La bruma y una incesante llovizna enmarcaban el tránsito de los habitantes de Petrogrado en la tarde del 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre, según el calendario gregoriano). Frente al canal de Kryukov, donde se erige el Teatro Mariinsky, un grupo nutrido de espectadores asiste a la representación de Borís Godunov, una de las óperas rusas más reconocidas, basada en un relato de Aleksandr Pushkin. Para ellos, como para buena parte de los ciudadanos de la entonces capital de Rusia, aquella jornada transcurre con la normalidad con que se consumían aquellos agitados días de 1917.

Pero lo cierto es que a apenas dos kilómetros de allí se estaba escribiendo una de las páginas más relevantes de la historia universal. Ya a esas horas, el Palacio de Invierno, sede del gobierno, se encontraba rodeado por varios miles de hombres armados. Obreros llegados de distintas partes del país, entremezclados con guardias rojos, soldados y marineros, conformaban una fuerza de asalto dispuesta a tomar la sede del poder ejecutivo, donde resistían, aislados, defendidos por unas pocas fuerzas leales, los ministros del gabinete presidido por Alexandr Kerenski. La Revolución Bolchevique estaba en marcha.

En torno a las 21:40, un estrepitoso estallido resonó en el embarcadero próximo al puente Nikolaevsky -hoy llamado de la ascensión-, en el río Nevá. El crucero Aurora, carente de munición, había lanzado una salva que por unos instantes agudizó el nerviosismo entre los ocupantes del Palacio de Invierno.

En Petrogrado, la vida transcurría con normalidad mientras los bolcheviques ejecutaban su rebelión

En la mitología revolucionaria, ese disparo es considerado como la señal que dio inicio al asalto popular de la sede gubernamental. Pero lo cierto es que no fue sino uno más de los múltiples movimientos que dieron forma a una insurrección que tuvo mucho menos de épico que de táctico.

Los sucesos de aquel 25 de octubre no representaban, ni mucho menos, una reacción espontánea, ni podían suponer una sorpresa en el convulso escenario político ruso. Hacía tan sólo ocho meses que un levantamiento popular en la misma Petrogrado (la actual San Petersburgo) había hecho caer la monarquía zarista y establecido un Gobierno provisional, de corte liberal, pero con amplia influencia socialista, que debía conducir al país hasta la formación de una Asamblea Constituyente que empezara a dibujar el nuevo régimen ruso.

Las expectativas depositadas en aquel Gobierno no tardaron en verse defraudadas. La situación económica de Rusia, condicionada por su participación en la Primera Guerra Mundial, era muy delicada y las aspiraciones de redención de obreros y campesinos se veían continuamente pospuestas. En ese clima, no dejaron de ser frecuentes las revueltas y rebeliones, protagonizadas tanto por fuerzas de izquierda como de derecha.

Cuando el otoño empezaba a alborear, el poder central daba muestras de desmoronarse, conforme perdía apoyos entre los partidos políticos, el ejército y el pueblo. La conflictividad social iba en aumento -entre febrero y octubre se convocaron más de 1.000 huelgas en el país- y las posturas tendían a polarizarse. La oportunidad parecía inmejorable para los postulados revolucionarios del Partido Bolchevique y su líder, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, no estaba dispuesto a dejarla pasar: «La historia no nos perdonaría si no tomamos el poder ahora», llegó a afirmar.

La historia no nos perdonaría si no tomamos el poder ahora», apuntó Lenin

Lenin no tuvo fácil convencer a sus correligionarios y tuvo que acceder a que sus planes de asaltar el poder fueran sucesivamente pospuestos a lo largo del mes. Un grupo de dirigentes del Partido Bolchevique, con Lev Davidovich Bronstein, Trotsky, a la cabeza, creían preciso camuflar la insurrección como un movimiento popular y no como un golpe de mano de un partido concreto.

El 25 de octubre estaba prevista la apertura del Segundo Congreso de los Soviets y los líderes bolcheviques querían presentarse ante los representantes de los trabajadores con el poder político en sus manos.

Mientras tanto, el partido continuaba apuntalando los preparativos de la insurrección y no con el suficiente disimulo para que el golpe de mano bolchevique no fuera vox populi en la capital rusa. Y, sin embargo, el gobierno de Kerenski tardó en reaccionar para abortar el complot.

Cuando lo hizo, en la noche del 23 al 24 de octubre ya era demasiado tarde. Para entonces, los bolcheviques ya habían puesto bajo su control -bajo la figura del Comité Revolucionario Militar- a buena parte de la guarnición militar de Petrogrado, se habían hecho con un importante arsenal de armas y contaban con elementos situados estratégicamente para controlar los accesos ferroviarios en la capital, con el fin de evitar la llegada de refuerzos en apoyo del Gobierno.

Cuando el día 24, Kerenski envió a las fuerzas leales a clausurar los principales periódicos bolcheviques; cortar las líneas telefónicas del Instituto Smolny, sede del Soviet de Petrogrado y centro de operaciones del Partido Bolchevique; y tomar el control de los puentes levadizos sobre el río Nevá, para bloquear el acceso al centro de la ciudad desde los barrios obreros, las milicias bolcheviques no tardaron en revertir las medidas.

Esa noche, los bolcheviques fueron ocupando de forma sistemática los edificios considerados estratégicos: las oficinas centrales de Telégrafos y Correos, la central de teléfonos, la central eléctrica y el banco central, al tiempo que se hacían con el control de importantes baluartes militares, como la fortaleza Pedro y Pablo o el crucero Aurora.

Al amanecer del día 25, a los bolcheviques apenas les restaba por tomar el Palacio de Invierno para dar por concluido su plan. Pero este objetivo se mostró mucho más complejo de lo previsto, para desesperación de Lenin. El líder de la facción bolchevique forzó a lo largo del día continuos atrasos en la apertura del II Congreso de los Soviets, al que quería llegar con el Palacio de Invierno ya rendido. Y de hecho, comunicó a la prensa la caída del Gobierno varias horas antes de que ésta se hubiera producido.

El Palacio de Invierno, sede del Gobierno ruso.

El Palacio de Invierno, sede del Gobierno ruso.

Mientras, en torno al Palacio de Invierno, las fuerzas bolcheviques se veían reforzadas por la llegada de marinos procedentes de Krondstadt y otras zonas del país, pero la resistencia de los alrededor de 3.000 hombres y mujeres leales al Gobierno se mantenía de forma obstinada.

Lo que desconocían los insurrectos es que el presidente Kerenski había logrado escapar del palacio, disfrazado y en un vehículo con bandera de Estados Unidos, con la intención de reclutar en las afueras de Petrogrado cuerpos de soldados que acudieran en ayuda del Gobierno. Pero este intento resultó en vano por la escasez de hombres disponibles y dispuestos a acudir a la capital para reprimir la revolución.

Kerenski escapó del palacio disfrazado para buscar refuerzos, pero fracasó en su intento

A las once menos veinte de la noche de aquel 25 de octubre, una hora después de que el Aurora disparara su atronadora salva, daba comienzo el Segundo Congreso de los Soviets. Aunque los ministros seguían resistiendo en los salones del palacio presidencial, los jefes del Partido Bolchevique, con Lenin y Trotsky como cabezas visibles, dieron por asegurada la toma del poder.

El encuentro, en el que el Partido Bolchevique contaba con unos 300 de los 670 delegados, fue tenso, pues los principales partidos socialistas (mencheviques y socialistas revolucionarios) eran críticos con la actuación de los bolcheviques, a los que acusaban de haber gestado una «aventura política criminal». La tensión llegó a tal extremo que los delegados contrarios a la insurrección optaron por abandonar el Congreso, mientras Trotsky les gritaba: «Que se vayan todos los llamados social-conciliadores, todos esos mencheviques, eseristas y bundistas asustados! ¡Sois unos miserable derrotados, vuestro tiempo ha concluido, marchad adónde debéis ir: al basurero de la historia!».

En paralelo, el asalto al Palacio de Invierno seguía su curso. A las once de la noche, desde la fortaleza Pedro y Pablo se inició un bombardeo poco efectivo, pues de las 35 descargas lanzadas, sólo dos alcanzaron el edificio. Aún así, el bombardeo no hizo sino exacerbar los miedos de los defensores que, desanimados por la falta de apoyos, fueron paulatinamente abandonando las armas.

Pasada la medianoche, cuando los disparos cesaron, los combatientes bolcheviques se lanzaron al interior del palacio presidencial, donde tomaron como prisioneros a los ministros.

Guardias rojos frente al Instituto Smolny.

Guardias rojos frente al Instituto Smolny.

La insurrección se había impuesto. Con una fuerza de tan sólo 10.000 hombres, muchos de ellos escasamente preparados y sin apenas derramamiento de sangre -se produjeron sólo cinco víctimas mortales-, Lenin había logrado plena satisfacción a sus propósitos: el Partido Bolchevique había tomado el poder y la ruptura con los partidos moderados de izquierda le dejaba las manos libres para ejecutar su programa sin cortapisas.

No obstante, como confesó otro líder bolchevique, Lev Kámenev, al periodista John Reed. «Aún tenemos que hacer mucho. Muchísimo. La cosa sólo comienza…». La conquista del poder era un paso importante. Pero sólo un paso en el itinerario bolchevique para conformar un nuevo orden político, económico y social, lo que Trotski resumía como «volver el mundo del revés».

Pocos confiaban entonces en que los bolcheviques fueran capaces de mantenerse en el poder. Y el inicio poco después de una guerra contra las fuerzas contrarrevolucionarias hizo pensar por momentos que aquella romántica aventura tocaba su fin. Sin embargo, los bolcheviques lograron imponerse en esa contienda y levantar un sistema que, con sus éxitos y fracasos logró mantenerse en pie durante más de 70 años, condicionando toda la historia posterior.

Aquel 25 de octubre de 1917, el mundo había dado un vuelco radical. Y ya nunca volvería a lucir igual.