Principios de los años 60. Al borde de una bahía prácticamente virgen, de las que combina la arena blanca con un agua casi imperceptible para el ojo humano. Una zona en la que, ya en los albores del siglo XX, comenzaron los escarceos con los complejos turísticos, cuando ir de vacaciones era cosa de un público muy concreto. La costa española se abriría al visitante internacional, aunque antes sería colonizada por la clase media nacional. Ante la necesidad de crear espacios para recibir al turista medio se promocionaron planes de construcción de vivienda que engendraron edificaciones de patrones similares, con la excepción de la Ciudad Blanca (Alcudia, Baleares): capaz de cumplir con las exigencias del 'Proyecto de Ordenación Parcial' y de contar con aquello que se debatía entre la crítica culta arquitectónica europea. La Ciudad Blanca de Alcudia rehúye de ser la clásica víctima de una arquitectura ejecutada casi por defecto durante la explosión del turismo.

Un terreno rural, pantanoso en 1961, pasa a convertirse en 1963 en un espacio urbano donde la clase media vacaciona. La obra del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oíza, con la colaboración de su entonces alumno Juan Daniel Fullaondo, dio vida a 100 apartamentos (divididos en 25 módulos) que se convirtieron en "tumbonas al sol" tal y como apuntó Oíza en la revista de arquitectura balear Davant la mar. De aquel pantanoso lugar se pasa a un compendio de bloques repletos de balcones al mar gracias a las claves arquitectónicas de Ciudad Blanca.

Ciudad Blanca, Alcudia (Mallorca)

Ciudad Blanca, Alcudia (Mallorca) | © José Hevia / Fundación Docomomo Ibérico

La construcción de Ciudad Blanca contaba con una premisa fundamental, la de relacionar las viviendas con el exterior, de ahí que todas sean apartamentos-terraza, en las que no se concibe uno sin el otro. Tal y como señalan Rosa María Añón Abajas y María Salud Torres Dorado, investigadoras del departamento de proyectos arquitectónicos de la Universidad de Sevilla, en Ciudad Blanca en bahía de Alcudia. Una obra con sentido pedagógico del profesor Francisco Javier Sáenz de Oíza, cabe destacar la mano del arquitecto para prestar atención al mismo tiempo al paisaje y a la persona; "a la exterioridad y a la interioridad de la obra, desarrollando una empatía entre el lugar y el momento, que generó un mestizaje interesante entre nuevos conceptos de agrupación".

Detrás de este concepto innovador, pero que tampoco renunciaba a lo tradicional, estaba Juan Huarte, uno de los 'capos' del Grupo Huarte, compañía responsable de algunos de los proyectos turísticos más icónicos y exitosos de la isla, como el Hotel Formentor o el Hotel de Mar, obra de Cordech. Los métodos empleados tanto en la construcción como en la decoración de Ciudad Blanca siguieron la línea de combinar lo tradicional y lo novedoso. Todos los apartamentos cuentan con orientación hacia la bahía, sureste-norteste, sala de estar, comedor, cocina, baño, uno o dos dormitorios dobles y terraza, todo ello rodeado de jardines, césped con riego y vegetación -principalmente eucalipto- para resguardar la urbanización de los vientos procedentes del norte.