La clemenza de Tito era una ópera muy especial para Mortier. El anterior director artístico, fallecido el ocho de marzo de 2014, descubrió la obra siendo muy joven y siempre tuvo claro que quería revalorizarla. El Teatro Real recupera el próximo sábado 19 de noviembre La clemenza de Tito, la primera obra de Mozart que Mortier estrenó en el coliseo madrileño, surge como un sentido homenaje a la figura del intendente belga, que cuando la estrenó la consideró  una «prueba de fuego» para la orquesta.

Se trata de la última ópera de Mozart, la obra rezuma una música sublime de principio a fin. El compositor, ahogado por las deudas y agobiado por el exceso de creaciones, aceptó el trabajo por encargo para celebrar la coronación de Leopoldo II, rey de Bohemia, porque le pagaban el doble de lo que habitualmente recibía por su trabajo.

Se trata de la última ópera de Mozart, la obra rezuma una música sublime de principio a fin

Basada en la obra original de Pietro Metastasio, la obra narra la historia del emperador Tito, lo retrata como un hombre recto, justo y, al mismo tiempo, clemente, capaz de perdonar a su mejor amigo y a su prometida que han intentado asesinarle.

La idea de amistad revolotea entre los primeros recitativos de la obra. Tito es un hombre ilustrado. Un hombre que sufre en soledad, un hombre que se debate entre lo que esperan que haga como emperador y lo que le dicta el corazón. Renuncia a los privilegios de elegir esposa, sigue los dictados de su corazón aunque se oponen a los intereses de Gobierno y no se adjudica a sí mismo poderes divinos y tradicionales. Es el primer siervo del Estado.

«Siempre supe que sería mi primer Mozart y soñaba con poder contar con Karl-Ernst Herrmann, una leyenda del siglo XX, para construir el escenario», confesaba orgulloso el intendente belga el día de su estreno en el Real. El escenógrafo alemán aceptó el reto con la condición de también en director de escena, pero ese papel se lo dejó a su mujer, Ursel Herrmann.

La producción que aterriza hoy en el Real se estrenó en 1982 y procede del Festival de Salzburgo, llega con cambios «sutiles» y un doble reparto que cuenta con los tenores Jeremy Ovenden y Bernard como Tito; las sopranos Karina Gauvin y Yolanda Auyanet, en el papel de Vitellia; las mezzosopranos Monica Bacello y Maite Beaumont, en la piel de Sesto y las sopranos Sylvia Schwartz como Servillia.

Es una puesta en escena vieja, tiene más de 30 años, pero está muy viva, ha viajado por el mundo»

«Es una puesta en escena vieja, tiene más de 30 años, pero está muy viva, la prueba es que ha viajado por todo el mundo. Herrmann confiesa que si no hubiera sido por la oferta del Mortier él nunca habría llegado a ser director artístico. «Conocí a Mortier en la década de los años 70, charlábamos mucho de sobre la ópera y las obras de Mozart. Ambos compartíamos un amor sincero por La Clemenza de Tito. En Bruselas quería programar la obra y me dio la oportunidad de elegir director artístico, después de darle muchas vueltas pensé: ‘¿Por qué no hacerlo yo?’ Hablé con Ursel y a ella también le pareció bien, este fue el primer trabajo de muchos», confiesa.

Los seis personajes de La clemenza brotan de una escenario frío y casi abstracto, un gran cubo blanco que sólo gracias a algunas pinceladas rememora a la Roma Imperial. De trazos minimalistas, el blanco impoluto domina el espacio. Los intérpretes surgen como las piezas del ajedrez, en blanco y negro, una armonía cromática rota únicamente por los hermosos trajes que luce Vitellia. «Inspirados en las grandes divas del siglo XX como María Callas».

«La clemenza de Tito se monta normalmente como una ópera romana, con vestuario y escenografía de época, como un espectáculo histórico. Nosotros, con nuestro trabajo, hemos querido remarcar los sentimientos que alberga la obra, reduciendo incluso los detalles históricos», matiza Urse Herrman.

Con nuestro trabajo, hemos querido remarcar los sentimientos que alberga la obra»

El maestro asegura que el trabajo del coro y la orquesta «se desarrolla de forma sumamente satisfactoria» y que es un placer ver su «constante progreso». Para el director, esta ópera es una de las más misteriosas de Mozart. «Su música atiene momentos de increíble misticismo, rozando lo sacro». Se trata de una obra poco representada en el siglo XX que recuperó su lugar con este montaje inmortal que, hoy por hoy, es propiedad del Teatro Real.

«No tiene la típica esencia de una ópera clásica, sino que es romántica con apariencia barroca y por eso es tan difícil representarla en escena. Sus arias son como odres antiguos, recipientes barrocos, que hay que llenar con nuevo vino». Para Mortier era una de sus obras fetiche, él defendía que no se trataba de una obra «de encargo» en la que Mozart se sintiera apremiado para terminarla. «Mozart adaptó muy bien el libreto de Mestastasio, ese gran símbolo del Barroco, hizo una versión adecuada, reduciéndola a propósito y correctamente». Allá donde esté, seguro que Gerard Mortier disfrutará de esta representación.