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Una mañana en el quiosco de Manolo y Mariví: "Solo da para subsistir, llevamos 30 años sin irnos de vacaciones"

Manolo Barrasa, delante de su kiosko en la Plaza de Santa Bárbara de Madrid

Manolo Barrasa, delante de su kiosko en la Plaza de Santa Bárbara de Madrid Ignacio Encabo

Imagínese un trabajo en el que hay que acudir al puesto 362 días al año. Además, el despertador suena cuando todavía no ha salido el sol y no espere volver a casa a la hora comer. Que hay una ola de calor, pues agua y un ventilador. Que hay una ola de frío, abrigos y bebidas calientes. Que hay una pandemia, una mascarilla y a trabajar.

Mariví Montoya y Manolo Barrasa, mujer y marido, llevan décadas al frente del quiosco de prensa de la Plaza de Santa Bárbara de Madrid y las han visto de todos los colores. Pero jamás se imaginaban que iban a vivir una pandemia como la del coronavirus. Y si el negocio llevaba años herido de muerte, estas últimas semanas están siendo especialmente duras.

«Yo nací prácticamente en este quiosco, que era de mis padres desde hace más de 60 años», cuenta a El Independiente Mariví, de 67 años, minutos antes de llenar una bolsa de periódicos para «hacer la ronda» por el barrio. «La gente con esto del coronavirus tiene miedo de salir, pero nosotros les dijimos que no se preocuparan, que les serviríamos la prensa a casa. Son clientes de toda la vida», añade Manolo, seis años mayor que su mujer.

Mariví y Manolo se sienten queridos por la gente del barrio y aseguran que la gente valora mucho el esfuerzo que hacen durante la pandemia. «El periodismo tiene una labor esencial en situaciones así», coincide el matrimonio, testigos directos de la transformación de la Plaza de Santa Bárbara. Hace menos de un año echó el cierre la mítica Cafetería Santander, justo enfrente de su quiosco. «Ese local se llamaba antes La Mezquita», recuerda Mariví.

El Pueblo, El Madrid, El Alcázar…

Manolo también se acuerda de los años de bonanza. «Aquí llegaba tal cantidad de periódicos que teníamos que poner parte del material en el tejado. Aquí vendíamos 900 ejemplares de El Pueblo, el Madrid, El Alcázar, El Informaciones… Cuando salió El País yo vendía 1.200 ejemplares al día», señala. Ahora en un día bueno hace una caja de 300 euros. «Antes vendías 3.000 periódicos y ahora 200 y para de contar. Antes te venían 800 revistas del Hola a la semana y ahora te llegan 50», añade. Y Mariví asiente: «Y con el coronavirus ha ido a pero. Si antes de la pandemia venían 14 cabeceras de periódicos regionales, ahora vienen seis u ocho».

Manolo, no lo oculta, no lee El Independiente. Dice que no tiene ni Internet contratado en su casa de Tres Cantos, en la que se levanta a diario de madrugada para poder abrir temprano. No le gustan los digitales y cree que ahí, con el ascenso de la web hace 20 años, se empezaron a diluir sus ganancias.

Pero también está enfadado con la gente joven y sus pocas ganas de leer. «Los jóvenes de ahora no leen ni un tebeo. Antes leían revistas y cómics para reírte un poco. Ahora no leen nada», explica un poco enfadado.

Un futuro negro: «Hay que aguantar»

Mariví y Manolo son plenamente conscientes de que el consumo del periódico de papel, «el manual», como ellos lo llaman, no va a repuntar. Pero no les queda otra que resistir. «Con esto sacas para comer y para pagar. Para subsistir y se acabó. Prueba tienes en que llevamos 30 años sin irnos de vacaciones», cuenta Manolo.

«Por suerte no somos gente de muchos caprichos y nos conformamos con esto», agrega Mariví. «A mí me da mucha pena que esto desaparezca. Y el día que desaparezcamos, la gente lo va a notar mucho».

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