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Pepín Bello, la piedra angular de la Generación del 27 que ni pintaba ni escribía

De izquierda a derecha, Louis Eaton-Daniel, Juan Centeno, Federico García Lorca, Emilio Prados y José (Pepín) Bello en una habitación de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1924.

De izquierda a derecha, Louis Eaton-Daniel, Juan Centeno, Federico García Lorca, Emilio Prados y José (Pepín) Bello en una habitación de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1924.

«Quizá mi único mérito sea el de haber sido el que ensambló o trabó la Generación del 27, creo que conseguí unirlos». Ajeno al protagonismo, aunque desde el pedestal al que le aupó la sabiduría y la cultura de la que se empapó desde la infancia, José Bello Lasierra, ‘Pepín’ (1904-2008), pronunció este humilde discurso a los 100 años, cuando era homenajeado por la Residencia de Estudiantes con motivo de su centenario. Su obra apenas cuenta con algunos dibujos y dos dramatizaciones teatrales, una con Alberti y otra con Buñuel, una de las cuales se perdió y la otra se conserva en una antología; sin embargo, su importancia radica en lo no tangible, en lo que ni se escribe, ni se pinta.

Pepín ejerció de anfitrión en la famosa Residencia de Estudiantes que alumbró a la cuadrilla más brillante de la literatura española, ya que entró en ella a los 11 años en la sección infantil. El último miembro de la Generación del 27 en morir, fue también quién más tiempo pasó en la Residencia. Vio llegar a los Lorca, Buñuel y Dalí, con los que fraguó un vínculo que sólo la muerte pudo quebrar. «Buñuel se inscribió en 1918; desde entonces fuimos muy buenos amigos, y siempre disfruté mucho a su lado. A Federico lo conocí el año 1919, cuando él también se convirtió en residente. Desde el primer momento, Lorca dio muestras de su optimismo. Era el hombre espectáculo; no cabía otra persona más entretenida, más ingeniosa, natural, simpática y más mentirosa. No paraba de inventar cosas, estaba manando continuamente. De él se ha dicho que tenía un poder mágico. Y es verdad» comentó en una entrevista, ya con 102 años, el propio Bello.

El artista «que no hacía nada», falleció tal día como hoy hace 14 años. Las crónicas del día de su muerte apuntaban que «Bello estuvo siempre a la sombra del éxito de sus amistades, y pese a carecer de obra escrita y pictórica, no perdió por ello su influjo y su magnetismo, de tal forma que Buñuel le definía como ‘nada más’ que su ‘amigo inseparable’ «. La conexión con su gran amigo Federico García Lorca permitió que Pepín abriese sus puertas al poeta granadino. Pese a la cotidianidad que envuelve la situación, se trataba de algo excepcional. «Siempre he vivido solo. De estar solo no me canso nunca. Ya en los tiempos de la Residencia siempre escogía habitación individual. Pero hubo un par de ocasiones en que Federico se retrasó en el papeleo y se quedó sin habitación. Don Alberto, el director, me llamó para decirme si no me importaba compartirla con él. No me gustaba la idea, pero tratándose de Federico. Éramos muy amigos, así que no había problemas» señaló Pepín en 2006.

«Aleccionador de los surrealistas españoles»

«La obra» de Pepín se basa en alimentar sus lazos cordiales con los escritores y artistas de la Generación del 27 y en incentivar con sus ideas y ocurrencias las mentes de estos genios. Según recoge la Real Academia de la Historia, ya en 1929, J. R. Masoliver caracterizó a Bello como «el aleccionador de los surrealistas españoles». De hecho, Buñuel le atribuye el concepto-imagen del carnuzo (burro podrido) utilizada para representar a cualquier espíritu aburguesado y convencional, que luego se materializó en una escena de la película Un perro andaluz (1929), o se transformó en el “putrefacto” en la obra vanguardista y temprana de Dalí.

Asimismo, Pepín engendró términos como el de ruismo (tendencia a ir por las calles), según testimonia Alberti, y los anaglifos, un tipo de poemitas cómicos y absurdos que constaban de tres sustantivos, de los cuales el del medio debía ser siempre la gallina, y que prendieron como una fiebre entre los residentes. El legado de Bello se encuadra en una de las etapas más brillantes de la cultura española. Entre sus condecoraciones, destacan las de presidente de honor de la Asociación de Amigos de la Residencia de Estudiantes, la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio (2001), la Medalla al Mérito de las Bellas Artes (2004) o el Premio Aragón (2004).

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