Al preguntarle a Mary Beard si es la rockstar de los historiadores del mundo clásico se echa a reír. Pero no lo desmiente. Ni ella ni su melena blanca a lo Patty Smith. Charlamos en el backstage de la Fundación Telefónica esperando a que se termine de sentar un auditorio a rebosar, que lleva una hora haciendo cola y espera hacerse algún selfie con la autora. ¿Estrella del rock? No, latinista. Y, para más señas, profesora en Cambridge y autora de bestsellers como SPQR (Crítica), de paso por España para ser investida doctora Honoris Causa por la Universidad Carlos III de Madrid.

Y, aunque la tentación es preguntarle a Beard por los detalles escabrosos de los tiempos de Nerón de los que habla en sus documentales para la BBC o cuál es su chiste favorito de los que contaban en la Antigua Roma (la autora descubrió la colección de chistes más antigua del mundo, que data del siglo IV), la conversación gira en torno a los retos políticos de nuestro tiempo. Al cómo ve el futuro una experta en la antigüedad.

No basta con decir ‘no me gustan estos tipos de Bruselas o de Madrid’, votar es más complejo”

Y ya que Beard, Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales 2016, defiende que “la Historia es una conversación entre el presente y el pasado”, la primera pregunta es qué piensa del momento histórico que le ha tocado vivir: “Soy optimista, a pesar de que estamos haciendo muchas cosas estúpidas en este tiempo y muy especialmente en mi país, sobre todo desde el Brexit. Aun así, no puedes ser una mujer de mi edad [nació en 1955] y no apreciar el enorme progreso de las últimas décadas”.

“Mi madre nació antes de que las mujeres tuvieran el derecho a voto, que tiene menos de cien años en Reino Unido”, añade Beard, que se define como feminista “porque no sabría no serlo”. Y añade: “La transformación del mundo en el que nos ha tocado vivir ha sido colosal. Es fácil ponerse melancólico en tiempos de Donald Trump y la amenaza de guerra nuclear con Corea del Norte. Pero creo que el cambio social que estamos viviendo ha sido positivo y revolucionario pese a todos los problemas que vemos”.

No es que tengamos una nueva generación de gente enfadada, es que ahora les oímos decirlo”

Su optimismo no está exento de preocupaciones. La principal, el estado de la democracia. “En cierto sentido sí que ha habido una democratización de la mano de las nuevas tecnologías. La gente ahora expresa públicamente lo que le pasa, lo que siente. No es que tengamos una nueva generación de gente enfadada, es que ahora les oímos decirlo, pero siempre estuvieron enfadados”.

Beard, que utiliza las redes sociales para su labor de divulgación para expresar sus opiniones políticas, está acostumbrada a recibir insultos en Twitter. The New Yorker la bautizó como “la domadora de trolls” por su habilidad para responder comentarios insultantes, la mayoría sexistas. Pero explica que, a diferencia de lo que suelen recomendarle, “nunca dejo un troll sin responder, porque no quiero que crean que tienen el poder de callarme”, explica la historiadora, que evoca aquella escena de la Odisea en la que el jovencísimo Telémaco, hijo de Ulises y Penélope, manda callar a su madre y le recuerda que “la palabra debe ser cosa de hombres” al tiempo que la manda a tejer. “Es la primera vez que un hombre manda callar a una mujer en la literatura y desde entonces no han parado”, explica la historiadora, que no cree que la misoginia en los textos clásicos resulte tan lejana como parece en nuestra cultura.

Nunca dejo un troll sin responder, porque no quiero que crean que tienen el poder de callarme”

“Recuerdo cuando empezó Twitter”, comenta la autora del blog A Don’s life en el prestigioso suplemento literario del Times. “Creíamos que las redes sociales serían la manera de hablarle al primer ministro, que harían de vehículo ejemplar de democratización de la comunicación. Y, por supuesto, no lo ha sido: si tuiteas a la primera ministra, no te responde, obviamente no tiene tiempo.  Tal vez esperábamos demasiado de la nuevas tecnologías”.

Lo que a Beard le preocupa de las redes sociales no son los mensajes maleducados, sino el riesgo de gobernar a golpe de tuit: “Cuando la gente expresa lo que siente, a veces es molesto, extraño y difícil, es abusivo y es tonto”, reflexiona. “La cuestión que debe preocuparnos es si está afectando a la forma en la que el debate político se formula. El peligro es que alimente los populismos”.

¿Pero cuál es la diferencia entre populismo y democracia? “Tendemos a llamar populismo a las decisiones políticas que no nos gustan. Y democracia si nos gusta. Y no estoy justificando los populismos. Me repelen la retórica de Nigel Farage y Donald Trump como al que más, pero hay un peligro de sonar muy elitista al criticar las decisiones que, como el Bréxit o la victoria de Trump, han salido de la decisión popular. Lo que cabe preguntarse es si eso es democracia realmente”.

La democracia, si es que el referéndum del Brexit lo fue, tomó la decisión equivocada”

El auge de los nacionalismos preocupa mucho a la historiadora, convencida de que “la manera en la que se enseña historia es lo que conforma nuestra identidad. Y es un arma muy poderosa. No puedes vivir estos días en Reino Unido sin preguntarte qué demonios salió mal para que ganara el Brexit”. Y explica, con la contundencia de quien conoce la etimología de cada palabra que pronuncia: “¿De qué va la democracia? Ahora mismo sería imposible decir esto en Reino Unido pero la democracia, si es que el referéndum del Brexit lo fue, tomó la decisión equivocada. El Brexit pone en evidencia el vínculo terriblemente importante entre democracia y educación. No estoy diciendo que la gente que votó por el Brexit fuera una ignorante. Todos estábamos insuficientemente formados para tomar una decisión responsable sobre lo que iba a significar”.

Al preguntarle si ve paralelismos entre el Brexit y el independentismo catalán, se muestra cauta pero contundente: “Una de las cosas que ha salido mal en los últimos 20 años es haberle hecho creer a la gente que la democracia es simplemente sinónimo de votar. Si puedes llevar una urna a Afganistán, lo llamas democracia. Pero democracia no es sinónimo de votar, es muchas otras cosas: es tener derechos civiles, es tener una educación y sin ello no tendremos votantes responsables”.

Democracia no es sinónimo de votar, es tener derechos civiles y educar votantes responsables”

Y añade: “Reivindicar el derecho a votar con el corazón no es democracia. La política, nos lo enseñaron los griegos, significa tomar decisiones complejas. Por eso es tan difícil ser demócrata. No basta con decir ‘no me gustan estos tipos de Bruselas o no me gustan estos tipos en Madrid’, porque votar consiste en tomar decisiones en un entorno complejo del modo más coherentemente posible, velando por nuestro futuro político y económico. Y eso es extremadamente difícil. ¿Cómo lo hacemos? Esa es la pregunta más difícil de nuestro tiempo que tenemos que responder”.

Y si hay algo que derrocha una catedrática de Historia Antigua es la perspectiva:  “Nunca ha habido un momento histórico en el que la gente que vivía en él comentara ‘oh, qué momento tan calmado me ha tocado vivir’. Eso no ha pasado nunca porque cada época tiene sus crisis. Y la nuestra tiene mucho que ver con el futuro de la democracia”.