A unos 450 metros de altura sobre el nivel del cercano Mar Muerto, en pleno desierto de Judea, se levanta el macizo de Masada. Allí, hacia la primavera del año 73, un grupo cercano a las 1.000 personas se erigía como último bastión de la rebelión judía contra el poder romano en la región. Abrumados por la superioridad de las tropas imperiales, aquellos rebeldes optaron por quitarse la vida. Casi 1.900 años después, hacia mediados del siglo XX, su historia, mitificada y sometida a un intenso proceso de ideologización fue asumida por buena parte del pueblo judío como símbolo de su propósito de resistir en una tierra que, consideraban, les pertenecía. Una voluntad condensada en un lema: «Masada no volverá a caer».

El 14 de mayo de 1948, hace ahora 70 años, en la ciudad de Tel Aviv, David Ben Gurión, líder político del movimiento sionista, proclamaba el nacimiento del Estado de Israel: «La Tierra de Israel fue la cuna del pueblo judío. Aquí se forjó su identidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí logró por primera vez su soberanía, creando valores culturales de significado nacional y universal, y legó al mundo el eterno Libro de los Libros. Luego de haber sido exiliado por la fuerza de su tierra, el pueblo le guardó fidelidad durante toda su dispersión y jamás cesó de orar y esperar su retorno a ella para la restauración de su libertad política», rezaba una declaración que suponía la confirmación de un anhelo histórico.

«Ningún pueblo ha mantenido durante un periodo tan prolongado un vínculo tan emotivo con determinado rincón del planeta», sostiene el historiador Paul Johnson en La Historia de los judíos, aunque, paradójicamente, «durante más de tres cuartas partes de su existencia como pueblo, la mayoría de los judíos hayan vivido fuera de la tierra que consideran suya». 

La historia del pueblo judío es en gran medida la crónica de un exilio, una diáspora -cargada por momentos de elevadas dosis de dramatismo- y, al mismo tiempo, de un vínculo ancestral con una tierra entendida como un regalo divino que les había sido arrebatado. Aunque lo cierto es que esa nostalgia, basada fundamentalmente en creencias religiosas, no tornaría hasta la segunda mitad del siglo XIX en un movimiento político organizado: el sionismo, que tenía como fin último el regreso a la Tierra Prometida. Menos de un siglo después, sus objetivos eran ya una realidad.

La nostalgia del pueblo judío por la Tierra Prometida tornó en movimiento político a mediados del siglo XIX

Pero el camino hasta la formación del Estado de Israel no había sino nada sencillo y casi más complicada se planteaba en 1948 su supervivencia, en un entorno claramente hostil. El sionismo había fijado como objetivo la conquista -no en términos bélicos, sino diplomáticos- de la tierra de Palestina para levantar un nuevo hogar nacional para el pueblo judío. Pero aquella región, aunque calificada por el propio Ben Gurión como «primitiva, dejada y abandonada», estaba bajo dominio del Imperio Otomano y daba cobijo a finales del siglo XIX a más de 500.000 árabes que no estaban dispuestos a ser desalojados para satisfacer los anhelos sionistas. Los ingenuos deseos de que se estableciera una convivencia pacífica entre ambos pueblos pronto quedarían quebrados.

Para el pueblo árabe, la inmigración judía a Palestina, en las primeras décadas del siglo XX -se intensificaría desde 1917, cuando Reino Unido asumió el control de la región-, era vista como un movimiento de colonización occidental, que no hacía sino reeditar la experiencia medieval de las cruzadas. Ni las promesas de que la presencia de los judíos fomentaría una nueva prosperidad en la región, de la que también podría beneficiarse el pueblo árabe palestino, ni los movimientos internacionales en pos de un reparto pactado de la tierra lograban doblegar el rechazo a la llegada de unos intrusos que venían a subvertir, desde su punto de vista, los valores y tradiciones imperantes en la región. El veto al establecimiento de un Estado judío en Palestina era inquebrantable.

Texto de la declaración de independencia de Israel, leído por David Ben Gurión el 14 de mayo de 1948.

Texto de la declaración de independencia de Israel, leído por David Ben Gurión el 14 de mayo de 1948.

«Así, cada oleada de emigración judía a Palestina -en 1920, 1921 y 1929- provocaba reacciones árabes cada vez más violentas que culminaron con la revuelta árabe de 1936 contra británicos y judíos», escribe Michael B. Oren, en La Guerra de los Seis Días. Este último levantamiento, el de 1936, alcanzó una virulencia inusitada hasta entonces, extendiéndose durante más de tres años y provocando miles de muertos. Las autoridades británicas de la región lanzarían una intensa represión del movimiento que descabezaría a la comunidad árabe y la sumiría en un proceso de desintegración que sería letal para sus objetivos en los años posteriores.

Para entonces, ya hacía tiempo que los líderes políticos del sionismo habían asumido que aquél era un conflicto en el que se enfrentaban objetivos irreconciliables y que solo admitía una solución por la fuerza.

Lo cierto es que, hasta ese momento, el movimiento sionista había canalizado su proyecto a través de una mezcla de iniciativas administrativas, fomentando la inmigración a la región y la colonización legal de territorios -política en la que fue fundamental la disposición de los terratenientes árabes a venderles tierras, aunque esto fuera en contra de los intereses de su pueblo-, y una hábil actividad diplomática para granjearse el apoyo británico al establecimiento de un Estado judío en Palestina.

David contra Goliat

Pero para un proyecto que, como explica Shlomo Ben-Ami, había nacido del miedo -por sucesivos capítulos de antisemitismo en la Europa del siglo XIX, con el caso Dreyfuss como uno de los más significativos-, también el miedo generado por la animadversión palestina, progresivamente extendida al resto de los pueblo árabes de la región, alentaba la puesta en marcha de un proyecto de autodefensa que garantizara que Masada no volvería a caer ante este nuevo enemigo. En la mitología sionista, ahora cobraba fuerza la imagen del pueblo judío como un David que debía prepararse para hacer frente al amenazante Goliat árabe, que soñaba con su exterminio.

«A lo largo de los años se generó una cultura que presuponía la existencia de una amenaza existencial que se remediaba con seguridad. Las élites políticas se tornaron prisioneras de su propia narrativa y así, en la esfera pública israelí, el concepto de seguridad se tornó en un núcleo muy difícil de cuestionar», explica el profesor Mario Sznajder en su reciente obra Historia mínima de Israel.

Fruto de esa política fue la creación de la Haganá, una organización clandestina de carácter paramilitar creada en torno a 1920, que asumió la defensa del pueblo judío en la región y que, bajo esa misión, no dudó en hacer, por momentos, del ataque la mejor estrategia para contener a los árabes.

Nada de esto significa que las autoridades judías abandonaran otras formas de actuación menos belicosas para llevar adelante sus planes, pues como observa Ben-Ami «el modo sionista de alcanzar el sueño del Estado judío era una estrategia de doble filo: una poderosa respuesta militar y un sutil despliegue de habilidades diplomáticas».

El Holocausto nazi dio fuerza al sionismo, asegurando las simpatías internacionales a Israel

En este sentido, las circunstancias internacionales coadyuvaron a sus planes, favorecidos incluso por la tragedia del Holocausto nazi, que alentó la inmigración masiva de judíos a la región y aseguró las simpatías internacionales a la causa israelí, al tiempo que la imagen palestina quedaba seriamente dañada por la alianza de Muhammad Amin al-Husayni, el gran muftí de Jerusalén, con Adolf Hitler y su apoyo a la ‘solución final’.

Con Reino Unido enredada en las contradictorias promesas realizadas a ambos bandos a lo largo de su mandato en la región, los líderes del futuro Israel entendieron que debían girar sus esfuerzos diplomáticos hacia Estados Unidos, que emergía tras la Segunda Guerra Mundial como el nuevo árbitro internacional. No erraron: el respaldo estadounidense a la creación de un nuevo Estado judío sería fundamental en la decisión de Reino Unido de derivar la solución del conflicto a la ONU y en la posterior resolución 181 de ésta, el 29 de noviembre de 1947, en la que se aprueba un plan para la partición del territorio palestino en dos nuevos estados.

Para entonces el sionismo estaba dispuesto a aceptar un acuerdo de ese tipo. Su intención, no obstante, pasaba por hacer de cualquier proyecto de partición una primera etapa hasta la reconquista de Eretz Israel, la tierra que consideraban suya. Así lo reconocía el propio Ben Gurión en una carta a su hijo Amós en la que señalaba que el objetivo era «erigir un Estado judío de inmediato, aunque no abarque el territorio entero. El resto llegará con el tiempo. Debe llegar».

Para ello, la nueva nación habría de contar con «un ejército extraordinario», que garantizaría que «no se nos impedirá asentarnos en el resto del país, sea de acuerdo y por mutua comprensión con los vecinos árabes o de otro modo». Ese ejército ya estaba listo y no tardaría en demostrarlo.

El capitán Abraham "Bren" Adan izando la Degel HaDyo en Umm Rashrash, que marcó el fin de la guerra árabe-israelí de 1948.

El capitán Abraham «Bren» Adan izando la Degel HaDyo en Umm Rashrash, que marcó el fin de la guerra árabe-israelí de 1948.

Para el pueblo árabe, la partición de Palestina era un proyecto inasumible, por lo que la guerra resultaba inminente. Las hostilidades entre las dos comunidades de la región, la árabe y la judía, estallaron casi de inmediato, y a finales de febrero de 1948 el número de muertos y heridos alcanzaba los 870 entre los judíos y los 1.910 entre los árabes, según detalla el profesor Arno Mayer. Aquella guerra civil se jugaba desde la desigualdad, pues mientras Israel llevaba años preparándose para una contienda decisiva, el pueblo palestino acusaba una profunda división y falta de liderazgo derivada de la represión posterior a la revuelta de los años de 1936-1939. Como observa Ben-Ami, «la comunidad árabe perdió la guerra por Palestina de 1948 diez años antes de que empezara siquiera».

Ni siquiera el temor a una respuesta conjunta de los países árabes vecinos detuvo ya los objetivos expansionistas de los políticos sionistas, que aprovecharon la contienda para extender las fronteras del nuevo Estado judío bastante más allá de lo dictado por la ONU. Así era ya cuando el 14 de mayo de 1948, Ben Gurión proclamó el nacimiento de Israel.

A aquella decisión le seguiría la invasión del país por los ejércitos árabes de la zona. Por momentos, durante la guerra, los intereses judíos llegaron a verse seriamente comprometidos. Pero, como sugiere Sznajder, lejos de la retórica cultivada posteriormente de que aquella era una repetición moderna de la lucha del diminuto David contra el gigante Goliat, el ejército israelí contaba con fuerzas, organización y armamento suficiente para combatir con garantías a sus enemigos. Y sobre todo con la motivación. Porque tras siglos de anhelo, el pueblo judío había regresado a su tierra. Y estaba decidido a no cederla nunca jamás. Costara lo que costase.