Aunque se acaba de estrenar, la última película de Woody Allen ya la habíamos visto. Wonder Wheel es una historia de sueños rotos y aspiraciones artísticas, de infidelidades, amores imposibles y mentiras que no terminan de engañar a quien las cuenta. Lo impregna todo, también, el más recurrente de todos sus miedos: la sempiterna muerte.

Como la noria de Coney Island que desde su ventana ve la atormentada Ginny (Kate Winslet), una actriz frustrada de cuarenta años que trabaja de camarera en un restaurante de almejas, las obsesiones de Allen dan vueltas sobre sí mismas. Ginny está casada con Humpty (Jim Belushi) un hombre alcohólico que la pega pero que, por lo demás, aparece retratado como un buen tipo de gran corazón que no termina de caerle mal al espectador porque tampoco tiene mucho más con lo que empatizar.

Woody Allen ya no necesita un alter ego que lo interprete en sus historias porque está por todas partes

El drama se cuenta desde la perspectiva de Mickey (Justin Timberlake), un joven aspirante a dramaturgo demasiado musculado y seguro de sí mismo para encarnar aquel alter ego con el que Allen solía narrar sus historias neoyorquinas con un deje tartamudo.

Woody ya no necesita que nadie lo interprete en sus historias porque está por todas partes. En la facilidad de Mickey para enamorarse de quien no debe, en la angustia de Ginny para saber si los celos son solo imaginaciones suyas, y en la nostalgia misma con la que recrea el parque de atracciones del Coney Island de los 50 en el que solo falta que aparezca el pequeño Alvy Singer de Annie Hall preocupado porque el universo se expande.

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La historia se vuelve demasiado previsible cuando Carolina (Juno Temple), la hija veinteañera de Humpty con su primera esposa, aparece de repente. Mickey se encuentra con ella por casualidad en la playa y, qué sorpresa, se enamora de ella. Y por si el espectador necesitara alguna pista más para saber que esto no es una comedia, Mickey le ofrece a Ginny un libro de Eugene O’Neill, diciendo que el dramaturgo muestra en sus obras «cómo tenemos que mentirnos a nosotros mismos para poder vivir». Las mujeres de O’Neill, como las de Allen, también son heroínas atormentadas, entre Esquilo y Strindberg, con turbulentos destinos inspirados por Freud.

Últimamente el pasado es lo que mejor le queda a Woody Allen

Y como si fuera una de esas escenas en las que estalla la tormenta en las películas de terror, empieza a sonar música y alguien llama a la puerta, también se ve venir que una debe salir huyendo si un amante le regala un libro de O’Neill. Pero Ginny se queda. Y gracias a ello el espectador puede disfrutar de la gran interpretación que hace Winstley de cómo una actriz mediocre va desquiciándose irremediablemente.

Winstley, que no Ginny, es lo mejor de la película, junto a la ambientación del Nueva York de los 50 en el que no faltan ni los gangsters. Últimamente el pasado es lo que mejor le queda a Woody Allen.