Al embarcar rumbo a Estados Unidos subió al barco con las piernas agarrotadas. Él y su mujer pensaron que iban a morir en el mar, y durante todo el trayecto escribieron cartas a sus hijos contándoles el pavor que estaban pasando. Enrique Granados (1867-1916) salió por primera vez de Europa buscando el éxito. Fue a debutar en Nueva York, el sueño de cualquiera. Él, uno de los grandes compositores españoles, fue a conseguir por fin el reconocimiento que llevaba media vida esperando, el dinero suficiente para no sentirse avergonzado por no poder mantener dignamente a su familia.

No les pasó nada. Llegaron y triunfaron. No había sido fácil. Granados comenzó a componer y a tocar el piano cuando aun no llegaba a las dos cifras de edad. Su padre murió cuando él era pequeño y no tardó en ponerse a trabajar en un café donde le pagaban dos duros por dos funciones al día. Tuvo que sacar adelante a su familia. Pero su forma de tocar, sus composiciones, llamaron la atención de más de uno y consiguió estudiar bajo la batuta de los mejores maestros españoles.

Pero todo esto ocurrió a finales del siglo XIX, cuando ser músico, incluso bueno, iba ligado a vivir casi en la calle y a tener que mendigar por cobrar alguna peseta por tus composiciones. Granados sabía lo que era pasar hambre, incluso su mujer, antes de casarse con él, sabía que el músico no tenía donde caerse muerto. Pero ella, de clase acomodada, rompió con las normas de la época, se casó y ayudó a su marido a salir adelante, a que su música llegara a lo más alto.

La película narra la trágica epopeya vital de un hombre dotado de un talento musical excepcional»

Toda su historia se cuenta en El amor y la muerte, una película de Arantxa Aguirre que se estrena el próximo 9 de noviembre. En ella nos hablan de todo el calvario que tuvo que pasar. De cómo estudió a conciencia para una oposición de maestro de piano y cómo una enfermedad le impidió presentarse al examen. También, su estancia en París, donde compuso una de sus mejores obras Danzas españolas y de donde se fue para volver a su tierra aunque las oportunidades eran menores.

«La película narra la trágica epopeya vital de un hombre dotado de un talento musical excepcional. Sigue sus peripecias por la apasionante Barcelona de finales del XIX y principios del XX, sus viajes a Madrid, París, Nueva York, su tesón por alcanzar el éxito y sortear, en la medida de lo posible, las trampas del destino», aseguran desde la productora y no sin razón.

Iba a estrenar sus Goyescas en París, pero llegó la guerra y todo se paralizó. Movió algunos hilos, y un par de años más tarde consiguió que estás fuesen directas a  la Metropolitan Opera House. El público enloqueció y el mismísimo presidente de EE.UU., Woodrow Wilson, le dedicó un homenaje en la Casa Blanca, lo que provocó que tuviese que retrasar unos días su viaje a España. El músico por fin se embarcaba hacia Londres, desde donde iría a Francia y de ahí a España en tren.

Se subió en aquel barco sin miedo, todo iba como nunca y estaba deseando ver a sus seis hijos a las que habían dejado en Cataluña. Cuando se encontraban en el transbordador en el Canal de la Mancha un torpedo enviado por un submarino alemán chocó contra su barco. Fue en 1916, en pleno enfrentamiento. Granados, que apenas sabía nadar, tuvo que lanzarse al mar para intentar salvar a su esposa. Murieron los dos. Su muerte sonó con fuerza en el mundo de la música y aun más en su familia. Los homenajes se sucedieron durante meses. Los grandes reivindicaron la figura del que consideraban mejor que todos ellos. Hoy su legado es indudable y sus obras, conocidas en todo el mundo.