Historia

Hiroshima, el pacto de silencio

Estados Unidos aún no ha pedido perdón por lanzar la bomba y Japón oculta, bajo una visión emotiva, su pasado imperialista

imagen del libro Hirosima Sol Silencio Olvido de Ana Arias y Fernando Palmero

Carmen Vivas

«Recuerdo el día de la bomba claramente y, aún ahora, no me puedo creer que hubiera podido ocurrir en el mundo real. Pero lo peor es que los japoneses lo han olvidado. Los japoneses no hablan de esto de manera abierta. Nuestros políticos, en particular, se callan por temor a los Estados Unidos… Las muertes en Hiroshima y Nagasaki, oficialmente publicadas, totalizaron 230.000 víctimas; pero el hecho es que hubo más de medio millón de muertos… la bomba atómica está, aún, matando japoneses». En Conversaciones con Akira Kurosawa, el cineasta japonés, que acababa de filmar Rapsodia en agosto, confesaba sus sentimientos al escritor colombiano Gabriel García Márquez en octubre de 1990. Habían transcurrido 45 años desde que Estados Unidos lanzara la bomba atómica sobre la ciudad japonesa.

Hoy han pasado ya 76 años y el pacto de silencio sobre las causas del Pika Don, aquella explosión acompañada de un resplandor mortal, sigue vigente. En Hiroshima. Sol. Silencio. Olvido (editorial Confluencias), los periodistas Ana Arias y Fernando Palmero reflexionan sobre qué llevó realmente a Estados Unidos a perpetrar un acto de aniquilación sobre la población de esta ciudad japonesa, y posteriormente de Nagasaki. También apuntan las razones por las que Japón optó por limitarse a recordar el drama humano de las víctimas inmediatas de la explosión sin ahondar más allá. El sentimentalismo y las apelaciones a la paz mundial ocultan un pasado lleno de sombras.

Estados Unidos, que ya había dado muestras de que consideraba a los japoneses «una raza inhumana», ya que había aislado en campos de internamiento a la población de este origen en el país, no perdonaba el ataque contra la base naval de Pearl Harbor, donde murieron 2.400 estadounidenses el 7 de diciembre de 1941. Subyacía la idea de que cualquier castigo estaba justificado.

Pero incluso el general Dwight D. Eisenhower declaró a la revista Time en los años sesenta que los japoneses ya estaban dispuestos a rendirse y que aquel horror había sido innecesario. «El uso de este arma de bárbaros en Hiroshima y Nagasaki no fue de ninguna ayuda material en nuestra guerra contra Japón… al ser los primeros en usar [la bomba atómica] adoptamos el criterio ético propio de los bárbaros de la Edad Oscura», escribió en sus memorias el almirante William D. Lehay, jefe del Estado Mayor con Roosevelt y Truman.

Pero Estados Unidos quería dejar claro a la Unión Soviética, aliada hasta Potsdam, que no iba a permitir que Japón cayera bajo la órbita soviética. Japón iba a ser dominado por Estados Unidos. A su vez, con la bomba atómica dejaba claro hasta dónde podía llegar en caso de ataque. Mostró músculo militar y científico.

Diferencia con Alemania

La bomba representaba un avance científico y en Hiroshima y Nagasaki pudieron comprobar sus efectos. A pesar del daño causado, Estados Unidos no ha pedido perdón a Japón. Solo el presidente Barack Obama realizó una ofrenda por las víctimas en Hiroshima.

«A diferencia de lo que ocurrió en Alemania ni Estados Unidos ni Japón han pedido perdón por las atrocidades cometidas en la guerra. Japón no aplicó una Solución Final, pero sí que cometió genocidios en el Sudeste Asiático. En China murieron 19 millones de personas con técnicas de aniquilación y una filosofía racista potente. Y EEUU inicia la guerra contra Japón con odio racial hacia los japoneses. El único presidente que ha ido a Hiroshima es Obama y se limitó a repetir los argumentos ya conocidos desde los años 40: la bomba salvó más vidas que las que destruyó», explica Fernando Palmero, coautor de este relato sobre Hiroshima.

Hay un pacto de silencio motivado por la nueva coyuntura: ya había comenzado la Guerra Fría. Así EEUU y Japón acordaron no mirar atrás»

fernando palmero, coautor de ‘hiroshima’

«Hay un pacto de silencio que se hace desde la ocupación estadounidense de Japón, motivado por la nueva coyuntura porque la Guerra Fría ya había empezado. Las necesidades geoestratégicas motivaron que EEUU y Japón acordaran no mirar atrás. Incluso ahora en el Museo de la Paz de Hiroshima o en los libros de texto se aborda este tema de forma abierta, entre otras cuestiones, porque el partido que gobierna Japón, el PLD, nacionalista, contenta a los más radicales», añade Palmero. Japón se sigue rigiendo por la Constitución impuesta por el general Douglas MacArthur. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, son sólidos aliados.

Ese Museo de la Paz de Hiroshima que visitaron los autores de Hiroshima no es Auschwitz. En Auschwitz no solo hay drama humano. Deja claras las causas y consecuencias de lo que ocurrió. Hay historia y hay contexto en Auschwitz.

Una nueva mirada

Ana Arias y Fernando Palmero abogan por una nueva forma de contar Hiroshima. Creen en una nueva mirada a la luz de los estudios de la memoria y una ampliación del concepto de genocidio que vaya más allá del concepto que fija la ONU. «Un genocidio supone la aniquilación de una raza, una cultura, de una forma de ver el mundo. El concepto jurídico es muy limitado. Hay que lanzar una nueva mirada sobre atrocidades como Hiroshima», señala Palmero.

Para saber qué ocurrió y cómo el ser humano fue capaz de semejante barbarie bucean en la literatura de la mano de Kenzaburo Oé (Cuadernos de Hiroshima) y de Ian Buruma (El precio de la culpa), de la historia, El holocausto asiático de Laurence Reese, y del cine (Lluvia negra) de Shohei Imamura, basada en la obra de Masuji Ibuse.

Tal y como se explica lo que pasó en Hiroshima parece como si la devastación hubiera sido consecuencia de un desastre natural. De hecho, los hibakushas, quienes sobrevivieron a los efectos inmediatos de la bomba son «personas afectadas por una explosión». Hubo un bloqueo informativo sobre ellos. Los supervivientes se convirtieron en apestados, porque eran testigos incómodos. EEUU aceptó a los muertos de ese día 6 de agosto de 1945, pero no a quienes sufrieron consecuencias como quienes padecieron leucemia años después. Japón lo aceptó hasta que acabó la ocupación.

Estados Unidos lo impuso, pero también sirvió «para que el imperio japonés, del que ya solo quedó su emblemática figura, el indultado emperador Hirohito, camuflara lo que no fue sino un inapelable desastre militar», puede leerse en el ensayo de Arias y Palmero. Era la ciencia la vencedora. Y el relato de Japón se refuerza con la idea de que fueron solo unos pocos militares los culpables y por supuesto el emperador queda aparte de cualquier cuestionamiento.

Los japoneses optan por un discurso pacifista y antimilitarista sin profundizar en cómo se ha llegado hasta ahí… como si la bomba hubiera caído de la nada»

ana arias, coautora de ‘hiroshima’

De alguna manera, Japón aceptó que se olvidara su papel como víctima de semejante atrocidad para que no se recordara cómo perpetró las matanzas de Nanking, en China. «A Alemania se le obligó a reconocer su culpabilidad. Los alemanes tienen ese sentimiento de vergüenza y de conciencia. Pero los japoneses optan por un discurso pacifista y antimilitarista sin profundizar en cómo se ha llegado hasta ahí. Es como si la bomba hubiera caído de la nada y por qué se llegó a esa situación», apunta Ana Arias.

En el cine, al que dedican un capítulo en el libro, Ana Arias destaca cómo los estadounidenses difunden la propaganda antijaponesa o bien elogian el hallazgo científico, el Proyecto Manhattan. Pero en Japón también evitaron las alusiones al periodo feudal, al emperador, y optan por el lenguaje cinematográfico japonés con argumentos americanos. Kurosawa en Rapsodia en agosto reflexiona sobre cómo los jóvenes ignoran lo que ocurrió. Destaca especialmente Lluvia negra, una película en la que se retrata cómo Japón olvidó a los supervivientes.

Como lectura más allá de Japón, Palmero destaca cómo «la memoria debe ser abordada, no desde un punto de vista revanchista, ni para exigir responsabilidades penales, sino para saber lo que ocurrió. Es un debate de historiadores, de los hechos, no de políticos. Todo país ha de asumir su pasado para hacer frente a su presente».


Hiroshima. Sol. Silencio. Olvido (editorial Confluencias) se presenta el miércoles 24 de noviembre, a las 19h, en la librería Antonio Machado, Círculo de Bellas Artes, C/Marqués de Casa Riera, 2. Madrid.

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