En su estudio de la calle Pasaje de la Alhambra 3 de Madrid había cientos de ellas cubriendo las paredes. Hileras completas, sin marco en ocasiones, y fijadas con alfileres. Una sucesión de instantes, de escenas captadas y pintadas de modo casi fugaz en forma de ‘apunte’ o ‘germen’ para algo mayor. Aquellos pequeños lienzos, tablillas o simples cartones de escasas dimensiones, 20×30 centímetros a los sumo, surgían a cada instante. En la orilla de una playa, durante una comida con un amigo, en un paseo al aire libre. Escenas cotidianas convertidas en experimentos de luz, pruebas de color, en bocetos de futuras obras más ambiciosa. Eran los particulares ‘fotogramas’ de la mirada de Joaquín Sorolla (Valencia 1863-Cercedilla, Madrid, 1923), el genial pintor valenciano al que las fotografías lo retrataron mientras pintaba con su pequeño ‘caballete de bolsillo’, su minúscula caja de pinturas y pinceles cual bloc de notas.

Sorolla pintando en la playa de La Concha en San Sebastián.

De ella nacieron muchos preámbulos de obras posteriores. Aquella herramienta de trabajo de reducidas dimensiones que le permitió pintar en cualquier lugar, en cualquier momento, sobre cartón, tablas de madera o pequeños lienzos, terminarían por erigirse como obras valiosas por si mismas. Para Sorolla pintar era una pasión, una obsesión difícil de contener. Observar, mirar y plasmar una luz, una transparencia, un color que la naturaleza, la vida, le mostraba a cada instante. Desde esta semana, en Bilbao, el Museo de Bellas Artes exhibe 183 ‘instantes’ reflejados en esa colección de pequeños cuadros de apenas diez centímetros cuadrados en algunos casos, en la muestra Cazando impresiones. Sorolla en pequeño formato y que describe la evolución y vida del pintor.

Su imagen en las playas de Biarritz o de San Sebastián, con traje y sombrero, acompañado del pequeño maletín de pinturas que Fortuny puso de moda y que otros autores emplearon en el siglo XIX, ha perdurado en el tiempo. Lo que comenzó siendo una fórmula de experimentación terminó siendo una apuesta artística con valor propio y digna de ser enmarcada, expuesta y vendida para su disfrute. Sorolla los llamó ‘apuntes’, ‘manchas’ o meras ‘notas de color’. Nacieron siendo ejercicios preparatorio para sus composiciones para terminar convertidas en dosis concentradas de su talento.

Un viaje por su obra

Sorolla produjo apuntes con profusión. Se estima que pintó cerca de 2.000, casi la mitad de los 4.500 cuadros que se asignan al autor. La mayor parte los conservaba en su taller, en ocasiones para ser regaladas después, ser destinadas a obras de beneficencia o para intercambiarlas con otros autores. El gran público no las disfrutó hasta que decidió que aquellas tablillas debían ver la luz. Lo hicieron en sus giras americanas en 1909 y 1911.

La muestra de casi dos centenares de pequeñas obras de Sorolla permanecerá expuesta en el Museo de Bellas artes de Bilbao hasta el 23 de febrero. Se trata de obras pertenecientes al Museo Sorolla y a ellas le acompaña una pequeña representación de las herramientas, como la pelta y pinceles que empleó el artista en sus sesiones al aire libre en busca de instantes que plasmar.

Sorolla no sabía mirar sin estar pintando. En realidad era un cotilla

El recorrido por la muestras es también un viaje por la obra del pintor. Las primeras reflejan escenas, paisajes, para ir avanzando con el paso del tiempo a las impresiones en su particular mirada sobre el mar y la luz, las olas y la playa, los reflejos que tanto caracterizaron su obra. Muchas de ellas las pintó en el País Vasco, 40 de las que ahora se exponen en la capital vizcaína lo hicieron en Euskadi, en rincones como San Sebastián o Zarauz, cuyas playas frecuentaba. «Sorolla no sabía mirar sin estar pintando. En realidad era un cotilla. Todo lo analizaba, todo lo quería comprender», asegura María López Fernández, comisaria de la muestra, «su miraba la procesaba a través de un lápiz y un pincel». El Sorolla que relejan las ‘tablillas’ ahora expuestas es «el más íntimo», coinciden los impulsores de la exposición.

Mar de Valencia, 1899

Retina y sentimiento

La suya no fue una carrera fulgurante, ni una vida fácil. Siendo un niño, con apenas dos años, sus padres Joaquín y María Concepción murieron víctimas del cólera. Junto a su hermana, fueron adoptados por unos tíos a quienes debe haberle encarrilado por el mundo del arte. Formado en la Academia de Bellas Artes de Valencia, viajó a Madrid joven. Allí comenzó a copiar cuadros del Museo del Prado y a presentarse a certámenes en los que no tardó en destacar.

En 1900 Sorolla obtuvo el Grand Prix de la Exposición Universal de París, lo que la valió su consagración internacional

A los 22 años logró una beca para instalarse en Roma primero y en París después, donde se impregnó del ambiente artístico de la capital francesa del que quedó deslumbrado. Cumplida la treintena, regresa a Madrid junto a su mujer Clotilde y sus tres hijos. En 1900 Sorolla obtuvo el Grand Prix de la Exposición Universal de París, lo que la valió su consagración internacional.

Seis años más tarde, también en París presentó su primera exposición monográfica. Su obra ya había encontrado en las variaciones de la luz, el color, las estaciones del año, los reflejos o las transparencias el núcleo de su temática. Aspectos que siempre encontró concentrados en el mar y la playas. En el periodo entre 1907 y 1911, el autor valenciano llevó a cabo el grueso de sus exposiciones internacionales en Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, fundamentalmente. Un periodo intenso de muestras que le obligó a ampliar su pobra en formatos medianos. La plenitud de Sorolla no llegó sin embargo hasta finales de la década, entre 1912 y 1919, cuando sintió que su mano obedecía casi de modo automático a su «retina y sentimiento».