Asumía todas las cualidades para ser uno de los grandes, pero era una, y ser mujer a mediados del siglo XX te mantenía cerca de tu casa y alejada de las academias. María Moliner poseía una de las características más necesarias de un intelectual, la necesidad de adquirir conocimientos de forma constante y la vocación de transmitirlos. Se responsabilizó de una misión que le pensaron inmensa y consiguió crear una red de bibliotecas rurales con más de 150 centros y escribir el Diccionario del uso del español ante la atónita mirada del resto.

La vida de María Moliner comenzó a tomar la forma que hoy conocemos por un quiebro. Su padre abandonó a la familia en un viaje a las Américas, se quedó en Buenos Aires y los Moliner tuvieron que meter su vida de Madrid en cajas y trasladarse a Zaragoza, donde había nacido. Fue allí donde ella se metió de lleno en la filología, donde se plantó la semilla de una vocación que la acompañaría el resto de sus días. Estudió en el Estudio de Filología de Aragón y no tardó en hacerse con una de las plazas de bibliotecaria que ofrecía el Estado aprobando las oposiciones para el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

De ahí a Murcia, Valencia y Madrid. Moliner pasó por las bibliotecas de varias ciudades y en Valencia consiguió ser la directora de la biblioteca de la Universidad. Su visión de España como un país que necesitaba de la lectura y el aprendizaje le hizo ser la creadora de una red de bibliotecas rurales, convirtiéndose en uno de los personajes más sobresalientes de la República y perdiendo cierta influencia tras la llegada de Franco. Moliner y su marido fueron castigados; él perdió la cátedra y María regresó al Archivo de Hacienda de Valencia, dieciocho niveles por debajo de su anterior puesto. Pese a ello, su labor ya había provocado la apertura de 150 centros rurales, de 150 pequeñas bibliotecas que democratizaron la lectura.

En contra de la Real Academia

Pero su labor más destacada, por la que recocemos su nombre, es su diccionario. Fueron sus años como lectora voraz, como ansiosa de las letras, los que le llevaron a observar una falta de términos y una prosa demasiado arcaica en el Diccionario de la Real Academia Española. «Se trata de un instrumento para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma como a aquellos que lo aprenden», aseguró. Fue su visión de un pueblo con mayor capacidad de expresión, de un español fuerte, lo que le llevó a sentarse en la mesa de su casa y a esbozar los primeros términos de un pequeño diccionario que pensó que le llevaría seis meses y que se transformó en un trabajo de 15 años.

«Estando yo solita en casa una tarde cogí un lápiz, una cuartilla y empecé a esbozar un diccionario que yo proyectaba breve y la cosa se ha convertido en años», aseguraba tras terminarlo. La idea se la dio uno de sus hijos al traerle Learner’s Dictionary of Current English de A.S. Hornby de Londres. En él encontró la inspiración para empezar a llenar fichas. Una tras otra se las entregó a la editorial Gredos que en un primer momento asumió el proyecto con reticencia y que tras leer las descripciones lo abrazó con emoción. Eran sobrias, fáciles, explicaban con sencillez términos confusos. Era lo que necesitaban.

María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes», afirmó García Márquez

La primera parte del Diccionario del uso del español se publicó en 1966, aunque no sería hasta principios de 1967 cuando el público pudo verlo completo. El fervor no tardó en llegar. Escritores como Miguel Delibes o Francisco Umbral no dudaron en resaltar «su utilidad y su sencillez de estilo». «María Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano el diccionario más completo, útil, acucioso y divertido de la lengua castellana, dos ves más largo que el de la Real Academia de la Lengua y, a mi juicio, más de dos veces mejor», fueron las palabras de Gabriel García Marquéz.

Dos veces mejor que el de la Real Academia, institución que no dudó en rechazarla como miembro pese a la proeza. Dámaso Alonso, Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo fueron los que la propusieron como nuevo fichaje pero la mesa tiró su candidatura y apostó por Emilio Alarcos. «Desde luego, es una cosa indicada que un filósofo entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: ‘¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!'», alegó Moliner tras conocer la decisión de sus miembros.

La académica sin sillón

Pocos se quejaron, asumieron que no era lugar para mujeres sin tener en cuenta la fuerza de su trabajo. No fue hasta la muerte de Moliner en 1981 en Madrid, que pasó sus últimos años cuidando de su marido enfermo, cuando se alzó alguna voz pidiendo disculpas por una sociedad que no entendió que la importancia está en la obra, jamás en el género de quien la firma. «Es una lástima que, por esas circunstancias especiales en que se han desenvuelto siempre los temas que rodean a la presencia de mujeres en la Academia, María Moliner no haya podido ocupar un sillón en la entidad», aseguró Miguel Delibes.

Hoy, su Diccionario del uso del español ha sido renovado en cuatro ocasiones, alcanzando las 92.700 entradas y siendo un referente en todos los países en los que se habla y se estudia nuestro idioma. María Moliner, la académica sin sillón.