Olvidar el exterminio forma parte del exterminio” (Jean Baudrillard)

No resulta fácil escribir sobre Auschwitz. Y no lo es porque para describir lo allí acontecido y para poder hacer sentir siquiera un atisbo de las atrocidades cometidas se debería inventar una nueva forma de lenguaje: sobre Auschwitz no pueden hablar solo las palabras.

Este campo de exterminio no constituye sino el epítome de la locura y el mal que asolaron el continente europeo en el pasado siglo XX, porque otros muchos campos de concentración y exterminio no anduvieron a la zaga: Majdanek, Sobibor, Treblinka, Belzec,…

De la magnitud de la tragedia nos da cuenta el filósofo alemán Theodor Adorno, quien en su momento sentenció en patético modo que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”.

El campo de Auschwitz-Birkenau, compuesto por las primigenias instalaciones de Auschwitz I y el extenso campo de Birkenau, situado a solo tres kilómetros del primero (a los que habría que sumar hasta 40 campos subalternos más), encierra dentro de sí muchos significados. Al relato de la maldad y la locura ya referido habría que unir el fracaso del ser humano como proyecto moral y/o divino y, en lo más prosaico, cabría hablar también del fracaso de la política y del entendimiento entre las naciones civilizadas.

Si hablar de Auschwitz resulta difícil, no menos penoso resulta visitarlo. Baste con decir que, como es bien sabido, en las instalaciones del campo es imposible escuchar el trinar de los pájaros. Un manto de abatimiento, de inquietud y de desasosiego se cierne sobre todo aquello sumiendo al visitante en un estado de onirismo donde los trajes a rayas se mezclan con la ilusión del humo de los hornos crematorios, y las recuas de inocentes dirigiéndose a las cámaras de gas se entreveran con las calaveras y las tibias de los uniformes nazis. Y hasta uno atraviesa rápidamente la vía por temor a ser arrollado por uno de aquellos fantasmagóricos trenes que bien podrían estar entrando en ese momento; la tragedia del exterminio se palpa con solo extender un poco la mano. El alma, allí, se detiene.

 mamá Höss advertía a sus vástagos de que lavaran las fresas del jardín antes de comerlas porque “sabían a ceniza”

Y si la fatalidad te sale al encuentro a la vuelta de cada esquina o te acosa según la mirada se posa en cualquiera de aquellos lugares, existe un sitio que puede llegar a congelar las entrañas. No me estoy refiriendo a las cámaras de gas, ni a los hornos crematorios, lugares sobrecogedores donde los haya, sino a la casa del comandante del campo Rudolf Höss, idílico lugar abuhardillado donde la familia del comandante vivía apaciblemente a tan solo unos pocos metros de las cámaras de gas. Estremece imaginar la vida feliz de unos niños discurriendo en el jardín de la casa mientras a esa misma hora miles de seres humanos se dirigían a su cita con la muerte. Y más aún aterra saber que “mamá Höss” advertía a sus vástagos de que lavaran las fresas del jardín antes de comerlas porque “sabían a ceniza”.

Esa maldad esférica que era capaz de discurrir con naturalidad como si del bien se tratara, es la que nos avisa sobre la capacidad del ser humano para descender a los infiernos y recrearse en el sulfúrico paisaje.

Aquellos seres in-humanos, orgullosos responsables de la tragedia acaecida en Auschwitz y en tantos otros campos de la muerte, no son muy distintos de los que habitamos el siglo XXI. Porque el siglo XXI también es un lugar para la protervia.

Asistimos hoy a multitud de movimientos nacionalistas, populistas y totalitarios que vienen a propugnar principios muy similares a los propuestos por los nazis: la superioridad de unos pueblos sobre otros, la pureza de la raza en algunos casos, la persecución y aniquilación del disidente en muchos lugares del mundo,… Pareciera que Auschwitz no hubiera servido para nada sino que, a contrario sensu, fueran muchos los que se afanan en continuar por la senda que conducía a las cámaras de gas, los que se emplean con denuedo en la cosificación del diferente y los que hacen de la maldad una forma de vida.

El negacionismo, objeto de estudio que debiera ser para la psicopatología, sigue hoy campando a sus anchas, poniéndonos sobre aviso

La inauguración en Madrid de la exposición sobre Auschwitz debiera dar para que no dejemos de tomar conciencia y nos sensibilicemos con la atrocidad como forma de prevenirla, ha producido, sin embargo, una destacada reacción antisemita preñada de amenazas e insultos que nos deben poner alerta. Me heló la sangre uno de los comentarios que, al hilo de la mencionada exposición, evacuó un individuo en uno de esos vertederos sociales tan proclives al insulto: “Seis millones menos”, profirió el desalmado.

El negacionismo, objeto de estudio que debiera ser para la psicopatología, sigue hoy campando a sus anchas, poniéndonos sobre aviso de que los huevos de la serpiente se están incubando y pueden eclosionar en cualquier momento. Hemos de confiar en que todavía el bien sea un valor fortalecido aunque, quién sabe, tal vez fueran muchos los que opinaban de igual modo en aquel nefando siglo XX que vio nacer y crecer la bestia nazi.

He denominado a Auschwitz en mi último libro como uno de los mayores sumideros del hombre, ese agujero por el que la dignidad, la humanidad y todos los valores que hacen del hombre un proyecto moral y/o divino se perdieron irremisiblemente. Aún podemos redimirnos; de nosotros depende.

Mario Flores Martínez
Psicólogo, escritor, columnista y autor de Los sumideros del hombre