Como la vida, el viaje de Walter Astrada, se sabe dónde empieza, pero no cómo ni cuándo terminará. Walter y su fiel Athenea, una ya legendaria moto Royal Enfield, hicieron su primer kilómetro, siempre el más difícil, desde Barcelona. Walter sueña con terminar su vuelta al mundo también en la Ciudad Condal y llegar con Athenea, ahora varada en Kuala Lumpur, Malasia. Algún día. Llevan ya recorridos 50.000 kilómetros y juntos han atravesado las fronteras de una veintena de países. Es sólo una tercera parte de su objetivo final.

El viaje se inició en realidad mucho antes de su partida el 1 de mayo de 2015. «El viaje es la vida, así que arranca cuando nací, en Buenos Aires. A los 13 años ya decidí ser fotógrafo, quería contar lo que veía con imágenes. Me gustaba ver cómo despegaban y aterrizaban los aviones. Luego me hice mecánico de aviones, lo que ahora me sirve mucho con Athenea. Siempre he tenido mapas. No hay una idea fija que me lleve a viajar y siempre lo he hecho. He vivido muchos años fuera de mi país, en Paraguay, República Dominicana, Uganda y España… lo que cambia ahora es que la movilidad es constante», explica Astrada, ganador del World Press Photo en tres ocasiones, que ahora se encuentra en España impartiendo talleres de fotografía. En Barcelona, del 7 al 11 de noviembre aún hay plazas para el más completo de todos en Centre Cívic Pati Llimona.

Un hombre vende globos en la mayor feria de camellos de Pushkar, en Rajastán.

Un hombre vende globos en la mayor feria de camellos de Pushkar, en Rajastán. Walter Astrada

Walter Astrada publica las fotos de su viaje en www.wastradathejourney.com y escribe también un blog. En una de las primeras entradas titulada La última vuelta de llave explica cómo «la decisión de viajar ha sido pensada y es un sueño hecho realidad». Reconoce también que siempre hay miedos y dudas. Los «y si»… «Y si lo de este viaje es una locura». «Y si huyes de algo». «Y si te das un palo mientras manejas, que no tienes tanta experiencia manejando motos…». Ninguno de esos «y si» era tan fuerte como para no seguir adelante. «Porque si los sueños no se realizan, comienzan a descomponerse en nuestro interior transformándose en frustraciones», relata en su blog. Ahí hemos de recurrir a los «y por qué no»… «¿Y por qué no voy a dar la vuelta al mundo a 80 kilómetros por hora en mi Royal Enfield?». Su aventura en los últimos 17 meses deja muy atrás los «y si no…».

¿Por qué una compañera de fatigas como Athenea, una Royal Enfield con nombre de diosa griega de la sabiduría, que conviene que ruede lento, a unos 80 kilómetros por hora? En Haití, en 2010 durante la cobertura del terremoto, se dio cuenta de que la moto era lo suyo. «La moto me permite viajar lentamente, disfrutar kilómetro a kilómetro, cruzando fronteras físicas, cambiando paulatina o bruscamente de climas, costumbres, idiomas… Me parece una forma fantástica de descubrir, experimentar el mundo y a la vez forzar los propios límites físicos y mentales», explica Astrada, que echa de menos a Athenea y confiesa que se le van los ojos detrás de las motos.

Una mujer gesticula mientras viaja en un ferry local a Uskudar, en la costa asiática del Bósforo.

Una mujer gesticula mientras viaja en un ferry local a Uskudar, en la costa asiática del Bósforo. Walter Astrada

De la Royal Enfield le atrajo la estética, un diseño clásico, que permite trasladarse como antiguamente. También es una gran ventaja que es de las más sencillas de reparar. El mayor inconveniente de viajar en moto es la burocracia, a los visados del viajero hay que sumar gran cantidad de papeleo asociado al vehículo. Hay también países donde cobran impuestos especiales por día en moto, por ejemplo, China, que por ahora ha dejado de lado por motivos económicos.

La moto me permite viajar lentamente, disfrutar kilómetro a kilómetro… me parece una forma fantástica de experimentar el mundo

Desde España el viajero salió en primavera con idea de atravesar las antiguas repúblicas soviéticas y Rusia antes de las heladas más crudas. Su primer objetivo era Vladivostok y optó por la ruta más larga, en la que pasaba por Mongolia, pero evitaba China. Antes pasó por Francia, Italia, Grecia, Croacia, Bosnia y también hizo una parada más calmada en Turquía, país que le cautivó por completo. «Es increíble escuchar la llamada a la oración desde las 2.500 mezquitas de Estambul. Observar el atardecer desde la parte asiática de la ciudad, mientras se toma un té frente a la torre Maiden. O recorrer el monte Nemrut, una montaña conocida por las estatuas de cabezas de dioses y diosas persas y griegas talladas en piedra que hay en su cima. Para los moteros hay una ruta espectacular, a 100 kilómetros de Estambul, que comienza en Sarkoy y termina en Kumbag», cuenta en su blog. De ahí cruzó a Georgia, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán… Fue precisamente en este tramo del trayecto cuando sufrió el mayor percance con la moto. Una piedra en el camino le dejó a merced de la bondad de los camioneros y el ingenio de los locales.

Una mujer camina mientras otras descansan cerca de un viejo avión soviético en el parque de la orilla del río Ak-Buura, en Osh, Kirguistán.

Una mujer camina cerca de un avión soviético en el parque de la orilla del río Ak-Buura, en Osh, Kirguistán. Walter Astrada

Emprender esta aventura requiere ser un maestro de la calculadora. Hay que organizarse muy bien para contar con fondos para seguir adelante. Walter tenía algo de dinero ahorrado, pero también hubo de realizar gastos importantes como crear la página web. A través de ella expone su trabajo, relata el viaje, y también recauda fondos gracias a la venta de fotografías y de aportaciones. Lo primero que hace al llegar a un nuevo país es preguntar el precio de la gasolina. Es el mayor de sus gastos. Calcula que lleva gastados unos 3.000 euros sólo en combustible. Duerme en habitaciones, o en hostales muy económicos, o en la tienda cuando puede. En comida tampoco hace dispendios. Incluso lleva una cocina para calentarse una sopa cuando acampa. Los visados hay que tramitarlos con tiempo porque van a hacer posible una ruta u otra. Lamenta no haber cruzado Irán por no recibir la visa cuando la requería, por ejemplo. Pero volverá quizá en el futuro.

Su próxima etapa será Malasia, luego Indonesia, y de ahí cruzará a Australia y Nueva Zelanda. Suena con recorrer América del Sur, su continente de nacimiento, América del Norte, y finalizar en África. O no. «Me he quitado la obsesión de un tiempo fijo. También podría hacerlo por etapas. Parar y luego volver. No hay una forma correcta de hacerlo», señala. Lo que ha confirmado es que viajar es un antídoto contra la intolerancia y los prejuicios, de cualquier tipo. En sus fotos retrata imágenes de la vida cotidiana, ya sea en Birmania, en Tailandia, o en Mongolia. «Somos más parecidos de lo que creemos los seres humanos», afirma y recuerda anécdotas que ilustran cómo ha podido entenderse por señas siempre que ha tenido necesidad. «Trato de confiar y funciona», señala Walter.

Kilómetro a kilómetro Walter y Athenea atraviesan lo desconocido sin a prioris. «Podría dejarlo cuando quisiera o seguir eternamente. A la vez busco un lugar donde quedarme: quizá Turquía, un país que me gustó muchísimo. Quizá un pueblo a la orilla del mar en España. Quién sabe», confiesa. Viajar la vida. Vivir el viaje. «La vida es el viaje», concluye Walter, huérfano de Athenea, con la vista puesta en un nuevo horizonte.

Walter Astrada, junto a su moto Athenea, y su tienda de campaña, en Mongolia.

Walter Astrada, junto a su moto Athenea, y su tienda de campaña, en Mongolia.