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Historia, Tendencias

Antigua Guatemala, la ciudad que ha resistido mil desdichas

Declarada Patrimonio Universal, es una de las ciudades coloniales más bellas de Latinoamérica

Saqueos, terremotos, pobreza, epidemias y abandono. Y a pesar de todo, ahí está Antigua Guatemala. Más viva y colorida que nunca.

Capital de la Capitanía General de Guatemala desde la fundación de la propia ciudad en 1541 hasta 1776, Antigua Guatemala es un regalo para los sentidos. Suelos empedrados, fachadas de tonos pastel, calles rectilíneas y plazas verdes, llenas de jaleo, música y gente con una sonrisa. Pero no siempre ha sido así: durante un siglo y medio esta pequeña urbe fue olvidada y prácticamente sepultada.

La ciudad tiene influencias renacentistas, moriscas y barrocas y hoy es uno de los principales atractivos turísticos de Guatemala junto a las ruinas mayas”

Inaugurada en 1541 a los pies del volcán de Agua con un diseño urbanístico totalmente europeo, sus manzanas dibujan una cuadrícula perfecta, con calles anchas en torno a la plaza central, todo acorde al estilo renacentista de la época. Un fuerte terremoto tiró la ciudad abajo en 1717 y su aspecto cambió por completo porque el encargado de reconstruirla fue el arquitecto barroco Diego de Porres. “¿Y si viene un nuevo terremoto?”, pensó el arquitecto. Lo que hizo entonces fue construir casas con muros anchísimos -los hay de hasta un metro- y con una única altura, “chaparritas”, como dicen allí.

Pero poco quedó tras una nueva ola de terremotos de 1773, el año clave en la historia de la ciudad. La Corona Española ordenó abandonar Antigua y construir una nueva ciudad, Nueva Guatemala, la actual capital. Cuentan los guatemaltecos que en ese traslado se llevaron hasta las puertas de las casas. “Se veía Antigua como un almacén a partir del cual construir un nuevo emplazamiento. No quedó prácticamente nada”, cuenta a El Independiente Emilio Faillace, experto en ecoturismo y guía en el país centroamericano.

“Los habitantes fueron forzados a saquear su propia ciudad”, añade. Antigua quedó hecha un esqueleto y una ruina. Los pocos miles que decidieron no irse se quedaron sin comida, sin comercio, prácticamente abandonados a su suerte. Con epidemias de enfermedades y pobreza. Cuenta la leyenda que se alimentaron durante años de aguacates y hierbas. Y todavía hoy a los antigüeños se les conoce como “panzas verdes”.

La luz vuelve a la ciudad a mediados del siglo XX

Tras un siglo y medio de oscuridad, la vida regresa a la ciudad a finales de la década de 1920 con un nombre, el de Wilson Popenoe, uno de los cabecillas de la United Fruit Company. Popenoe se enamora de Antigua y él y sus amigos empiezan a comprar propiedades y deciden establecer unas normas para la restauración de edificios. La principal regla: respetar la historia. Así es como nace lo que hoy es el Consejo Nacional para la Protección de Antigua Guatemala, un paso vital para que la ciudad recibiera en 1979 el reconocimiento de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

Cartilla de los colores aprobados

Cartilla de los colores aprobados

Entre las leyes que marca este Consejo Nacional hay una curiosa: los colores de las fachadas están regulados. Si uno quiere darle un lavado de cara a su casa, sólo puede elegir entre diez tonalidades. Muchos conocen ya esos colores tan característicos como “rojo antigua” o “amarillo antigua”. Además, este Consejo regula cualquier obra que se realiza en la zona antigua de la ciudad.

Gracias a la creación de este Consejo, la ciudad de Antigua está actualmente conservada como en su época colonial. La mayoría de las casas tienen un patio interior al estilo andaluz y con mucha sombra para resguardarse del sol y del calor. Lo único que ha cambiado son los colores: hasta que no llegó Popenoe en la década de 1930, todas las fachadas eran blancas. Pero ahora nadie puede imaginarse una Antigua sin esos tonos pastel. Lo que hace cien años era casi un cementerio de edificios derruidos y gente viviendo sin techo es hoy una de las ciudades coloniales más bonitas de América Latina.

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