Tex Winter, dando instrucciones a Kobe Bryant durante sus primeros años en Los Angeles Lakers.

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El genio que convenció a Jordan y Kobe Bryant para pasar el balón

Este mismo martes comienza una nueva temporada de la NBA, la mejor liga de baloncesto del mundo. Serán 2.460 partidos, a razón de 82 encuentros por cada uno de los 30 equipos, los que decidan quienes son los 16 mejores, ocho por conferencia, que terminen peleando por el título.

Por primera vez en casi un lustro, no habrá una final entre Cleveland Cavaliers y Golden State Warriors. La marcha de LeBron James, desde su Ohio natal hasta las calurosas costas de California, ha provocado que los actuales subcampeones sean uno de los equipos más débiles del campeonato, mientras que los de Steve Kerr aspiran a mantener una hegemonía a la que no se le ve el fin.

La gran pregunta que se hace toda la liga es sí James será capaz de conducir hasta los Playoffs a un conjunto lleno de jugadores que todavía tienen mucho que demostrar. La mezcla entre veteranos de vuelta de todo (Rondo, Stephenson) y los jóvenes todavía tiernos (Ball, Ingram) parece demasiado pesada como para cargarla incluso sobre unas espaldas tan anchas como las de LeBron.

De lo poco que se puede pronosticar ahora mismo, antes de que las lesiones y los partidos pongan a cada uno en su sitio, es que Golden State seguirá siendo muy difícil de batir, que la Conferencia Oeste es una selva en la que van a sobrevivir muy pocos, y que Brad Stevens es el mejor entrenador de la competición y va a poner a sus Boston Celtics muy arriba. Lo demás, una incógnita.

Un legado eterno

La liga, de aquí hasta el último partido de las finales allá por junio, tendrá muchas cosas. Kevin Durant, LeBron James, Joel Embiid… Cada noche tendrá su héroe, pero ninguno estará a la altura de uno que nos acaba de dejar, con la misma discreción con la que diseccionó el baloncesto durante toda una vida.

Morice Fredrick Winter falleció el pasado miércoles a los 96 años de edad, un veterano que lo vio todo y al que no le ha quedado nada por hacer en el mundo del baloncesto.

Tex Winter, como conocía todo el mundo a este nativo de Wellington, en el estado de Texas, nunca triunfó en el papel de protagonista. Era de esos a los que le queda bien el de rol de secundario, susurrando al oído de una estrella con menos tino pero más carisma que él. Winter se fue sin más homenaje que el de aquellos a los que trató, figuras cuya dimensión van muchísimo más allá del baloncesto.

Winter fracasó como solista y fue un entrenador mediocre en diferentes universidades a largo de más de 30 años de carrera. Y, pese a ello, se retiró con nueve anillos de campeón de la NBA en sus manos. Su legado, además, será eterno, ya que es el creador de uno de los sistemas de ataque más famosos de todos los tiempos: el triángulo ofensivo.

A nivel teórico no es un sistema demasiado complejo. Se basa en colocar a tres jugadores formando un triángulo en un lado del ataque, espaciados de tal forma que, con el adecuado movimiento de los jugadores y del balón, siempre haya un tirador liberado para buscar un lanzamiento cómodo o una jugada de uno contra uno.

Así se colocan los jugadores en el triángulo ofensivo.

Es una forma de atacar que da protagonismo a los cinco jugadores en pista, ya que busca encontrar el mejor tiro posible sin priorizar a nadie en particular, si bien los más talentosos siempre eran los más buscados. El triángulo ofensivo exige un alto compromiso de todos los involucrados, mucho movimiento de balón y un comportamiento coral de toda la plantilla, algo que no suele ser fácil de obtener en los equipos NBA.

Pero él lo consiguió, si bien tuvieron que darse las condiciones óptimas. Es posible que su idea del ataque definitivo nunca hubiera triunfado sin el hombre que le hizo famoso: Phil Jackson, con el que empezó a trabajar cuando éste se hizo con el puesto de entrenador jefe de los Chicago Bulls.

Días de gloria (I)

En los primeros años de la década de 1990 Michael Jordan no sólo era intocable deportivamente, es que era el ser humano más famoso de Estados Unidos. Desde su llegada a la NBA en el año 1984, todo cambió en el baloncesto, pero también en el país más rico del mundo, en el que por primera vez en la historia los blancos veneraban a un deportista negro. Insólito.

Poca oposición encontraba Jordan en lo que hacía. En su equipo se le permitía todo, sin importar el trato de favor con el que sus compañeros vivían en el día a día. El libro Jordan Rules, del periodista del Chicago Tribune Sam Smith, explica con detalle cómo fueron aquellos años del primer triplete de los Chicago Bulls.

Jordan hacía lo que le daba la gana, hasta que se encontraba con Tex Winter. Lo normal en aquellos años es que Jordan comenzara los partidos siguiendo las normas del triángulo ofensivo hasta que, cansado de ver como sus compañeros no daban el nivel galáctico que él les exigía, decidía hacerse cargo de todo y comenzaba a jugar de un modo individualista. Jordansistema. El problema es que era tan bueno que solía funcionar.

«Chico, no hay yo en la palabra equipo«, le dijo una vez Winter, tras uno de estos partidos, haciendo referencia a la letra i (yo en inglés) y a como no forma parte del vocablo team (equipo en inglés). «Pero sí que hay yo en la palabra ganar«, le contestó el mayor mito del baloncesto, ya que esa misma letra si está incluida en el término win. Casi inapelable.

Jordan desquiciaba a Winter, existían en dos puntos opuestos del universo del baloncesto. El mayor talento individual de la historia, Dios disfrazado de jugador de baloncesto, como dijo el propio Larry Bird, contra el creador de un sistema que preconizaba la generosidad baloncestística.

Lo bueno de los genios es que terminan por entenderse. Winter comprendió que Jordan era imparable, que su instinto ganador era el mayor que ha conocido el deporte, y a su vez el genio de Carolina del Norte terminó por interiorizar que había que pasarle el balón a los que iban vestidos igual que él. Les costó siete años encontrar el camino, hasta que en 1991 llegó el primer anillo, contra los Lakers de un envejecido Magic Johnson, antes de que dos más remataran la primera retirada de Jordan.

Días de gloria (y II)

Winter todavía se anotaría tres anillos más, desde 1996 hasta 1998, cuando Michael Jordan decidió dejar el bate de béisbol y recuperó las zapatillas de baloncesto. El segundo triplete agotó por completo a Winter, a Jackson y al propio Jordan, que se retiraría por segunda vez tras destrozar la carrera de un Byron Russell que sale, sin quererlo, en una de las imágenes más icónicas de la historia del baloncesto.

Se puede decir que, entonces, el mítico asistente descansó. Ya no estaba Jordan, tocaba jugar en equipo. Pero Phil Jackson, harto de Jerry Krause, el incomprendido arquitecto de los Bulls en los despachos, decidió dejar el equipo. Tras un año sabático fichó por Los Angeles Lakers, y Winter se marchó con él cambiando la ventosa Chicago por la soleada California.

De izquierda a derecha, Tex Winter, Phil Jackson y Johnny Bach, durante su etapa en Chicago Bulls.

Allí no sólo le esperaba un todavía imberbe Kobe Bryant, también el excéntrico Shaquille O’Neal. Para colmo, las dos grandes estrellas del equipo se odiaban muerte y apenas se dirigían la palabra, convencidos ambos de ser el mejor jugador del equipo y de que el otro estaba sobrevalorado.

El dolor de cabeza se había multiplicado. Sin embargo, Winter y Jackson repitieron la fórmula de Chicago y llevaron a los Lakers a ganar tres anillos más de la NBA, consiguieron que Kobe y Saq no se mataran y revitalizaron una franquicia que llevaba desconocida desde que terminó el Showtime.

Winter permaneció en la franquicia angelina hasta el año 2008, ya haciendo las veces de consultor. Pau Gasol, que llegó un año antes a Lakerland, le ha rendido homenaje en Twitter calificándole como «una de las mejores mentes baloncestísticas que he conocido».

¿El mejor entrenador de la historia moderna?

A sus 86 años, su cuerpo le dijo que lo mejor era alejarse del baloncesto. El 25 de abril de 2009, en una reunión del antiguo equipo de la universidad de Kansas State, al que entrenó mucho tiempo, sufrió un infarto cerebral que le dejó con problemas de movilidad en el lado derecho del cuerpo y con muchos dolores en el cuello y los hombros.

Sus problemas de salud se sumaron al alzheimer de su mujer, con la que tuvo dos hijos, Russ y Chris. Ya viviendo en su adoptiva Kansas, en las inmediaciones de Manhattan, falleció el pasado miércoles con 96 años ya cumplidos.

¿Es Tex Winter el mejor entrenador de la historia de la NBA? Difícil de decir. Tiene menos glamour que Phil Jackson, y menos anillos que Red Auerbach si contamos el paso por los despachos del inventor de los míticos Celtics. Todos ellos conviven, con todo el merecimiento, en el Hall of Fame del baloncesto.

A Winter nunca le podrán negar que es el responsable de la creación del ataque más complicado, y a la vez más sencillo, de la NBA. Uno que ayudó a mitos de la talla de Michael Jordan, Kobe Bryant, Scottie Pippen o Shaquille O’Neal, que mandó a Phil Jackson al Olimpo y que resucitó a los Chicago Bulls y a Los Angeles Lakers. ¿Eso no te convierte en el mejor de la historia?

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