Siempre había estado ahí. Sobrevolando e interpelando en su mente. Preguntas incómodas con respuestas poco precisas y cubiertas de nebulosa y sin fuerzas para despejarla. Un pasado oscuro en el que arrojar luz se hacía demasiado difícil y al que un «quizá en otro momento» siempre daba carpetazo. Pero Javier Cercas (Ibahernando, 1962) sabía que algún día ocurriría, que en algún instante tendría que mirar de frente a ese «demonio» vital que no dejaba de atormentarle. Aquel pasado falangista, franquista, de los suyos y que formaban la parte más pesada de su herencia genealógica y con ella, de su presente. El mismo que hasta ahora le había avergonzado y que la ignorancia buscada le había permitido anestesiar. Ahora, la nebulosa ha desaparecido y las respuestas se han hecho mucho más nítidas. Tanto, que las relata en su última novela, El monarca de las sombras (Literatura Random House) en la que a través de un viaje a sus raíces, a sus antepasados y al papel que jugaron en la Guerra Civil española decide poner letra al episodio pendiente, al más gris de su árbol genealógico reciente.

«Tengo esa herencia y no puedo escapar de ella. Yo estoy hecho del mismo material que Manuel Mena», asegura a modo de conclusión a sus indagaciones. Manuel Mena fue su tío abuelo. Aquel que su madre y muchos de sus familiares siempre se refirieron de modo elogioso hasta convertirlo en la leyenda familiar. El joven Manuel comenzó a construirla cuando a los 17 años se alistó en las tropas franquistas, cuando con el aliento de su familia dio el paso y se enroló para batallar en la primera línea del frente, el mismo en el que sólo dos años más tarde murió en la Batalla del Ebro.

La herencia estaba ahí. Contundente pero poco definida, necesitada de verdad. ¿Por qué? ¿Cómo actuó mi familia? ¿Cuál fue su papel?… Era hora de conocer la verdad, con su lado bello y su perfil amargo, la historia de Manuel y su familia. Cercas lo hace en El monarca de las sombras en un intento que él define como un modo de «escribir para no ser escrito, para que no me escriban los demás y adueñarme yo de mi herencia sin ser esclavo de ella». Una forma de ser más libre siendo consciente del pasado, «de dónde vienes»: «El pasado no sólo explica el presente. Mi herencia forma parte de mí, la mejor y la peor, es lo que somos. Con la herencia cargas, puedes hacerlo consciente o inconscientemente. Prefiero hacerlo de modo consciente para ser yo quien la maneje. Si no sabes qué hay en ella, puede pesar mucho más. Yo sé de dónde vengo», asegura.

La razón política y la razón moral

Alejado ideológicamente de las razones que llevaron a Manuel Mazas a integrarse en las tropas franquistas, Cercas asegura que «ese chico», como se refiere a su tío abuelo, en realidad fue una víctima de su época y de las circunstancias que le tocaron vivir, «no murió por la patria y los valores que decía defender sino por una panda de hijos de puta que envenenaban el cerebro de unos niños y los mandaban al matadero»: «Ha sido así desde que el mundo es mundo. Quienes hacen las guerras son niños y quienes los envían a ellas, adultos».

El escritor extremeño asegura que como en todos los conflictos, Manuel Mena acudió a luchar en la Guerra Civil convencido de que la batalla que le esperaba era la guerra idealizada «que pintó Velázquez en Las lanzas«, en la que los vencedores son compasivos y los vencidos «dignos»: «Pero, luego se encuentran los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, el espanto total».

Fueron pensando en encontrar la imagen de guerra de Velázquez y encontraron la de Goya»

Nacido en Ibahernando, en el seno de una familia humilde, Manuel Mena fue seducido por los «discursos solucionatodo» de la época, asegura Cercas. Mensajes como los de José Antonio Primo de Rivera «que pudieron incendiar su imaginación» hasta llevarle al frente y en los que primaban las apelaciones a la épica y el sentimentalismo: «En aquellos años lo que estaba de moda era la épica sentimental del fascismo o el comunismo, eso que ahora llamamos populismo».

En su novela, no deja duda de que Manuel Mena estaba equivocado, «no tenían, ni él ni mi familia, la razón política». Subraya que cuando se analiza aquella época, hoy no debería quedar duda alguna de que la razón política de la guerra recaía sobre el bando republicano, «una República democrática que fue agredida mediante un golpe de Estado apoyado por la oligarquía y la Iglesia y que supo aprovechar los errores de la república. Pero acto seguido, y frente a quienes le puedan acusar de equidistante en la contienda, Cercas asegura que cosa distinta es hablar de quién tenía «la razón moral», que él no concede a ninguno de los dos bandos. «Que venga alguien y me diga que matar curas y monjas a mansalva estuvo bien, que tienen la razón moral. Había gente que era buena y otra que no lo era tanto. También entre los franquistas habría gente que se equivocó de buena fe».

Tras el viaje personal a su herencia más íntima, Javier Cercas asegura que pese a no compartir las razones que llevaron al tío de su madre a apoyar el franquismo, «sí le comprendo más»: «Ahora ya no diría que me abochorna, es lo que es y vengo de dónde vengo». Afirma incluso estar convencido de que Manuel acabó arrepintiéndose «aunque cuando ya era tarde, tengo la certeza de ello»: «Fue a la guerra pensando que iba a la guerra de Velázquez y se encontró con la de Goya. Tengo la esperanza de que si hubiera sobrevivido a la guerra se hubiera dado cuenta de que todo fue una estafa».

“El pasado malo también existe”

Cercas insiste en que si en su obra anterior, Soldados de Salamina reivindicó la República, en su última novela ha pretendido «indagar en el pasado malo, que también existe». Asegura que como él, en una buena parte de las familias de nuestro país existen figuras como las del su tío abuelo Manuel: «Muchas familias han indagado sobre familiares que tenían en el bando bueno. Yo lo he hecho en el pasado malo, que también está ahí. Si hubiese encontrado cosas malas lo hubiese publicado. El pasado de verdad no es sólo el que nos gusta».

Muchas familias han indagado sobre familiares que tenían en el bando bueno. El pasado de verdad no es sólo el que nos gusta»

No oculta que este trabajo puede incomodar o incluso molestar a una parte de familia, «seguro que alguien se enfada, pero no me importa». Considera que la mayor parte de las familias tienen su propia «nebulosa» en el pasado. «O despejan esa nebulosa o se quedarán siempre con ella». Una mirada al pasado que cree esencial y necesaria para conocer e interpretar correctamente el presente. Reitera que El monarca de las sombras no es en ningún caso una novela sobre el pasado «sino sobre nuestro presente que abarca la Guerra Civil».

Cercas critica la tendencia que se impone en estos tiempos en los que prima la «dictadura» del presente en la que «el presente se explica sólo con el presente»: «Sin el pasado el presente no se entiende. Si lo quitas lo mutilas. Si olvidas el pasado, sobre todo el más violento, estás preparado para repetirlo. Es lo que estamos haciendo ahora, volviendo a los años 30 de manera flagrante». Subraya una paradoja en la que «se ha sacralizado la memoria» pero ésta «se olvida con mayor facilidad que nunca».

Concluye asegurando que si Manuel Menas hubiera luchado en el bando republicano probablemente jamás hubiera existido una novela como la que ahora presenta. «Esta historia era mi gran demonio», asegura. Y lo justifica añadiendo que el mal y sus razones siempre le han suscitado una inquietud mucho mayor que el bien: «Me atraen más los errores que los aciertos. Para combatir el mal debes comprenderlo. Si no entiendes por qué miles de niños se inmolan no podrás luchar contra ello, combatirlo. La pregunta es por qué Hitler fascinó a medio mundo y logró gobernar una de las naciones más cultas y poderosas del mundo. Eso es lo que hay que descifrar».