Nos hablan del relevo generacional, de los diez años de La Felisa —el vino que la familia dedicó a su madre y abuela— y de cómo seducir a unos jóvenes que cada vez beben menos vino, con un negocio exterior que ya aporta el 30% de la facturación.
En Bodegas Emilio Moro el apellido no es solo una marca: es una herencia que se lleva en cada etiqueta. Javier Moro Espinosa, presidente de la compañía, y Patricia Sánchez Moro, su directora general, representan dos generaciones de una familia que ha convertido una bodega familiar en una de las firmas de referencia de la Ribera del Duero sin perder su carácter familiar.
En esta conversación con El Independiente hablan de lo que no tocarían nunca y de lo que han tenido que cambiar sin remedio. Pero, sobre todo, hablan de Felisa —Feli, como la llaman en casa—, madre de Javier y abuela de Patricia, a quien la familia dedicó hace ahora diez años La Felisa, un vino ecológico que ella llegó a ver, a disfrutar y a seguir con el celo de quien pregunta cada semana cómo van las ventas.
También repasan los grandes retos del sector: la caída del consumo entre los jóvenes, la competencia de otras bebidas, el cambio climático y los aranceles. Y desvelan el peso de un negocio internacional que supone en torno al 30% de la facturación, con presencia en más de 75 países y una sorpresa inesperada en el mapa: Corea del Sur.
UN APELLIDO EN CADA BOTELLA
¿Qué se siente al llevar el apellido Moro en cada botella?
R.— Ante todo, un orgullo y una enorme responsabilidad. Detrás de ese nombre hay una historia familiar, generaciones de esfuerzo y una forma de entender el vino que ha pasado de padres a hijos. Para nosotros no es solo una cuestión de identidad, sino un compromiso con nuestras raíces, con nuestra tierra y con todas las personas que han contribuido a construir lo que hoy es Bodegas Emilio Moro.
Cada botella representa mucho más que un vino: representa nuestra historia, nuestros valores y la ilusión de seguir creciendo sin perder nuestra esencia. Sentimos el orgullo de llevar el legado de nuestra familia al mundo, pero también la responsabilidad de estar a la altura de quienes nos precedieron y de quienes vendrán después. Porque el apellido no solo está en la etiqueta; está en nuestra manera de hacer las cosas, en el respeto por la tierra y en la pasión con la que entendemos el vino.
¿Cuál es su primer recuerdo en la bodega o en la viña de niños?
Javier Moro.— Mis primeros recuerdos están ligados a la viña, a mi familia y a esa manera de vivir el vino que teníamos en casa. Para nosotros, la bodega nunca fue solamente un negocio: formaba parte de nuestra vida. Crecimos viendo el esfuerzo que había detrás de cada cosecha y aprendiendo que la tierra exige paciencia, respeto y mucho trabajo.
Patricia Sánchez Moro.— En mi caso, recuerdo especialmente esa conexión tan natural con la bodega. Crecer en una familia dedicada al vino hace que lo vivas desde pequeña, casi sin darte cuenta de todo lo que significa. Con el tiempo entiendes que aquellos recuerdos son también el origen de una responsabilidad.

Javier, ¿qué le enseñó su padre, Emilio Moro, que sigue aplicando hoy?
J. M..— Mi padre me enseñó que las cosas importantes se construyen con trabajo, humildad y perseverancia. Que no hay atajos para hacer un buen vino y que nunca debemos olvidar de dónde venimos. Pero, sobre todo, me enseñó que una empresa familiar se construye con personas y valores, no solamente con resultados. Hoy intento mantener esa filosofía: mirar al futuro con ambición, pero sin perder nuestras raíces.
Patricia, ¿cuándo supo que su futuro estaba en la bodega familiar?
P. S. M..— No creo que haya habido un único momento. Cuando creces vinculada a una empresa familiar, la relación con ella evoluciona contigo. Llega un momento en el que dejas de verla solamente como parte de tu historia y empiezas a preguntarte qué puedes aportar tú. Para mí, incorporarme a la bodega significa contribuir a su evolución, aportar una mirada propia y ayudar a que el legado familiar siga creciendo. Creo que nuestra responsabilidad no es únicamente conservar lo que hemos heredado, sino también tener la valentía de transformarlo para que siga teniendo sentido en el futuro.

FAMILIA Y EMPRESA
¿Cómo se reparten el trabajo un presidente y una directora general que, además, son familia?
J. M..— Una parte fundamental de mi labor es representar a Bodegas Emilio Moro por el mundo y trasladar la historia y la identidad de nuestra familia allí donde están nuestros vinos. También participo en los proyectos estratégicos de nuestras dos bodegas, en Ribera del Duero y El Bierzo, y en la definición de nuestros vinos junto al equipo técnico. Desde la presidencia aporto esa visión de continuidad, acompañando la evolución de la compañía y cuidando la esencia que nos ha traído hasta aquí.
P. S. M..— Desde la dirección general me encargo de coordinar la estrategia de la compañía y dar seguimiento a su ejecución, trabajando con los distintos equipos para que los objetivos se traduzcan en decisiones, proyectos y resultados. Eso implica establecer prioridades, gestionar los recursos y asegurar que todas las áreas avancen en una misma dirección. Trabajamos juntos en muchas cuestiones, pero cada uno tiene unas responsabilidades claras. Compartir una historia familiar nos une en la forma de entender la bodega y su futuro. Desde ahí, cada uno aporta su experiencia y su visión, con funciones bien definidas, apoyándonos en las decisiones que tomamos.
¿Discuten de trabajo en las comidas familiares? ¿Quién suele tener la última palabra?
J. M..— Sería difícil decir que nunca hablamos de trabajo. Cuando llevas el vino en la sangre, es complicado desconectar del todo. Pero también hemos aprendido que no todas las conversaciones tienen que girar alrededor de la bodega.
P. S. M..— En una familia empresaria siempre hay opiniones diferentes, y eso no tiene por qué ser malo. Lo importante es poder hablar con libertad, defender cada uno su punto de vista y llegar a decisiones pensando en lo mejor para la empresa. ¿Quién tiene la última palabra? Depende del asunto. Lo ideal es que la tenga la decisión mejor argumentada.

¿Cómo se prepara el relevo generacional sin perder la esencia?
R.— El relevo generacional no consiste simplemente en pasar el testigo, sino en transmitir una forma de entender el negocio. Hay que compartir conocimientos, valores y experiencias, pero también dar espacio a las nuevas generaciones para que encuentren su propia manera de hacer las cosas.
La esencia no debe confundirse con hacer siempre lo mismo. Nuestra responsabilidad es conservar aquello que nos define y permitir que la empresa evolucione. Una familia empresaria tiene que saber mirar hacia atrás para recordar quién es y hacia delante para decidir quién quiere ser.
Una familia empresaria tiene que saber mirar hacia atrás para recordar quién es y hacia delante para decidir quién quiere ser
¿Qué parte de la tradición no tocarían nunca y qué han tenido que cambiar sin remedio?
R.— Nunca renunciaríamos al respeto por el viñedo, al cuidado de la materia prima, a la exigencia en la elaboración y a los valores familiares que nos han acompañado desde el principio.
Lo que sí debe cambiar es la forma de trabajar cuando aparecen nuevas herramientas, nuevos conocimientos o nuevas necesidades del consumidor. Hoy contamos con tecnología y recursos que permiten conocer mejor la viña y tomar decisiones más precisas. La tradición nos da una identidad; la innovación nos ayuda a protegerla y a proyectarla hacia el futuro.

LA FELISA, DIEZ AÑOS DESPUÉS
¿Quién era Felisa para ustedes, más allá de su papel en la historia de la bodega?
R.— Es difícil hablar de Feli sin emocionarnos un poquito, porque para nosotros, antes que cualquier otra cosa, era nuestra madre y nuestra abuela. Y eso lo dice todo. Cuando pensamos en ella, pensamos en la familia, en el cariño, en esa manera de cuidar de los demás que tienen las madres y las abuelas y que, muchas veces, solo valoras de verdad cuando pasa el tiempo.
Feli forma parte de nuestros recuerdos, de nuestra infancia y de nuestra manera de entender la vida. Y creo que lo más bonito es que, aunque pasen los años, hay personas que nunca dejan de acompañarte. Siguen presentes en las cosas que haces, en las historias que cuentas y en esos momentos en familia en los que, de alguna manera, sientes que todavía están ahí.
¿Cómo surgió la idea de ponerle su nombre a un vino?
R.— Detrás de La Felisa hay una historia muy bonita y también una anécdota que siempre recordamos con mucho cariño. Ella solía decir, medio en broma: «Tanto Emilio, tanto Emilio, tanto Emilio… ¡Ya era hora de que yo tuviese un vino!». Y es que, aunque el nombre del abuelo siempre está presente en nuestra historia, detrás de ese sueño familiar también estaba la Feli. Una mujer fuerte, trabajadora, que estuvo ahí desde el principio, acompañando, cuidando de su familia y haciendo posible, muchas veces desde un segundo plano, que aquel proyecto saliera adelante.
Por eso quisimos dedicarle un vino. Era nuestra manera de darle las gracias, de reconocer todo lo que había hecho por nosotros y de rendir homenaje no solo a nuestra madre y nuestra abuela, sino también a tantas mujeres que han sido fundamentales en las historias de sus familias y que no siempre han tenido el reconocimiento que merecían. Nos hace especial ilusión pensar que hoy su nombre viaja en cada botella y que su historia sigue llegando a muchas otras mesas.
¿Qué tiene este vino de ella? ¿Su carácter, su forma de vivir, la manera en que se elabora?
R.— Nos gusta pensar que tiene mucho de ella. Sobre todo, esa autenticidad, esa manera de ser sin artificios y de dar valor a las cosas importantes. La Felisa es un vino que elaboramos con muchísimo cariño, respetando nuestra tierra y dejando que sea ella la que se exprese. Es ecológico y tiene una personalidad muy especial, pero, por encima de todo, tiene una historia que para nosotros significa muchísimo.
Y quizá eso sea lo más bonito: que cada vez que alguien abre una botella de La Felisa, de alguna manera, también está haciendo un pequeño hueco a nuestra madre y a nuestra abuela en su mesa.

¿Fue emocionante probarlo por primera vez sabiendo a quién estaba dedicado?
R.— Muchísimo. Hay vinos que pruebas con la cabeza, pensando en cómo han evolucionado, en sus aromas, en todo el trabajo que hay detrás… Y luego hay otros que, inevitablemente, pruebas con el corazón. Con La Felisa nos pasó eso. Detrás de aquella botella estaba nuestra madre, nuestra abuela, tantos recuerdos y tantos momentos compartidos. Y pensar que algo tan nuestro iba a llegar a las mesas de tantas otras familias fue muy emocionante. De alguna manera, La Felisa es una forma de seguir compartiendo un poquito de ella con el mundo.
¿Qué creen que habría dicho ella al ver su nombre en la etiqueta?
R.— ¡Pues tuvimos la suerte de poder verlo! Y no solo eso: Felisa disfrutó muchísimo de tener su propio vino. Recuerdo la ilusión que le hacía ver su nombre en una botella, porque, después de tantos años hablando de Emilio Moro, ¡por fin había llegado su momento!
La Felisa se convirtió en su vino favorito, y lo más bonito era ver cómo lo vivía. Siempre estaba pendiente de cómo iban las ventas, nos preguntaba si se estaba vendiendo bien y, cuando sabía que alguien lo había probado o había comprado una botella, enseguida quería conocer su opinión. ¡No se le escapaba una!
Han pasado diez años desde que nació La Felisa y, cuando recordamos esos momentos, no podemos evitar sonreír. Lo que comenzó como un homenaje a nuestra madre y nuestra abuela terminó convirtiéndose también en una de sus mayores ilusiones. Haber podido compartirlo con ella es, sin duda, uno de los recuerdos más bonitos que nos ha dejado este vino.
Después de tantos años hablando de Emilio Moro, ¡por fin había llegado su momento!
CRECER SIN DEJAR DE SER QUIENES SON
¿Cómo ha pasado Emilio Moro de ser una bodega familiar a ser una marca de referencia en la Ribera del Duero?
R.— Creo que la clave ha sido crecer sin dejar de ser quienes somos. Hemos trabajado para construir una identidad reconocible, vinculada a la Ribera del Duero, al viñedo y a una forma exigente de elaborar vino. También ha sido fundamental rodearnos de un equipo comprometido y entender que una marca se construye con constancia, cosecha tras cosecha. El reconocimiento no llega de un día para otro: es el resultado de muchos años de trabajo y de la confianza de quienes nos eligen.
Y, aunque hoy tengamos una dimensión mayor, seguimos teniendo algo esencialmente familiar: la implicación personal en el proyecto y el deseo de que cada botella esté a la altura de nuestro apellido.
¿Qué peso tienen hoy la innovación y la tecnología, por ejemplo, en la viticultura sostenible o en la investigación?
R.— Un peso cada vez mayor. La tecnología nos permite conocer mejor el estado del viñedo, optimizar recursos y anticiparnos a determinados problemas. La investigación también es esencial para comprender cómo evolucionan las variedades, los suelos y las condiciones climáticas.
Pero hay algo importante: la tecnología no sustituye al conocimiento del viticultor ni a la experiencia acumulada durante generaciones. Nos aporta más información para tomar mejores decisiones. Nuestro objetivo es utilizar la innovación para elaborar mejores vinos y trabajar de una forma cada vez más sostenible.

¿Hacia dónde quieren crecer: más volumen, más gama alta, enoturismo, nuevas zonas?
R.— Para nosotros, crecer no significa necesariamente producir más. Significa generar más valor, reforzar la calidad, consolidar nuestra posición en los mercados y seguir construyendo una relación duradera con el consumidor.
La evolución de nuestra gama, la consolidación de nuestro proyecto en El Bierzo y el desarrollo del enoturismo forman parte de ese camino. En los últimos años hemos trabajado para que quienes nos visitan puedan conocer mucho más que nuestros vinos: nuestra historia, nuestros territorios y a las personas que hay detrás de cada botella. No queremos crecer por crecer; queremos hacerlo de manera coherente con nuestra identidad.
¿Cómo afecta el cambio climático a sus planes de negocio y a la viña?
R.— Es uno de los grandes desafíos del sector vitivinícola. Las variaciones de temperatura, las sequías, las heladas y los episodios meteorológicos extremos influyen directamente en el ciclo de la vid y en las características de cada añada. Esto nos obliga a observar más, investigar y adaptar las prácticas vitícolas. La gestión del agua, la conservación de los suelos, el seguimiento de la maduración y el conocimiento de cada parcela son cada vez más importantes.
No se trata solamente de responder a los problemas de hoy, sino de prepararnos para que las próximas generaciones puedan seguir elaborando vinos de calidad en nuestro territorio.
EL RETO DE LOS JÓVENES
Cada vez se bebe menos vino en España, sobre todo entre los jóvenes. ¿Cómo lo están viviendo?
R.— Es una realidad que nos invita a reflexionar y a escuchar al consumidor. Las nuevas generaciones tienen otros hábitos, otras prioridades y una relación diferente con el ocio y el consumo.
No creemos que la respuesta sea insistir en los códigos tradicionales sin cuestionarlos. Tenemos que explicar mejor qué hay detrás de una botella, acercarnos a los jóvenes con un lenguaje más natural y demostrar que el vino puede formar parte de muchos momentos, no solamente de las grandes celebraciones. El vino no tiene por qué ser siempre el protagonista, sino el acompañante de esos momentos que realmente importan. También debemos fomentar un consumo responsable, de calidad y vinculado al disfrute, sin necesidad de convertirlo en algo complicado.
¿Compite el vino con la cerveza, los combinados o las bebidas sin alcohol? ¿Cómo se gana esa batalla?
R.— Todas esas bebidas compiten, en cierta medida, por el tiempo y las preferencias del consumidor. Pero creemos que no debemos plantearlo únicamente como una batalla entre categorías. El vino tiene una historia, una diversidad y una conexión con el territorio que lo hacen especial. El reto está en comunicar todo eso sin distanciarnos de quienes todavía no lo conocen bien. Debemos ofrecer calidad, experiencias atractivas y ocasiones de consumo que encajen con los hábitos actuales. Y, por supuesto, entender que disfrutar del vino también significa saber cuándo y cómo consumirlo de manera responsable.
¿Hay que quitarle solemnidad al vino y hacerlo más informal?
R.— Hay que quitarle barreras, no valor. El vino puede ser un producto cultural, gastronómico y profundamente ligado a un territorio sin necesidad de resultar intimidante. Nos encanta que haya personas que quieran profundizar en variedades, añadas y técnicas de elaboración, pero también que alguien pueda abrir una botella simplemente porque le apetece compartir una buena comida.
No hace falta conocer todo sobre el vino para disfrutarlo. Si conseguimos que la gente se acerque a él con curiosidad y sin miedo a equivocarse, estaremos dando un paso importante.
No hace falta conocer todo sobre el vino para disfrutarlo

¿Han cambiado el consumo la hostelería, el tardeo o las comidas más cortas?
R.— Sin duda, los hábitos sociales influyen en la manera de consumir vino. Hoy existen más momentos de consumo, pero también comidas más informales, reuniones más breves y ocasiones en las que el consumidor busca algo sencillo y fácil de disfrutar. La hostelería tiene un papel fundamental para adaptarse a esos cambios, con cartas bien pensadas, recomendaciones accesibles y vinos adecuados para diferentes momentos. Para las bodegas, la clave está en comprender esas nuevas ocasiones sin perder de vista la calidad y la identidad de cada referencia.
¿Qué papel tienen las redes sociales y la comunicación en acercar el vino a nuevos públicos?
R.— Son herramientas fundamentales porque permiten contar historias de una forma directa y visual. Podemos mostrar el trabajo en la viña, explicar cómo se elabora un vino, presentar a las personas que hay detrás de la botella y acercar al consumidor a nuestra realidad cotidiana.
Pero la comunicación debe ser auténtica. No se trata solamente de tener presencia en redes, sino de ofrecer contenido que aporte algo y que conecte con las personas. También creemos que es importante salir de los códigos habituales del sector, conectar con otros universos como la cultura, la música, la gastronomía o la moda y encontrar nuevas formas de acercar el vino a públicos que quizá no se habían interesado antes por él.
¿Le ven futuro a los vinos con menos alcohol o sin alcohol?
R.— Creemos que hay espacio para propuestas que respondan a distintas preferencias y estilos de vida. El consumidor busca cada vez más opciones y el sector debe estar preparado para comprender esa evolución. En cualquier caso, son productos que plantean retos técnicos importantes si queremos mantener una experiencia sensorial satisfactoria. Habrá que seguir investigando, escuchar al mercado y valorar qué propuestas encajan con nuestra identidad. Lo importante es no dar la espalda a los cambios y estudiar las oportunidades con rigor.
DE LA RIBERA DEL DUERO A COREA DEL SUR
¿Qué porcentaje de su negocio está fuera de España y en qué mercados?
R.— Sobre un 30% de la facturación total, con presencia en más de 75 países. Mantenemos un posicionamiento sólido en destinos estratégicos, entre los que destacan México, Estados Unidos o Suiza, y seguimos explorando oportunidades de crecimiento en mercados emergentes, especialmente en Asia, que concentra gran parte de nuestras perspectivas de desarrollo futuro.
Exportar no consiste únicamente en vender botellas en otros países: supone construir relaciones, comprender culturas de consumo distintas y adaptar la comunicación sin perder la identidad de origen.
¿Cómo se explica la Ribera del Duero a un consumidor en Estados Unidos, México o Asia?
R.— La mejor manera es empezar por lo que nos hace diferentes: nuestro paisaje, nuestros viñedos, el clima de la zona y la personalidad de nuestros vinos. Después, hay que adaptar el relato a cada mercado. No se explica igual el vino a alguien que conoce bien las denominaciones españolas que a una persona que está descubriendo la Ribera del Duero por primera vez.
Nuestro trabajo consiste en hacer comprensible esa singularidad sin simplificarla en exceso. Queremos que el consumidor entienda que detrás de la botella hay un territorio concreto, una historia familiar y una manera determinada de interpretar la uva.

¿Cómo les afectan los aranceles y la inestabilidad internacional?
R.— La incertidumbre internacional obliga a las empresas exportadoras a estar muy atentas. Los aranceles pueden afectar a los precios finales, a la competitividad y a las decisiones de importadores y distribuidores. También influyen los tipos de cambio, los costes logísticos y la situación económica de cada mercado. Ante ese escenario, es importante diversificar, mantener relaciones sólidas con los socios comerciales y trabajar con una planificación flexible. No siempre podemos controlar el contexto, pero sí podemos prepararnos mejor, cuidar nuestras marcas y mantener una visión de largo plazo.
¿Qué mercado se les resiste y cuál les ha sorprendido para bien?
R.— Asia ha sido tradicionalmente una de nuestras asignaturas pendientes. Es un mercado que se nos resistía, pero la incorporación de personas de nuestro equipo sobre el terreno nos está permitiendo trabajar de una forma mucho más cercana, ágil y profesional, y entender mejor las particularidades de cada país.
En cuanto a las sorpresas positivas, destacaría Corea del Sur. Sus resultados están siendo especialmente llamativos: actualmente se sitúa por encima de Australia y muy cerca de Alemania. Son datos que nos animan a seguir apostando por este mercado y que demuestran el potencial de destinos que hace unos años no ocupaban un lugar tan destacado en nuestras previsiones.
¿Ser una empresa familiar ayuda o complica a la hora de salir fuera?
R.— Tiene ambas dimensiones, pero creemos que es una gran fortaleza. Ser una empresa familiar nos permite transmitir una historia auténtica, tomar decisiones con una perspectiva de largo plazo y mantener una implicación personal en lo que hacemos. Al mismo tiempo, internacionalizarse exige profesionalización, equipos preparados y capacidad de adaptación. El origen familiar no sustituye al rigor empresarial; lo complementa. Nuestra aspiración es combinar lo mejor de ambos mundos: conservar la cercanía y los valores de una familia y trabajar con la profesionalidad que exige una compañía que opera en mercados internacionales.
UN ROSADO Y UNA GAMA CON CRITERIO
¿Por qué un rosado? ¿Responde a lo que pide el consumidor o es una apuesta personal?
R.— Con Elalba de Emilio Moro quisimos explorar una forma diferente de interpretar nuestra manera de entender el vino. Un rosado con personalidad propia, fresco, versátil y con una clara vocación gastronómica, que nos permite acompañar otros momentos y conectar con diferentes preferencias del consumidor.
Pero no creemos que deba hacerse únicamente porque una tendencia esté creciendo. La pregunta es si podemos elaborar un rosado que tenga sentido dentro de nuestra filosofía y que ofrezca una calidad reconocible. Cuando existe esa coherencia, una nueva referencia puede ampliar la experiencia del consumidor sin renunciar a la identidad de la bodega.
¿Tener una gama completa sirve para cubrir todos los momentos de consumo?
R.— Puede ayudar a responder a distintas preferencias y ocasiones, pero una gama no debe construirse simplemente para estar presente en todas partes. Cada vino debe tener una razón de ser y una personalidad propia. El consumidor debe poder encontrar diferentes expresiones de nuestra forma de entender el vino, desde referencias para disfrutar en un momento informal hasta vinos para ocasiones especiales. Lo importante es que la variedad no se convierta en dispersión y que cada botella aporte algo reconocible.
¿Existe el riesgo de diluir la identidad de la marca al ampliar la gama?
R.— Sí, si la ampliación no se hace con criterio. Crecer en referencias puede ser positivo, pero cada nuevo vino debe responder a una estrategia clara y mantener unos estándares de calidad coherentes con la marca. Para nosotros, la identidad no significa elaborar siempre el mismo tipo de vino, sino mantener una forma reconocible de trabajar: respeto por el origen, exigencia y compromiso con el consumidor. La diversificación debe reforzar esa identidad, no sustituirla. Saber decir que no a un proyecto también forma parte de una estrategia sólida.

PARA TERMINAR
Si tuvieran que recomendar un vino suyo para cada estación del año, ¿cuáles elegirían?
R.— Siempre decimos que nuestros vinos no son estacionales, sino que se pueden disfrutar en cualquier momento del año. Pero estos son los nuestros:
- Primavera: Elalba de Emilio Moro (Patricia) · La Revelía (Javier)
- Verano: El Zarzal (Patricia) · Elalba de Emilio Moro (Javier)
- Otoño: La Felisa (Patricia) · Bestizo (Javier)
- Invierno: Malleolus de Sanchomartín (Patricia) · Latertius (Javier)
Un vino, un plato y una persona con quien compartirlo.
J. M..— Unas chuletillas de lechazo, que aso yo mismo, con un Malleolus siempre son una apuesta asegurada. Y si además las comparto con mis dos hijas alrededor de la mesa, el plan no puede ser mejor. El vino adquiere su verdadero sentido cuando se comparte con las personas que forman parte de tu vida.
P. S. M..— Paella, Elalba de Emilio Moro y familia. Aunque también me vale una buena comida de nuestra gastronomía con una copa de La Felisa y una mesa en la que haya conversación, complicidad y tiempo para disfrutar, con mis amigas, por ejemplo. Para mí, lo importante no es solamente qué hay en la copa, sino con quién la compartes.

¿Cómo les gustaría que fuera Emilio Moro dentro de 20 años?
R.— Nos gustaría que siguiera siendo una bodega reconocida por la calidad de sus vinos, por su relación con el territorio y por la confianza de sus consumidores. Que hubiera crecido internacionalmente, que fuera más sostenible y que siguiera siendo capaz de innovar sin perder su esencia. Pero, sobre todo, que continuara siendo un proyecto familiar con una identidad clara, un equipo comprometido y nuevas generaciones dispuestas a asumir el reto.
El verdadero éxito no será solamente el tamaño que alcancemos, sino que dentro de veinte años podamos mirar atrás y sentir que hemos sido fieles a nuestros valores mientras construíamos algo nuevo.
Terminen la frase: «Para nosotros, el vino es…».
J. M..— …nuestra historia, nuestra tierra y la responsabilidad de mantener vivo un legado que comenzó mucho antes que nosotros.
P. S. M..— …emoción, cultura y futuro; una forma de unir generaciones, compartir momentos y transformar el esfuerzo de muchas personas en algo que se disfruta alrededor de una mesa.
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