El pasado miércoles en Pyeongchang, la ciudad surcoreana en la que se están celebrando los Juegos Olímpicos de Invierno, la patinadora artística estadounidense Mirai Nagasu ejecutó con éxito un triple Axel.

No es una cosa baladí. Esa figura es muy difícil de ver en una competición femenina incluso cuando hablamos de la máxima cita de esta disciplina. Los tres giros y medio en sentido de las agujas del reloj, ejecutados mientras se patina hacia atrás, no son nada sencillos.

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El logro de Nagasu, en cualquier caso, no es un récord. Hasta dos patinadoras más, ambas japonesas, habían firmado un triple Axel en una pugna olímpica, Midori Ito en 1992 y Mao Asada en el año 2010. Por desgracia para Nagasu, tampoco será la primera estadounidense en hacer dicha figura sobre el hielo. Ese honor le corresponde a Tonya Harding.

En el año 1991 Harding se presentó al Campeonato de Estados Unidos, una de las plazas donde se podía conseguir el sello en el billete olímpico. No lo tenía del todo entrenado, pero sabía que para pelear por el triunfo había que jugársela: intentó el triple Axel y le salió, consiguiendo una puntuación de 6.0, la más alta jamás lograda por una patinadora en méritos técnicos.

No tardó mucho en repetir la hazaña. El Campeonato del Mundo del mismo año fue el marco que sirvió para demostrarle a todo el globo que aquello del triple Axel también era cosa de mujeres, si bien no le valió para superar a Kristi Yamaguchi. Así comenzó una histórica disputa con los jueces, que siempre le restaban méritos por no entrar dentro del modelo de patinadora que se consideraba tradicional en la década de los 90.

Harding cerró el Mundial de 1991 con una medalla de plata y una figura, el triple Axel, que nunca más sería capaz de realizar.

Su complicada vida, iniciada por una infancia que debía rozar el infierno, acabó por convulsionar la carrera de Harding y la apartó de una gloria para la que un día pareció destinada. El tercer lugar en el Campeonato de EEUU del año 1992, torcedura de tobillo por medio, fue el preludio de unos Juegos Olímpicos de Invierno en los que se quedó sin presea. El 1993 fue, directamente, un desastre y no se clasificó para el Mundial.

El fondo del pozo

Hablar de que su carrera y su vida tocaron fondo es ser suave. Tonya Harding se revolcó por lo más profundo del pozo. Tras conocer las mieles del éxito, y quedarse a las puertas de la medalla olímpica, su complicado matrimonio con Jeff Gillooly, con el que se casó a los 19 años y en el que se mezclaban maltratos físicos y reconciliaciones a partes iguales, terminó por afectar a la parcela deportiva de su vida.

En el año 1992 se supo que el COI adelantó la celebración de los Juegos Olímpicos de Invierno dos años, para no hacer coincidir la cita con la veraniega. La oportunidad de alcanzar su sueño no le quedaba lejos, pero para eso tenía que conseguir su plaza en la selección estadounidense. Y su gran rival en el camino era Nancy Kerrigan.

Como si de una película se tratase, Kerrigan fue víctima de un terrible ataque el 6 de enero del año 1994 cuando terminaba un entrenamiento en Detroit. Según se supo después, Jeff Gillooly y el guardaspaldas de la patinadora, Shawn Eckhardt, contrataron a un matón para romperle la rodilla a Kerrigan y dejarla así fuera de la competición. Sin embargo, el ataque no le quebró la articulación y sólo le produjo un tremendo golpe.

Kerrigan se tuvo que retirar del campeonato nacional, que terminó con victoria de Harding, pero ambas fueron seleccionadas para los Juegos, que tendrían lugar en Lillehammer, en Noruega. Kerrigan se llevó la plata, por detrás de Oksana Bayul, y Harding terminó en un triste octavo lugar.

Sin embargo ya nadie estaba pendiente de la competición. El ataque a Kerrigan produjo un culebrón mediático al estilo americano, lo que derivó en que la retransmisión del programa corto de patinaje artístico estuvo entre las emisiones más vistas de la historia en Estados Unidos.

El proceso judicial acabó en febrero, con Gillooly declarándose culpable y acusando a Harding de conocerlo todo. Los implicados fueron condenados a 18 meses de cárcel, pero el magistrado fue más duro con Harding.

Se inculpó y acabó con una sentencia de tres años de libertad condicional y una multa de 160.000 dólares de la época, además de tener que cumplir 500 horas de servicios públicos. Del mismo modo, se le prohibió volver a participar en una competición de patinaje artístico.

Sin estudios y con una complicada vida personal, Harding se dedicó incluso al boxeo profesional, con un escueto récord de cuatro victorias y tres derrotas, para intentar mantener su nivel de ingresos, aunque tuvo que retirarse, según ella, por problemas asmáticos.

Su vida, en el cine

La patinadora estadounidense, ya alejada del hielo a nivel profesional, lleva tiempo casada con su nueva pareja y ambos tienen un hijo llamado Gordon. Ha pasado años sin los focos que ahora van a volver, porque su vida la ha llevado al cine Margot Robbie en Yo, Tonya, que se estrena el viernes 23 en España.

La historia, en la que Robbie interpreta a la patinadora y hace también las veces de productora, narra perfectamente cómo fue la difícil vida de una mujer que, en su momento, fue la persona más famosa de Estados Unidos «sólo por detrás de Bill Clinton», como dice el guión.

Lo cierto es que el ritmo atrapa al espectador, sin darle descanso a lo largo de las dos horas de cinta, y las actuaciones son brillantes. Robbie se ha llevado nominaciones a todos los premios habidos y por haber, incluidos los Oscars, y Allison Janney, que da vida a su madre LaVona Fay, también cuenta con nominación a los premios de Hollywood.

El papel de Janney destaca incluso dentro de la brillantez con la que todos participan en la acción. Ya se ha hecho con el premio del Globo de Oro a mejor actriz secundaria, pero sería todo un escándalo que no se hiciera también con la estatuilla más preciada. Lo sabremos el 4 de marzo.