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De "conexión con el diablo" a "música de segunda", a Europa le cuesta asumir el 'reggaeton'

Bad Bunny en concierto

Bad Bunny en concierto

Ritmos caribeños que se unen con letras pegadizas y un beat difícil de no bailar. Así es el reggaeton, un estilo musical que lleva cavando su hueco en la música durante años y que ahora, en plena época reggaetonera, donde nadie puede dejar de escucharlo, son el resto de artistas los que desean su extinción.

Fue una tarde de domingo, 21 de noviembre, en el programa A mi yo adolescente -espacio que muestra la visión general de los adolescentes de hoy sobre temas universales-, emitido por La 2, cuando el pianista británico-español, James Rhodes, en plena batalla cultural por los gustos musicales, se puso en el bando de Beethoven tirando piedras sobre el tejado de la casa del reggaeton, bajo la atenta mirada de un grupo de jóvenes adolescentes que quedaban boquiabiertos con sus palabras.

«Explicadme, por favor, lo del reggaeton y Bad Bunny. Os juro que no estoy diciendo que sea una mierda, pero no entiendo su popularidad» pidiendo opinión a la juventud en la charla organizada por BBVA. Todo empezaba por una comparación entre Bach, Chopin y Beethoven con Bad Bunny: «¿Vamos a escucharlo dentro de 200 y 300 años? Pues no, ni de coña». El pianista pretendía lanzar un alegato en defensa de la música clásica, vista por la sociedad como «pija y aburrida», y aunque admitió que Sabina, Serrat o Robe Iniesta le ponen la piel de gallina, al igual que «ni de coña» quita mérito a Rosalía o Leiva, insiste en su pensamiento de creer que en el caso de reggaeton es distinto.

Para Miguel Ángel Builes, eclesiástico y escritor colombiano, en los años 50 cualquier ritmo latino que incitase al baile era sinónimo de conexión directa con el diablo. Lejos queda de las criticadas letras machistas sobre repetitivas bases musicales que, según los críticos, hacen apología de la violencia directa hacia las mujeres. Otros, lo consideran como un alarde latino por encima de cualquier muro. Todo cambia según la perspectiva, pero también según el lado del planeta en el que se plantee, y ahí radica otra de las declaraciones más criticadas de James Rhodes, el eurocentrismo.

El problema del reggaeton es que todos los ritmos latinos que se le asemejan se encasillan en esa palabra, como una etiqueta comercial. En ella, se unen artistas de distinta procedencia y diferentes estilos que se han entrecruzado en una ‘radiofórmula’.

Hace años, en España era impensable que el reggaeton sonara hasta en los anuncios de televisión, formando parte incluso de nuestra propia cultura. La cumbia, la bachata, el dancehall, el afrobeat o el trap llevan décadas predominando en los países latinoamericanos y en el Caribe, pero solo ha alcanzado el debate académico al irrumpir en Europa.

“Ni ‘ragatón’, ni ‘regetón’, esto es una escuela de música clásica y aquí no sabemos nada de esa música”. Así es como me contestaba la persona encargada del teléfono del Real Conservatorio de Música de Madrid al pedirle que me pusiera en contacto con un profesor para que me ofreciese una visión sobre las opiniones de James Rhodes sobre el reggaeton. Ella al contestarme, sin saberlo, ya estaba vislumbrando la falta de información en todo lo que se sale de las fronteras de la música clásica. Pero no solo ha habido roces con los clásicos, el género urbano ha sido siempre una cuesta arriba inalcanzable, un camino lleno de trampas que han tenido que superar, dándose codazos incluso con sus ahora amigos del pop, hasta llegar a un 23 de septiembre de 2021 para convertir al máximo exponente, Daddy Yankee, en el primer artista urbano de la historia en recoger un premio Billboard, aunque no quita mérito al Grammy Latino que se le concedió a Bad Bunny en marzo, proclamándose como el segundo disco de reggaeton en llevarse un galardón de tal calibre, 12 años después de Wisin y Yandel por Los Extraterrestres. Y si no puedes con el enemigo, únete a él, y así es como, primero David Bisbal, después Alejandro Sanz con su Tortura, y tras ellos multitud de personajes hasta llegar a C. Tangana o la encantadora Rosalía encajaron sus ideas en los pegajosos ritmos latinos.

Tanto estos artistas como cantautores o raperos, se han adherido a este estilo porque es más fácil sumar reproducciones, vender copias y sonar en conciertos y locales de fiesta. Por esa misma razón también hay críticos y músicos profesionales que ponen en duda que la música debe conformase con estas fugaces ambiciones.

Pero el reggaeton es sólo música para bailar en una discoteca y sus artistas son incultos y machistas, ¿verdad? Error. Como en casi todo, hay cantantes de variable calidad y talento, visibilizando, incluso, sus aspiraciones políticas. El verano de 2019 Puerto Rico -cumbre del reggaeton- presenció una serie de revueltas relacionadas con el conocido Telegramgate, unas filtraciones de un servicio de mensajería -Telegram- que provocaron la dimisión de Ricardo Rosselló de ‘La Fortaleza’. La isla se paralizó, y cantantes como Bad Bunny, Ricky Martin o Residente (Calle 13) participaron en una huelga monstruosa con pancartas en contra de la corrupción, denominando la situación como “perreo combativo”: «Si el pueblo entero quiere que te vayas, caradura, y tú te quedas, entonces estamos en dictadura», cantaba Residente.

El reggaeton no se puede comparar con la música clásica. Pero tampoco es la intención. James Rhodes coloca a Beethoven y Bach en un público heterogéneo, quitándoles de ese halo de élite y profesionalidad. Esto es precisamente lo que la música latina ha logrado en los últimos años en Occidente, aunque el gran desafío sigue siendo enfrentarse al pasado y presente de sus mensajes denigrantes hacia la mujer.

Me parece antinatural que todos vayamos como borregos a bailar la misma cosa. Hay una globalización de la tontería»

ENRIQUE BUNBURY

No hay duda de que el género se ha adaptado a los cambios sociales, y sus letras machistas ya no pasan desapercibidas. Ahora hay muchas más mujeres reggaetoneras que antes, y los hombres ya no necesitan ultrajar a la mujer para llevar sus canciones a las listas de éxitos. Bad Bunny declaró en una entrevista para El País, que él cuando compone las canciones, las escribe pensando en cómo se lo diría a un amigo, “pude haber dicho ‘todas las veces que hicimos el amor’, pero no es honesto. Yo, si le cuento a un pana amigo mío que extraño a una chica, le digo: ‘Diablos, otra vez me acordé de cuando se lo metí en el parking de allí…’. Así se expresan muchas personas de mi nación. El sexo juega aquí el mismo rol que en cualquier otro género. El bolero siempre estaba dedicado a una mujer y decía, de una forma linda, que se lo quería meter. Y la salsa, el merengue, la bachata…”

Es evidente que este género musical sigue despertando polémica y opiniones contradictorias en artistas que ven que el estilo va ganando terreno en la música. No solo Rhodes está en contra, artistas como Aleks Syntek o Enrique Bunbury le declararon la guerra al reggaeton.

Qué tiene el reggaeton que no tengan los demás

Cruzando el charco, alrededor de aquellos prestigiosos años 90, los adolescentes de los barrios pobres -muy pobres- de Puerto Rico y Panamá, fieles oyentes del reggae jamaicano y del hip hop, decidieron crear música propia igual de buena, pero más bailable. Adolescentes sin futuro ni dinero que aprecian la música de manera diferente y que buscan sonidos potentes y hedonistas que les hagan olvidarse de la dura semana de trabajo, como en el caso de Bad Bunny que empezó trabajando como reponedor en un supermercado de su localidad, San Juan.

Dijeron que ‘la Gasolina’ duraría dos veranos

Cuando estos niños crearon el género usaban el lenguaje común, español callejero del Caribe, inteligible en la otra mitad del mundo. Y entonces llegó Gasolina, una canción que arrasó el planeta y que los expertos aseguraban que era una simple moda que duraría dos veranos y que 17 veranos después sigue siendo el alma del género urbano.

El reggaeton no solo une ritmos y mezclas pegadizas, habla de la vida con un lenguaje tan coloquial que parece que te lo está contando a ti mismo, crea ambiente festivo y cordial, describe a la mujer libre, o como dice Bad Gyal, “se la anima a que se comporte como quiera” y la introduce en la aceptación de la sociedad.

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