Para que una institución como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía funcione a pleno rendimiento, es necesario que todos sus engranajes marchen a la perfección. Más allá de sus conocidas salas, su subsuelo guarda miles de tesoros custodiados para las generaciones posteriores.

Un arriba y abajo que no podría ser posible sin la labor de los profesionales encargados no sólo de velar por los que la institución ya posee, sino también de alimentarla con nuevas donaciones y adquisiciones; una misión en la que su fundación ha aportado, en los últimos meses, obras por valor de unos dos millones de euros.

Entre el 85 y el 90 % de los fondos artísticos se encuentran guardados en los depósitos

El espacio del museo es limitado, por lo que la mayoría de los cuadros, esculturas, vídeos, láminas… que conforman su colección (entre el 85 y el 90%) se encuentran guardados en los depósitos situados varios pisos más abajo que la planta cero. Con tal volumen de obra, no es de extrañar que los dirigentes del Museo quieran mostrarla a los ojos del público, y ejemplo de ello es Ficciones y Territorios. Arte para pensar la nueva razón del mundo, abierta hasta marzo de 2017.

 

Esta exposición está compuesta, en su mayoría, por adquisiciones recientes, y se aproxima a los lenguajes y prácticas artísticas que caracterizan el periodo comprendido entre finales de los años 90, marcados por la bonanza económica del ladrillo, y 2007, a las puertas de la Gran Recesión global de 2008.

El arte del Neoliberalismo

El director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, se ha encargado, junto a Cristina Cámara, Beatriz Herráez, Lola Hinojos y Rosario Peiró, de seleccionar las obras. Ficciones y Territorios refleja una época en la que todas nuestras actividades vienen condicionadas por eso que se llama Neoliberalismo. “El arte de este periodo, en general, es político o está muy orientado hacia una preocupación social, que es obvio, teniendo en cuenta los tiempos en los que vivimos -apunta Borja-Villel-. En esa tensión en la que nos encontramos, el arte, la cultura, tienen más sentido que nunca. Lo interesante del arte es que se mueve entre contradicciones”.

En Ficciones y Territorios, medio centenar de artistas reacciona frente a este escenario planteando diversos modos de cuestionamiento, resistencia y antagonismo, con pluralidad de disciplinas. “A partir de los años 80 no hay una técnica que predomine. Los artistas utilizan la fotografía, la pintura, el vídeo… los medios que tienen a su alrededor para hacer cosas que van más allá de la técnica propiamente dicha”.

Tres son las obras que Borja-Villel recomienda no perderse de esta exposición que ya es una de las indispensables del invierno madrileño. “Todas son importantes, pero destacaría las fotografías de Zoe Leonard, una serie que realizó cuando empezaba a despuntar todo lo digital y que ella optó por tomarlas en analógico, sistema que está desapareciendo. Y es ese estar fuera del tiempo lo que le permite entender su época. En otro registro diría que un vídeo de Harun Farocki y Antje Ehmann sobre la relación con el otro, por la imposibilidad de representar al otro. Y, para acabar, la escultura de Ibon Aramberri, porque en una época en la que parece que estamos fuera de la Historia, alguien plantea cómo escribirla”.

La colocación de esta impresionante pieza formada por múltiples fotografías de diversos tamaños enmarcadas no es baladí. “La obra de Ibon originariamente no iba así -recuerda el director del Reina Sofía-. Estaba en otro espacio interior y, en un momento determinado, nos pareció que era muy importante mostrar este elemento con ventanas porque tiene que ver con el exterior”.

En el rincón perfecto

A la hora de seleccionar y de colocar las creaciones en el lugar perfecto se hace una intensa labor de investigación. “Las obras de arte tienen vida propia, crean un espacio. Una vez que las sacas y las traes a las salas quizás tengas que modificar lo que habías pensado en un principio porque la relación entre unas y otras va cambiando, digamos, su propia naturaleza. Por tanto, del esquema inicial que tenías hasta el lugar final en el que las pones, puede haber bastantes cambios”.

Hasta que esos cuadros, esas instalaciones, vídeos o fotografías hablen desde las paredes o los rincones del Museo pueden pasar años guardadas en los almacenes de la institución que, en el Reina Sofía, se encuentran dos plantas bajo del nuevo edificio. Si antaño los depósitos eran desvanes residuales sin definir, hoy tienen casi el mismo protagonismo que el resto de los espacios del Museo y lo merecen, porque custodian el grueso de los fondos.

Los responsables del almacenamiento custodian, y siempre encuentran, cada una de las 22.000 obras

El público general suele entender al almacén como un lugar de paso restringido y exclusivo, oscuro y laberíntico, cargado de secretos y de misterio. Pero la vida allí es intensa. José Manuel Lara y Pureza Villaescuerna son los responsables del almacenamiento de obras en el Museo madrileño. Armados con una PDA (dispositivo que lee los códigos de barras) son capaces de descubrir dónde se encuentra una de las piezas de tal o cual artista entre las 22.000 que se custodian en los almacenes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.

“La actividad es bastante frenética”, aseguran a pesar del silencioso y aséptico espacio. Ellos no sólo preparan en grandes marcos y cajas de madera todos aquellos lienzos y esculturas que van a ser fiadas a otra institución, ya sea nacional o internacional. También los reciben a su vuelta con la misma y ceremoniosa actitud. Aunque parezca que las obras están quietas en sus estantes o peines (armarios verticales de varios metros de alto donde se archivan las pinturas), para nada. “El movimiento es intenso y nosotros llevamos el registro”.

Y no sólo se trasladan por solicitudes de préstamo sino también porque hay que restaurarlas, porque van al plató fotográfico para inmortalizarlas, o porque viene un investigador o un docente y necesita contemplarla (“se aprende mucho de ellos”, aseguran los guardeses). Pero, también, porque el espacio de los almacenes del Reina se está quedando pequeño “y hay que optimizar el espacio”. Por eso, es normal ver a un Miró de grandes dimensiones rodeado por otros cuadros más reducidos. “Los tamaños limitan mucho”, suspiran los expertos.

El arte gráfico es más difícil de conservar porque soporta mal el paso del tiempo

Además de lienzos y esculturas, se guardan fotografías, arte gráfico, cine y audio. Estos últimos son los más difíciles de velar porque “son muy delicados y soportan mal el paso del tiempo, por lo que hay que estar migrándoles a un soporte más estable”. Y eso, que toda la colección se conserva en unas condiciones óptimas de higiene (“la sala tiene que estar lo más limpia posible”), estabilidad y temperatura (“el parámetro óptimo es del 50% de humedad”). Y, aunque su trabajo pueda llegar a ser estresante, merece la pena “ver físicamente y tan de cerca las obras es muy gratificante”, concluyen Lara y Villaescuerna.

Los almacenes de un gran Centro Cultural del nivel del Reina Sofía constituyen, en sí mismos, un espacio museístico aparte, menos bullicioso y mucho más íntimo. No son lugares de segunda categoría saturados de obras difíciles de apreciar, sino que bien podrían convertirse en lugares de disfrute y aprendizaje. No es de extrañar que, cada vez que llega el 18 de mayo, fecha que conmemora el Día Internacional de los Museos, muchas instituciones de este calibre programen una visita guiada a sus subsuelos.

  • La exposición Ficciones y territorios. Arte para pensar la nueva razón del mundo puede verse en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Santa Isabel, 52. Madrid) hasta el 13 de marzo de 2017. Entrada: 6 euros.
  • Los viernes (a las 19.15 h.) y domingos (a las 12.30 h.) el equipo de mediación del Museo ofrece visitas comentadas a la exposición.