Hace tiempo que dejó de ser un divo, la paternidad le humanizó, su hijo Leandro le puso los pies en la tierra, más tarde llegó Lucía y decidió viajar menos, trabajar menos para pasar más tiempo en casa. «Tener un hijo te cambia el chip, descubres dentro a una persona que no sabías ni que existía». Juan Diego Flórez puede presumir de tener la voz más bella del mundo, podría vivir de ella unos meses y dedicarse a la dolce vita familiar el resto del año. Pero el divo ya no es el divo. Ese chip que descubrió con la paternidad un 9 de abril de 2011 le ha llevado a entregarse a los menos favorecidos. Desde hace cinco años comparte el don de su voz con aquellos que no tiene nada, se dedica en cuerpo y alma a la Fundación Sinfonía por el Perú, un proyecto que lleva la enseñanza musical a aquellos rincones donde por no crecer no crece ni la hierba.

Gracias al tesón de Juan Diego Flórez, Sinfonía por el Peru enseña música a más de 5.000 alumnos de las clases más pobres del país en 20 núcleos (escuelas), repartidos por todo el territorio. Se trata de un proyecto heredero del trabajo que José Antonio Abreu inició en Venezuela hace 40 años (el Sistema de Orquestas), que cuenta hoy con 500.000 jóvenes. “Abreu fue una gran inspiración de inicio, con apoyo docente y profesores que se desplazaron para ayudarnos de salida. Ahora hemos aprendido y caminamos en firme”, confiesa el cantante que hoy martes 4 de octubre celebrará sus 20 años sobre el escenario con un concierto benéfico que servirá para recaudar fondos para la fundación.

El tenor celebra sus 20 años sobre el escenario en el Teatro Real con un concierto benéfico

Si hace años su actitud altiva y distante relegaba a la compañía a otro mundo; desde que es padre se presenta como una persona cercana que rezuma humanidad. Él mismo se destapa cuando confiesa que ya no viaja en avión con una máscara de algodón mojada para evitar que la sequedad del ambiente le estropee la voz. «Me da flojera sacarla y no me gusta que la gente me vea raro».

El paso del tiempo ha remarcando ese físico de galán que le refuerza en escena y que se ha convertido en su carta de presentación. Con perdón de su voz. Le han bautizado como el sucesor de Pavarotti, pero a él le brillan los ojos cuando habla de Kraus. No en vano su voz sigue los pasos del maestro canario.

Junto a la Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares y bajo la batuta de Pablo Mielgo en el Teatro Real, Juan Diego Florez repasará toda su carrera, con una primera parte marcada por Rossini y dúos junto a la valenciana Marina Monzó y la francesa Karine Deshayes y una segunda en la que interpretará piezas de las obras más significativas en su carrera, como La hija del regimiento o L’Orfeo.

Un placer como el mejor champán

«Para mí esto no es un trabajo, sino un placer como el mejor champán», confiesa este cantante que llegó a la ópera queriendo ser cantautor. Fue un profesor el que lo inició en el ámbito de la zarzuela y el que, ante su falta de medios económicos, el que le animó a aprovechar la instrucción gratuita del Conservatorio, «aún con el afán de aprender más para la música pop». Después llegó el Coro Nacional de Perú, que lo «envolvió en este mundo mágico» de la música clásica, una beca de estudios en Filadelfia y su inesperado debut en 1996 en Pésaro (Italia), sustituyendo al tenor principal de Matilde de Shabran, obra de su compositor fetiche, Gioacchino Rossini.

Allí lo vieron los directivos de La Scala de Milán, quienes arreglaron una audición ante el mismísimo Ricardo Muti, entonces director musical del coliseo italiano, que lo contrató para inaugurar la temporada. Tenía solo 23 años. «Fueron tiempos duros, pero felices, porque eso era lo que quería hacer», confiesa Flórez. El cantante remató su fama en La Scala con el famoso bis de 2007 de los 9 do de pecho, en el estreno de La hija del regimiento de Donizetti. «Me volví el cantante de los bises», bromea recordando otras ocasiones similares en escenarios como el Metropolitan de Nueva York.

De sus 20 años de carrera no se arrepiente de nada. «He cometido tonterías, pero me han ayudado a crecer, a veces con un público muy taurino», señala en clara referencia a los florezidos, un grupo de admiradores que siguen todas sus actuaciones por el mundo.

Consciente de que el el óxido del tiempo, tarde o temprano hará mella en su voz, mira al futuro con paz, se ve se ve evolucionando hacia un repertorio más romántico. Su intención es «limitar» su calendario y acotarlo a recintos cercanos a Viena, donde reside, para poder dedicar más tiempo a su familia y a su Fundación Sinfonía por el Perú, que a finales de año contará con 20 escuelas y unos 6.000 niños. «Me gustaría que en 2020 fuesen 20.000», concluye.