración de la IA en la vida laboral.
El debate ya no gira en torno a si la transformación llegará -porque ya está en marcha-, sino a cómo se gestionará y quién asumirá sus costes y beneficios. En esa gestión se juega, en última instancia, el equilibrio del mercado laboral y la cohesión social en la nueva economía digital.
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