En El libro de la almohada Shei Shonagon relata cómo lo mejor de pasar una noche con un amante es la carta que envía al día siguiente. Es la evocación del placer lo que da sentido y belleza al momento. De la misma forma, Patricia Almarcegui nos traslada a Japón como un desconocido objeto de deseo, como el lugar donde la belleza se crea desde la perspectiva de la mirada. Cuadernos Perdidos de Japón (editorial Candaya) es un viaje, una experiencia plena de sensaciones, una ilusión enriquecida por las imágenes de una nómada vocacional.

Patricia Almarcegui (Elduayen, 1969) escribe sobre el Japón más tradicional, de los grabados, los tatamis y el shiatsu, y también del Japón contemporáneo, ese contrapunto al Japón de la belleza y lo zen. Es una búsqueda de contrapuntos. Y lo hace siendo consciente de cómo después de la pandemia «hemos de ser más responsables, más éticos, de modo que una narradora no puede ser inocente y ha de saber cómo cuenta lo que cuenta».

El resultado no es un libro, es un viaje a través de las palabras, de los haikus, de las imágenes que la autora había recogido en sus cuadernos perdidos. Es una reflexión sobre la pérdida, también la pérdida de su madre, y el encuentro, un encuentro con la naturaleza y a través de ella con nuestro ser más íntimo.

Ya desde la portada nos adentramos en Japón de una forma singular. La arquitecta Olga Subirós refleja con una carpa que se adentra en un círculo rojo la esencia del viaje, de la autora y de los lectores. «Las carpas representan el imaginario japonés… Las carpas simbolizan la perseverancia y el éxito pues nadan contra corriente y ascienden milagrosas», escribe Almarcegui. La carpa, el coito, la fecundación, era la frase que ilustraba la portada en los bocetos de Subirós.

«He buscado la manera de representar Japón y de hacerlo a través de lo que había escrito en mis diarios. Trato de aproximar Japón al lector. Por ejemplo, con la visita a la lonja de pescado de Tokio. Sin opinión ni valoración. Son acciones e imágenes», explica la autora que cuenta con una dilatada trayectoria como escritora de viajes. Es autora de Escuchar Irán, Una viajera por Asia Central y Los mitos del viaje.

«Es un libro muy sensitivo. Siento así Japón. Lo he vivido así. Es importante devolver sensaciones a través de los cinco sentidos. Los japoneses escriben a partir de los sentidos. Escribo cómo sienten el mundo en la punta de los dedos. Interpretan el mundo así. Me limité a contar acciones», cuenta. Esa vocación por lo sensorial también se traduce en una concepción más natural y cercana del erotismo. «Japón es una sensibilidad. Las palabras crean sensaciones».

«Las imágenes me importan mucho». Evoca la imagen de su madre, enferma y con dos piernas amputadas, haciendo una corona en el aire. Porque la memoria del cuerpo es lo último que se pierde.

O ese paseo por el jardín de los cerezos junto a la estación de Oji en el distrito de Kita. «Llueven pétalos, ya no están en su apogeo pero el viento cubre de nieve y manchas blancas titubeantes todo. Los niños están exaltados, al igual que su padres por el alcohol, como si fuera el final de una fiesta: la floración».

La relación con la naturaleza

Hay un amor a la naturaleza extraordinario en la cultura japonesa. «Hay otra percepción porque si no fuera así, no se molestarían en manipular tanto la naturaleza para producir un placer estético. Lo ves en cómo reponen el musgo, cómo podan los árboles. El bosque está transformado por el ser humano. Hay una voluntad en que lo percibas así. Eso crea una belleza, una languidez… Y es así porque miran de otra forma… La flor me ve a mí, como yo a ella. Los dos nos miramos. Es una relación con la naturaleza», comenta la viajera.

Los japoneses son sintoístas, adoran las fuerzas de la naturaleza. También son budistas.

Y escribe en la obra: «El acierto de Japón es encontrar la belleza en lo corriente y normal». Esa experiencia transforma la mirada de la viajera al volver a Menorca, donde vive.

En el Japón actual hay una gran preocupación también por el cambio climático. La tragedia de Fukushima, en marzo de 2011, cuando un terremoto de 9 grados y el posterior tsunami provocó una avería en la central nuclear, ha marcado especialmente a las nuevas generaciones. Por efecto del tsunami se produjo el mayor accidente nuclear desde la central ucraniana de Chernobil, en 1986. Como consecuencia del terremoto y el tsunami en Japón murieron o desaparecieron unas 18.500 personas y más de 160.000 tuvieron que abandonar sus hogares.

Sabemos gracias a los Cuadernos cómo Kioto se salvó de la bomba porque el secretario de guerra Henry Stimson conocía su riqueza histórica y cultural.

Un país fácil para las viajeras

Japón es un país que está culturalmente en nuestras antípodas. Ejerce un gran poder de atracción, si bien son muchos los lugares comunes. Esa intriga por las geishas, mujeres educadas en el arte y el placer, o ese interés por hacernos la foto en Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades arrasadas por la bomba atómica en la Segunda Guerra Mundial. Somos como esos turistas obesos que se toman una cerveza allí donde solo hubo muerte y destrucción.

¿De dónde viene ese interés por Japón? «Tenemos más relación con Japón por el anime, manga, el cine de lo que parece. A través de la industria del entretenimiento, que es una de las más potentes del mundo. Cultivé un gran amor por la literatura y el cine japonés. Fui viajando hacia Oriente y luego pasé a Extremo Oriente», dice la autora de Cuadernos perdidos de Japón

A pesar del idioma y de la cultura tan diferente a la nuestra, Japón es un país muy fácil para viajar. Es lo que sedujo a Patricia Almarcegui, que evoca dos viajes diferentes en el libro: el primero lo hizo sola en 2009 y el segundo con su pareja en 2018.

«Quería viajar con libertad. Es un país fascinante en el que se puede viajar segura. Puedes salir por la noche a las tres de la mañana en Tokio. Cuando vuelves, luego tienes que escuchar cómo te plantean si no has tenido miedo dos meses sola en Japón», apunta Almarcegui, que entronca con la tradición de viajeras como Annemarie Schwarzenbach.

Como en otras de sus obras, la viajera reivindica el viaje en soledad. Y el viaje de las mujeres. De ahí que rinda homenaje a Maria Menegazzo y Marí José Coni, dos turistas argentinas asesinadas en Montañita, Ecuador, el 22 de febrero de 2016. Reproduce la carta de Guadalupe Acosta, estudiante de periodismo en Paraguay en la que pide «pelear» para que termine ese «porque te lo buscaste», dirigido a todas las que se atreven a viajar solas. «Estar expuesta a que un hombre te haga algo es agotador», añade Almarcegui.

El Japón de los Juegos Olímpicos

Japón ha invertido mucho en los Juegos Olímpicos y no van a ser como habían soñado. Habían soñado con un gran impulso económico y lo necesitaban, dado su gran nivel de endeudamiento. Ya fue sede de otros Juegos en 1964.

Sin duda, habrá quienes tras la pandemia querrán ir a destinos como Japón. Quién sabe si no habrá más confinamientos. Ya no es un referente distópico. Y los Juegos Olímpicos servirán para que todo el mundo mire a Japón. Muchos, en televisión, y como deseo.

Hay una cita en el libro que alude a ese «deseo de Japón». Es de un texto de Julio Baquero y José Pazó en Revista de Occidente. «En cierto modo Japón no existe: es un mundo de ensueño en el que nos refugiamos cuando queremos huir del nuestro. A esa irrealidad podemos llamarla deseo de Japón. Deseo de una vida más ligera y a la vez más profunda, una vida sin esencias, salvo la esencia de no tenerlas, una vida en la que solo hay procesos y disgregación, una vida descentrada, desequilibrada, diferente, una vida sin deseo».

Y de nuevo volvamos a plantearnos si viajaremos de forma diferente a como lo hacíamos antes de la pandemia del coronavirus. «El viaje no ha muerto. Se puede buscar una manera para contar el viaje. Intento reflejar cómo es Japón con sus contradicciones. Es un destino lejano y una cultura desconocida. Ojalá los Cuadernos den ganas de viajar a Japón».

Pero Almarcegui sueña con que volvamos a viajar, sí, pero de otra manera. «Espero que busquemos dónde vamos, que nos interese qué pasa con el dinero que gastamos en el viaje… En España la dependencia del sector servicios no ha cambiado. El turismo seguirá igual. Me temo».

Sin embargo, habrá quienes contemplen lo más cercano con otros ojos. «Cuando viajas aprehendes el mundo, y luego ves lo tuyo con otros ojos. Con los ojos del viaje».