Esperar que un chulo engominado te saque a bailar diciendo “no permitiré que nadie te arrincone, Baby” no parece exactamente un alegato en favor de la liberación de la mujer. Así que cuando leí que Hadley Freeman tomaba Dirty Dancing en su ensayo The Time of My Life (Blackie Books) como ejemplo  sobre “cómo el cine de los 80 nos enseñó a ser más valientes y feministas” empecé a leer el libro con la intención, lo confieso, de destrozarlo.

Y no es que de niña no soñara yo también con que Patrick Swayze me levantara de la cintura en medio de un lago. Bueno, en realidad, fantaseaba con algo bastante más explícito que eso, la verdad.

Jamás se me había ocurrido reivindicar como feminista esta emblemática película con fama de ñoña que marcó a toda una generación de preadolescentes. Y a punto de cumplirse 30 años de su estreno (un dato cruel, lo sé), sin embargo, leer a Freeman me ha hecho cambiar de idea. Dirty Dancing merece mucho más que pasar a la historia como un placer culpable.

A punto de cumplirse 30 años de su estreno, resulta que ‘Dirty Dancing’ es una película pro abortista

Resulta que Dirty Dancing es, aunque todos lo hayamos olvidado, una película pro abortista. Mejor dicho, a favor de la legalización de un aborto libre y gratuito. Y tan bien escondió Eleanor Bergstein, la guionista, el mensaje social del film rodado en plena administración Reagan, que durante décadas ha pasado eclipsado tras el imponente torso desnudo de Patrick Swayze.

La trama la desencadena la imposibilidad de la compañera de baile de Johny (Patrick Swayze) de proceder a una interrupción del embarazo de manera segura, lo que la lleva a ponerse en manos de un carnicero y casi acaba desangrada. Y Baby (Jennifer Grey) hace lo posible por salvarla. No era una simple anécdota en la trama, sino una pieza fundamental en el guión, lo que hizo imposible eliminar la escena cuando una de las empresas patrocinadoras de la película exigió su supresión.

Dirty Dancing no fue ninguna película polémica. Era considerada simplemente mala, despreciada por la crítica. Pero tampoco es que las películas para adolescentes sean un género muy de Rohmer ni Tarkovsky. Lo justo sería comprarla con las de su categoría.

“No les pareció más que una película tonta de baile”, reconoce su creadora, que ahora ha reconvertido la película en un lucrativo musical. “Solía pensar que Dirty Dancing se había adelantado a su tiempo y que tal vez por eso tuve que hablar del aborto de forma encubierta”, añade en The time of my life. “Pensaba que películas como Juno, Lío embarazoso y La camarera tomarían el relevo, pero resulta que en ellas las chicas acaban no abortando: en el último momento, optan por lo que parece ser la opción moral, tienen el bebé y acaban con el chico y felices. No sé, tal vez sea para lo único que puedes conseguir financiación hoy en día”.

Pero mientras en los 80 el presidente Reagan recortaba los presupuestos relacionados con la educación sexual y los anticonceptivos, había películas en las que las adolescentes abortaban. Ahora, sin embargo, éste parece un tema tabú para los estudios de Hollywood. Y no porque sea un tema resuelto. En 2011, más de la mitad de las mujeres en edad reproductiva en EEUU vivía en estados hostiles al derecho al aborto, un 31% más que en la década anterior, según cuenta Freeman en su libro.

Según la productora Lynda Obst, las películas se han vuelto más conservadoras tanto por la creciente presión de los lobbies de derechas en EEUU como por la creciente importancia del mercado internacional para los estudios. Teniendo en cuenta que cada vez proceden más beneficios de países como China, ahora es improbable que las películas incluyan tabús que las censuren en gran parte del mercado mundial. Y un alegato a favor del aborto estaría vetado.

En los 80 había películas en las que las adolescentes abortaban, ahora, es un tema tabú para los estudios de cine

Pero hay un argumento definitivo para catalogar esta obra de Bergstein como feminista que va más allá de la reivindicación pro-choice. En el cine, estamos acostumbrados a que las mujeres que disfrutan con el sexo y encima lo reconocen abiertamente acaben muy mal. Ya sean mordidas por un vampiro, humilladas por el quarterback del instituto o, peor incluso, casadas con él.

Como en Thelma y Louise, por ejemplo. Sería muy feminista la película, pero viendo cómo acaban las protagonistas no sé yo si compensa tirarse a Brad Pitt. A las mujeres que van de independientes no suele irles demasiado bien en la ficción. Y menos aún en el cine adolescente. ¿No era en La noche de Halloween donde un psicópata se carga a todas las chicas monas que se acuestan con sus novios?

Las mujeres que disfrutan con el sexo no suelen acabar bien en la ficción, mira Thelma y Louise

Baby, sin embargo, disfruta de sus polvazos sin represalias del guión. Y tiene razón Freeman en destacar en su ensayo lo inusual del asunto. Todas las escenas de sexo en Dirty Dancing están contadas desde el punto de vista de ella. En vez de un chico del montón que se lía con la más guapa, algo que nunca parece sorprender a nadie, aquí la historia es al revés. Y para deleite del público femenino, la cámara se centra en los planos del cuerpo del bailarín, que es el objeto, mientras la que se excita, el sujeto, es ella.

“Aún recuerdo cuando estábamos en la sala de montaje y todo el mundo me preguntaba por qué había tantas escenas de Patrick”, recuerda la autora. “Mi respuesta era que eso era lo que veía ella. La historia se cuenta a través de la mirada femenina, a diferencia de la mayoría de las películas”.

El cuerpo del bailarín es el objeto, mientras la que se excita, el sujeto, es ella

No es habitual una película adolescente en la que el sexo no sea un trofeo para el hombre (como en Teen Wolf o Risky Business y un largo etcétera), una orgía de desfases como en las sagas tipo American Pie ni el detonante de alguna desgracia posterior. El sexo es un disfrute para ambos en igualdad de deseo y condiciones.

La chica es lista, valiente y se folla al guapo sin que por ello al final tenga que morir o casarse con él. Y todavía muchos hombres, incluida la crítica y los directivos de la MGM que rechazaron el guión, se sorprendían del éxito de esta película.

Es lista, valiente y se folla al guapo sin que por ello al final tenga que morir ni casarse con él

Y por si todo esto no fuera suficientemente inusual, Baby no sueña con ser bailarina, sino con trabajar en la ONU. Aparece en escena, de hecho, leyendo un libro sobre desarrollo económico, no una novela de Jane Austin. Y en algún momento, cuando Johny le pregunta su nombre verdadero, Baby le explica que se llama Frances “por la primera mujer en el Gobierno”. Frances Perkins era una socióloga y política estadounidense nacida en 1882, que fue secretaria de Trabajo de Estados Unidos con el presidente Franklin D. Roosevelt. Fue la primera mujer en asumir un cargo de rango ministerial en los EEUU y quien estableció las bases a derechos laborales básicos como la prestación por desempleo, pensiones para jubilados y las bases del salario mínimo. De lo que se tiene que enterar una viendo Dirty Dancing.

Pero si hay algo que moleste a Bergstein es que se resuma su historia, la adolescente idealista que se enamora del profesor de baile, como la historia de la Cenicienta. “La Cenicienta no mueve el pandero de su asiento para hacer nada”, explica. Baby, sin embargo, es valiente. Se enfrenta al clasismo de la clase media a la que representa su familia, ayuda sin juzgarla a la chica en apuros por el aborto ilegal y, lo más importante, al final de la película logra dar el salto. Nadie arrincona a Baby.