Le vistieron con un pantalón caqui y una camisa blanca. Le quitaron el teléfono, la cartera, le miraron cada recoveco. A Garrad Conley le metieron en un centro de paredes blancas y papeles plastificados con doce pasos a seguir. Le intentaron curar. Querían que dejase de ser homosexual. Fue en 2004, hace no tanto tiempo, cuando sus padres se enteraron de que su único hijo era «un desviado». Él, pastor bautista fundamentalista de una pequeña ciudad de Estados Unidos, ella, esposa y madre, le dijeron que o «se curaba» o dejaban de pagarle la carrera. «No volverás a poner un pie en esta casa si te dejas llevar por tus sentimientos y actúas en consecuencia. Nunca terminarás tu educación», le gritaron, y a Conley le llegó a parecer un trato justo.

Habían oído hablar de de un centro de terapia de reconversión, de Love in Action, que a través del estudio de la Biblia «intentaban suprimir su orientación sexual». Primero tenía que pasar dos semanas allí, para que valorasen la gravedad de su comportamiento, después, podrían ser meses o años recluido, fuera del mundo, para poder «redirigirle».

Al ver que no tenía más opción, y sintiéndose observado en la universidad donde ya había corrido el rumor de una relación con otro chico, aceptó. Le llevó su madre, durante ese tiempo no podía dormir en el centro así que se alquilaron una habitación de hotel en el pueblo más cercano. Le llevaba y le recogía cada día, le escuchaba cada noche contarle que hacían en aquel lugar.

«El desvío controlado»

Dirigido por John Smid, centraban toda la terapia en «problemas de infancia» y comparaban la homosexualidad con la drogadicción, con la pederastia, con el alcoholismo o con la ludapatía. Por eso, les obligan a buscar en su familia problemas de ese tipo, para saber de donde veía su desviación «que a veces se salta generaciones». El propio Smid era, como el decía, un exgay. Se había separado de su primera mujer porque era incapaz de controlar sus impulsos y la segunda había asumido «el desvío controlado».

Su historia la publica ahora con el título Boy Erased (Identidad borrada) la editorial Dos Bigotes y el próximo mes de abril llegará a la gran pantalla. Su historia y la de sus compañeros de centro, para mostrar como todavía la sociedad sigue tratando la homosexualidad como una enfermedad, como algunas familias llegan a «encarcelar» a sus hijos para que se curen, como Smid llegó a decirles a un grupo de jóvenes que era mejor suicidarse que ser homosexual. Como algunos ante tanta presión eligieron dejar de estar.

Así él va contado como a través de charlas les decían que tenían un problema, que Dios no les iba a querer así, que sus padres tampoco, que no iban a tener familia, que se olvidaran de los hijos, que lo suyo era igual que tirarse a una cabra. Siempre la religión, siempre el pecado, siempre la vergüenza. Y de repente la Nada. Así lo define Conley, le dejaron en poco tiempo en un lugar completamente vacío.

«He intentado reconstruir lo mejor que he podido todos los sucesos. Mis recuerdos y los de mi madre, el manual exgay de LIA, los artículos de periódico y de blogs y las entrevistas personales han rellenado los huecos donde el trauma ha oscurecido lo que, en el pasado, veía con una claridad dolorosa», asegura a modo de prologo en su publicación en la que narra aquellas dos semanas que le sirvieron no sólo para no «curarse» sino para reafirmarse.

Ni siquiera llegó a cumplirlas, cuando estaba a punto de terminar esos 15 días se largó. No podía más. No veía nada malo en él y consideró que si su padre lo veía tendría que aguantarse. Llamó a su madre y volvieron a casa. No hubo castigo, no dejaron de pagarles los estudios. Lo que ella había visto, que era poco, le había gustado menos que a lo que Garrard había vivido aquellas semanas.

Su historia tiene final feliz. Garrad terminó la carrera y se convirtió en escritor. Ahora vivo junto a su marido y sentencia a LIA dándole las gracias por abrirle los ojos.  «Ojalá nada de esto hubiera ocurrido. A veces le doy las gracias a Dios por que ocurriera».