En apenas una década hemos visto cómo desaparecían las máquinas de escribir, las cabinas, y los teléfonos fijos se han llenando de polvo. Hemos pasado de acudir durante horas a los centros comerciales para comprar los regalos de Navidad a recibirlos en casa en pijama. Muchos han dejado de pasar páginas de papel para leer en pantallas y ahora las conversaciones más interesantes parecen estar en WhatsApp incluso cuando nos sentamos todos alrededor de una mesa. El mundo ha girado a más velocidad de la esperada desde que los ordenadores e internet llegaron a nuestras vidas.

Los grandes cambios ya no son procesos de plazos largos… ¿cómo será el mundo dentro de cinco años? ¿Existirán nuestros puestos de trabajo? ¿Los comercios seguirán aceptando dinero en metálico? ¿Utilizaremos el petróleo? La velocidad que ha asumido la tecnología ha dejado atrás tradiciones que parecían inmortales, miles de puestos de trabajo, y a la vez ha traído cientos de nuevos empleos y una red que ha transformado la manera que tenemos de apreciar las distancias físicas e incluso las personales. ¿Cómo adaptarse?

La periodista Marta García Aller todavía se acuerda de aquella excusa perfecta para retrasar la entrega de un trabajo sobre Gabriel García Márquez en el colegio: decirle a la profesora que cuando se compró la enciclopedia de su casa el colombiano todavía no había ganado ningún premio Nobel. “Ahora a los jóvenes del siglo XXI les cuesta imaginar cómo era ese mundo de hace no tanto en el que el conocimiento se ordenaba por orden alfabético en la estantería del salón”, reflexiona.

A los jóvenes les cuesta imaginar ese mundo en el que el conocimiento estaba por orden alfabético en la enciclopedia del salón

A ella le tocó vivir ese cambio en el que la información se democratizó a golpe de clic cuando ya se encontraba en la universidad. Pertenece a esa generación a la que internet le pilló con la cabeza ya montada, ésos a quienes los cambios al mundo online les han pillado mayores para recordarlos como si fuera ayer y tan jóvenes como para no tener más remedio que adoptarlos. Quizá de ahí nazca esa obsesión que la caracteriza por el fin de las cosas y que durante el último año ha estado protagonizando muchos de sus artículos de El Independiente y, sobre todo, recorre las páginas de su último libro: El fin del mundo tal y como lo conocemos (Editorial Planeta).

Desde el fin de su enciclopedia que ocupaba metro y medio en el salón de la casa de sus padres, hasta el de la máquina de escribir con la que su abuelo le enseñó a llenar folios durante años. En El fin del mundo tal y como lo conocemos, García Aller da un paso más y se aventura a preguntarse cómo será el mundo del futuro, cuando llegue el fin del dinero en efectivo, el del petróleo, e incluso el fin de los idiomas. Porque detrás de cada final están también los inicios de algo nuevo.

Recuerdo cuando le enseñé un portátil nuevo a mi abuelo y me preguntó: ‘¿cuántos folios caben ahí dentro?”

“Las grandes innovaciones que van a cambiar tu vida”, tal y como indica el subtítulo de la publicación, hablan de un futuro que a veces suena a ciencia ficción, pero que será pasado en menos de una década. Un futuro vertiginoso que llega demasiado pronto y que acaba con mucho de lo preconcebido hasta ahora.

Fijarse en el pasado, dice la periodista, es la mejor manera de entender cómo hemos llegado aquí. El reto es darle un sentido a los cambios ahora las innovaciones tecnológicas van a tanta velocidad que no somos capaces de apreciarlas en su totalidad. En su extensa investigación, que ha durado más de un año, acerca con un lenguaje cotidiano las visiones de cientos de expertos, ingenieros y científicos en las materias que le están dando forma al futuro. Lo más inquietante del mundo que nos espera, reconoce la autora, “es que ninguno de los científicos se atreve ya a utilizar la palabra “imposible” ante ningún avance por inverosímil que parezca, ya sea que curemos el envejecimiento o que nos enamoremos de un holograma”.

“Vivimos una época en la que aparecen nuevas tecnologías con funciones que ni imaginábamos mientras las antiguas desaparecen sin que nos demos ni cuenta”, asegura. “Nadie echa de menos el fax”. Más que de cambios, habla de principios y finales. “Recuerdo cuando hace años le enseñé un portátil a mi abuelo y me preguntó: ‘¿cuántos folios caben ahí dentro? Porque, aunque tenga poco que ver una máquina de escribir con un ordenador, para entender lo nuevo necesitamos compararlo con lo viejo. Es nuestra forma de darle sentido a lo que viene. Por eso pasado y futuro se entrelazan en el libro constantemente”, asegura la autora.

¿Cómo será el mundo del futuro, cuando llegue el fin del dinero en efectivo, el del petróleo, e incluso el fin de los idiomas?

El fin del mundo tal y como lo conocemos se divide en dos grandes bloques: cosas e ideas. Porque los cambios no solo afectan a las tecnologías que consumimos sino a nuestra manera de relacionarnos, de interactuar con el mundo. Habla del trabajo, de cómo va a evolucionar e incluso cómo va a desaparecer, de cómo los coches serán autónomos, o cómo la fotografía ha pasado de ser una memoria y cómo los móviles han cambiado para siempre el arte de la conversación.

¿Acabarán las ventas online acabarán con las tiendas? ¿Nos traerán la compra los drones? ¿Qué pasará con los puestos de trabajo que sustituyan los robots? ¿Serán más seguras las ciudades cuando se llenen de coches autónomos?

“El mundo está lleno de cosas que parecían imposibles y a las que nos hemos acostumbrado”, asegura, desmontando a muchos expertos que no apostaban ni un duro por internet, por las tiendas online, por la falta de humanidad de las relaciones comerciales que nos inundan y que antes eran impensables.

También los cambios físicos que se van a producir en el ser humano. Marta García Aller habla en su publicación del fin del reloj biológico, es decir, la puerta que abre la ciencia para desafiar la fecha de caducidad de la maternidad. “La congelación de óvulos y los tratamientos para fertilidad con células madre puede significar para las mujeres del siglo XXI lo que la píldora supuso en el XX”, asegura. “Y lógicamente no solo traerá cambios biológicos, también sociológicos”.

La congelación de óvulos puede traer tantos cambios para las mujeres del siglo XXI como los que la píldora supuso en el XX”

E igual que la ciencia está cambiando la vida desde su propia concepción, también está desafiando a la muerte. El gerontólogo Aubrey de Grey, uno de los expertos que entrevistó para el libro, no ve por qué no vamos a poder vivir quinientos años o incluso mil. “Tal vez no sé si será el fin de la muerte pero sí el de muchas enfermedades”, asegura en su libro. ¿Viviremos hasta los noventa sin padecer cáncer? ¿Y sin quedarnos calvos? ¿Qué consecuencias tiene vivir tantos años?

García Aller cuenta, no opina y, sobre todo, pregunta. Porque El fin del mundo tal y como lo conocemos está lleno de dudas: “Al fin y al cabo, el futuro no existe todavía”, dice la autora. “La única forma de anticiparnos a él es hacernos muchas preguntas sobre lo que está cambiando a nuestro alrededor”. Sus páginas nos descubren un mundo fascinante que aún parece improbable pero que disfrutaremos dentro de muy poco.