Se es torero dentro y fuera de la plaza. Y en el tanatorio.
Este sábado por la mañana, mismamente. En el de La Paz de Tres Cantos, donde por fin se podía despedir a Antonio Vázquez, apoderado -junto a su hijo Fran- de Pablo Aguado que se dejó la vida en los raíles de Urda (Toledo). Eso fue el miércoles por la mañana bien pronto, lo que pasa es que hasta el viernes al final de la mañana no llegó la certificación oficial. Así leído, puede parecer de lo más normal. Si lo piensas, esas 48 horas inclasificables desprenden una crueldad y un angustia que ayer se intuía, pero apenas afloraba, porque los toreros son toreros dentro y fuera de la plaza. Y en el tanatorio. Y los toreros -y sus amigos, y sus destrozadas familias- tienen temple.
Antonio Vázquez fue torero incipiente, en el año de Maricastaña, pero muy pronto supo que eso no era exactamente lo suyo, y se puso a reseñar toros. El 24, el 112, el 7. Así cincuenta años, la mayoría sin despegarse de su hermano, Curro Vázquez. Desde hace unas temporadas, auscultando la temporada de Pablo Aguado.
A Aguado le pilló la tragedia de Urda haciendo turismo en Perú. Este sábado por la mañana, en el tanatorio madrileño, se reconfortaba escuchando lo feliz y pleno que había hecho al apoderado con la faena de Sevilla -más que faena, un recital, como el de El Puerto de Santa María en pleno verano-. El torero se abrazó con el apoderado, al que se le escapó alguna lágrima. Acababa de presenciar lo que él buscaba en esencia para su torero y para lo que hacía tantos y tantos kilómetros. La Puerta del Príncipe. Fue hace poquito más de un mes, y con todo este escandaloso terremoto ferroviario la gesta parece ya de hace cinco temporadas.
Antonio Vázquez salía solo, porte de torero por supuesto, del parque del Retiro, más abajo del Niño Jesús "Yo, ya mismo estoy viendo toros la semana que viene"
También quisieron despedir y acompañar, aparte de brillantísimos toreros de plata, Uceda Leal y Diego Urdiales (pletórico por su pletórica temporada, pero también templado, claro). Seriedad, mesura en el dolor. Temple, porque si no. Y toreros retirados, Roberto Domínguez, Fernando Cepeda. Compañeros de cartel de cuando Curro Vázquez estaba en activo, en aquellos 80 y 90 en los que Antonio Vázquez seguía sumando kilómetros -por Urda habría pasado miles de veces, cuando no reparabas en el tren en nada que no fuera a qué hora llegamos, esa normalidad aniquilada- para ver otra vez al 24, al 112, al 7.
El domingo pasado, mañana espléndida, Antonio Vázquez salía solo, porte de torero por supuesto, del parque del Retiro, más abajo del Niño Jesús. La cara radiante por el paseo y por la sorpresa del encuentro. A temporada vencida, con el invierno y el descanso por delante.
-Yo, ya mismo estoy viendo toros la semana que viene.
Ya todos los sabemos. Que cogió el tren para empezar a ver toros para que Pablo Aguado pueda volver a triunfar cuando la temporada arranque allá por marzo. Las cosas profesionales hay que tenerlas bien preparadas. A eso se dedicaba Antonio en el campo en cuerpo y alma, venga a apuntar números.
La rabia por lo injusto, por lo demencial, apenas se susurraba en el tanatorio de La Paz este sábado por la mañana. Porque los toreros - y sus familias- tienen temple, hablan con temple, caminan con temple -Antonio por el Retiro- y se retuercen por dentro con rabia y temple, como todas las personas que han estado a la espera, en 48 y 72 horas inclasificables en 2026, del hospital a la Guardia Civil y vuelta a la estación.
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