En la noche del 21 al 22 de mayo de 1938, en tierras ilerdenses, el ejército republicano lanzaba una ambiciosa ofensiva para desalojar a las fuerzas franquistas ubicadas al este del río Cinca. Para entonces ya eran muchos los dirigentes del bando republicano que daban por extinguidas las opciones de salir victoriosos de la contienda y los esfuerzos bélicos promovidos por el gobierno del doctor Juan Negrín parecían más encaminados a resistir, con la vista puesta en una posible intervención internacional en su favor, o, al menos, a mantener una posición de cierta fuerza de cara a una hipotética salida negociada.

Ese mismo 22 de mayo, poco después de las ocho de la tarde, a más de 300 kilómetros del frente de Lleida, alguien gritaba apresurado: «¡Las puertas están abiertas, el que quiera que salga!». La mayor parte de los 2.487 presos que se encontraban encerrados por entonces en el Fuerte de San Cristobal observaban atónitos la situación. Un reducido grupo de reos había logrado hacerse con el control del presidio, reduciendo a sus guardianes, y alentaba a sus compañeros a huir. El camino hacia la libertad se mostraba expedito.

Construido a finales del siglo XIX en la cima del monte Ezcaba, ubicado al norte de Pamplona, el Fuerte de San Cristobal había sido reconvertido en penal en octubre de 1934 y desde julio de 1936, con el levantamiento militar contra el Gobierno republicano, se convirtió en centro de reclusión de miles de presos, la mayor parte de los cuales eran enviados allí por sus ideas o su filiación política y su resistencia al golpe de estado. Pronto descubrirían que habían llegado a un escenario de pesadilla.

Creado como fortaleza militar, el fuerte carecía de las mínimas condiciones de habitabilidad para acoger a los miles de cautivos que fueron encerrados entre sus paredes a partir del estallido de la guerra. Sin apenas protección frente al frío invernal, en muchas de las celdas el agua se filtraba por las paredes, la luz y el aire apenas llegaban y la suciedad alcanzaba dimensiones inimaginables.

Las malas condiciones del fuerte y la escasez de alimentos configuraban un escenario de pesadilla

Este cuadro dantesco se completaba con la escasez de medios y servicios que se ponían a disposición de los presos, que carecían en la mayor parte de los casos de ropas para cambiarse, colchones sobre los que dormir o mantas con las que abrigarse y en los que el hambre hacía estragos debido a la escasez de alimentos que les eran servidos. La muerte no tardaría en convertirse en un elemento cotidiano en aquel lugar. Los que habían conocido otros centros penitenciarios franquistas llegaron a tacharlos de «paradisíacos» en comparación con el penal de Ezcaba.

«Me impresionó el sótano, el dormir en el suelo con agua, el hambre, la suciedad que había en los pasillos de la brigada de más de 90 metros; tenía medio metro de basura en forma de barro. Allí estábamos como en una condena a muerte y nos decían que no íbamos a salir. No había más que palos, malos tratos, miseria, piojos y hambre», rememora Agapito Galindo, un obrero nacido en la localidad segoviana de Coca que había sido arrestado por oponerse al golpe de estado, en un testimonio recogido en la obra Fuerte de San Cristobal, 1938. La gran fuga de las cárceles franquistas, de Félix Sierra e Iñaki Alforja.

Fuerte de San Cristobal, en la cima del Monte Ezcaba, en Pamplona.

Fuerte de San Cristobal, en la cima del Monte Ezcaba, en Pamplona. Gobierno de Navarra

Así, parece fácil comprender las palabras de Leopoldo Cámara, otro de los reclusos de aquella fortaleza, cuando asegura que aquel 22 de mayo de 1938, «cuando salimos del fuerte, al traspasar la puerta principal, grité con toda mi alma: ¡Viva la libertad! Nunca lo podré olvidar, ha sido el momento más feliz de mi vida».

Aquella huida no había sido fruto de la casualidad. Desde hacía varios meses, cerca de una treintena de presos, liderados por Leopoldo Pico Pérez, un comunista de origen cántabro de 27 años de edad, había estado planificando el plan de fuga. Y al fin había llegado la hora de ponerlo en práctica.

Hacia las ocho de la tarde, en el momento en el que se servía la cena de los presos, Pico y sus cómplices detuvieron al guardián que supervisaba el reparto del rancho y le desarmaron. Seguidamente y con una admirable eficacia y organización, los amotinados fueron reduciendo a los distintos funcionarios del penal y a los centinelas de guardia, con escasos incidentes. Solo un guardia que opuso mayor resistencia y comenzó a dar gritos fue golpeado hasta causarle la muerte.

El momento elegido tampoco había sido aleatorio. Ese 22 de mayo era domingo, un día en el que el servicio en la prisión se reducía de forma considerable. La hora de la cena era propicia para el plan, pues era un momento de constante apertura de puertas para el traslado de la comida y el cuerpo de guardias, consistente aquella tarde en 92 militares del Batallón 331, también se encontraba cenando lo que facilitó enormemente su desarme. Con los fusiles requisados a éstos, fue sencillo lograr la rendición de los centinelas apostados en las garitas alrededor del fuerte. En apenas media hora, San Cristobal había quedado bajo el control de los presidiarios. Sus casi 2.500 reclusos tenían las puertas abiertas ante sí.

La gran evasión

Pero un elemento había empañado el plan de fuga. Dos centinelas habían logrado escapar de los amotinados y llegar al vecino pueblo de Aizoáin, desde donde darían aviso al cuartel del Batallón 331 de lo que estaba pasando. Así, cuando los presos se disponían a abandonar el Fuerte ya era posible avistar vehículos del ejército que se dirigían hacia Ezcaba equipados con potentes reflectores. En esa coyuntura, muchos dudaron y optaron por quedarse en la prisión, convencidos de la imposibilidad de escapar. Pero 795 presos decidieron seguir adelante y echaron a correr por las pendientes del monte con la única meta de alcanzar la frontera francesa. La mayor evasión de la historia de Europa estaba en marcha. Sólo tres la culminarían con éxito.

Las siguientes horas fueron lastimosas para los fugados. En medio de la oscuridad y en un terreno embarrado por la lluvia, desorientados, mal equipados -muchos de ellos sin calzado-, hambrientos y perseguidos por las fuerzas franquistas, el número de bajas se iba multiplicando por momentos. «A los fugados nos fueron cazando con perros y a tiro limpio», explica gráficamente Moisés Alonso, uno de los fugados.

Varios centenares de fugados optaron por volver al presidio y entregarse, mientras que más de 200 fallecieron en la huida; algunos, accidentados en aquella desesperada carrera; los más, ejecutados por sus perseguidores. En ocasiones, quienes resultaban heridos y se veían imposibilitados para seguir adelante suplicaban a sus compañeros que les mataran antes de dejarles caer en manos de las fuerzas nacionales. «Debiéramos haberlo hecho antes que dejarlos vivos a merced de los guardias, que no tardarían en cogerlos vivos y darse el placer de rematarlos», observa Cámara.

Más de 200 fugados perecieron en la huida; la mayoría ejecutados por sus perseguidores

Con todo, algunos hombres lograron permanecer huidos varios días, e incluso, meses. Ocultándose de día y andando por la noche, alimentándose de hierbas y caracoles, persistieron en su empeño, animados por la visión de unas montañas tras las que, creían, les aguardaba la libertad.

Pero a medida que pasaba el tiempo sus fuerzas y sus ánimos iban flaqueando y el cerco sobre ellos se iba estrechando. Unos 30 presos fugados fueron capturados a lo largo del mes de junio y el 14 de agosto las fuerzas franquistas prendieron al último de ellos. La aventura había terminado.

Aquella osadía tendría un castigo nada benigno. Los 586 fugados que habían sido capturados con vida fueron recluidos durante meses en las peores celdas del Fuerte. Sometidos a un Consejo de Guerra, sus penas se vieron agravadas, para la mayoría, con 17 años más de cárcel. Aunque peor suerte corrieron 14 de ellos, considerados los «promotores de la sublevación», que fueron condenados a muerte y fusilados el 8 de septiembre de 1938.

Como único consuelo para los protagonistas de la huida y sus compañeros de prisión llegaría con el relevo del director del Fuerte, tras lo que las condiciones de vida y, especialmente, la alimentación mejoraron de forma considerable. Un triunfo amargo, no obstante, para quienes por un momento soñaron con ser libres.