Hambrientos, insatisfechos, rebeldes, críticos; el periodismo a finales del siglo XIX y principios del XX asumía todas las características que ahora asociamos a los periodistas y que tan pocas veces encontramos. Eran personas inconformistas, quizá demasiado nocturnas, algo bebedoras y que cambiaron el concepto de información que se tenía hasta ese momento. Acabaron con el institucionalismo reinante, con la opinión plegada al poder y lo hicieron con crónicas que abrieron la puerta a otro tipo de lector, a una verdad más hecha, a otros protagonistas y a otro periodismo que posteriormente se conoció como Nuevo.

Muchas de las figuras que participaron en ese cambio, en esa revolución crítica, han sido olvidadas. Ahora, Miguel Ángel del Arco las recupera en Cronistas Bohemios (Editorial Taurus), un libro que narra el contexto en el que se desenvolvían las redacciones en torno a 1900 y la vida de cinco autores que a día de hoy no representan nada y que lo fueron todo. Son Antonio Palomero, Alejandro Sawa, Pedro Barrantes, Joaquín Dicenta y Luis Bonafoux. Periodistas cuyos textos emanan calidad, enfoques desconocidos hasta entonces y un atrevimiento fuera de lo común en la época y que se podían encontrar en El Imparcial, el Heraldo de Madrid o El Liberal.

«Todos aquellos literatos olvidados tienen en común el haber llevado una vida irregular, bohemia, irreverente, rebelde contra el canon artístico, seguramente como correspondía a su edad y al momento que les tocó vivir», asegura del Arco sobre estos autores que, para él, «contribuyeron de manera decisiva a la llamada Edad de Oro del periodismo español».

En aquellos años se produjeron ebulliciones sociales, políticas y culturales, una atmósfera exaltada»

Nos encontramos en una España en la que aparecen Sagasta, Alfonso XIII, Maura. Un país en el que comienzan las huelgas, con gobiernos que no cumplían con las expectativas del pueblo y con un pueblo con hambre, también de información. Los periódicos, sólo en Madrid, se cuentan en dos docenas y los jóvenes de las provincias comienzan a llegar a la capital con un ansia de hacerse ver que les lleva a formar parte de las firmas de los diarios. «En aquellos años se produjeron ebulliciones sociales, políticas y culturales, una atmósfera exaltada y pesimista que proporcionó abundantes noticias», alega del Arco. Aparece, de esta forma, un movimiento transversal y revelador de lo que ocurría en aquella sociedad. Unos periodistas que cambian el concepto y que están representados en los cinco elegidos por Miguel Ángel del Arco.

«Todos fueron bohemios sin disimulo, todos participaron en los movimientos de la Gente Nueva; todos practicaron como profesión principal el periodismo; todos colaboraron en un buen número de periódicos, y la firma de todos ellos fue admirada y respetada durante aquellos años de finales del siglo XIX y de inicios del XX», asegura el autor. Una Gente Nueva que se sublevaba ante la Vieja, que seguía enfangada en favores y toques de atención que minaban sus trabajos.

A estos jóvenes, como bien explica del Arco, «les dolía España y  su atraso, y eran críticos con la política de la Restauración y los gobiernos turnistas». Algo poco habitual en sus antecesores en las páginas de la prensa. «En su tiempo fueron muy conocidos, su firma se encontraba en los principales periódicos de la época y eran buscados y queridos». Pero, ¿por que han quedado en el olvido?

Nadie osaba a poner en entredicho lo que decía Clarín hasta él”

«Sus nombres se han ido perdiendo en el tiempo en contraposición a lo que le ocurrió a la Generación del 98. Pero, los podemos encontrar en textos de Azorín, en uno de 1912 habla sobre Joaquín Dicenta con un tono de admiración», afirma. Además, otro ejemplo es es de Bonafoux que era el cronista más brillante de todos y era temido por los políticos de la época. Luis Bonafoux, hizo, y escribió, las veces que se metieron con él, le llamaban la víbora por su forma de escribir “fue el que se atrevió a criticar a Clarín. Nadie osaba a poner en entredicho lo que decía Clarín hasta él”. O Antonio Palomera y su continúa aparición en tertulias críticas con el gobierno de turno, cada uno y todo ellos eran hombres conocidísimos en la sociedad y en el mundo literario. Referentes que se perdieron con los años.

«Otro ejemplo es el de Alejandro Sawa, que fue el negro de Rubén Darío entre otras miles de cosas», añade. Él, del Arco, llega a ellos por distintas referencias a sus artículos y su fuerte presencia en el mundo literario de algunas crónicas y libros. «Siempre me han llamado las historias de personajes marginados, de gente que se quedó en el camino. No hay mucho estudios, fueron, por decirlo de alguna manera, los hermanos menores de la Generación del 98, compañeros de viaje de Pío Baroja, de Darío. Vamos, fue Palomero quien les presentó…».

Quizá fue Joaquín Dicenta el que más ha llegado a nuestros días, pero no por su nombre sino por su influencia. Uno de los trabajos que mejor explican como Dicenta modificó el concepto, el sistema, cambió el género, son sus crónica reportajeadas sobre los mineros en Linares. En 1903 se publicaban en el periódico El Liberal una serie de artículos que ahora llamarías nuevo periodismo o periodismo narrativo y que narran la vida de los mineros dentro de las minas. «Probablemente se trata del periodista cuyo nombre era más conocido por los lectores y más demandado por los empresarios y colegas. No había proyecto periodístico en el que no se le buscara», explicaba del Arco en un artículo sobre el periodista.

Cinco ejemplos de una lista que, aunque corta, supuso un cambio en el género y otorgo cierta importancia a la una información que había sido relegada a la opinión partidista.