Tenía 19 años cuando una fuerte discusión con su padre le llevó de Nueva York a México. Sidney Franklin había nacido en una familia de judíos ortodoxos y desde muy pequeño había sentido fascinación por el teatro, le encanta actuar, diseñar…  y a su familia aquella pasión le resultaba inapropiada. Aguantó lo que pudo, incluso se llegó a cambiar el apellido para que no le viesen en los carteles, el verdadero era Frumpkin, pero la relación entre ambas partes se volvió violenta, imposible, y Sidney decidió irse de casa.

Apareció en México en 1921 con más ganas de mirar, de ver, de actuar. Y se topó con los toros. Aquel mundo le resultó violento al principio y fascinante a los pocos días. Comenzó a diseñar carteles para las corridas, asistió a muchas y cuando otro aficionado le espetó que los americanos no tenían la suficiente valentía para torear, él se propuso ser el primero.

Encontró un buen padrino, Rodolfo Gaona, conocido como ‘El Califa de León’. A los pocos meses ya estaba debutando como novillero. A los seis años, en 1929, toreo en 14 corridas en Madrid ante la atenta mirada de Ernest Hemingway. De plaza en plaza, Franklin era conocido por sus llamativos trajes de luces y su orientación sexual. Era gay y no lo ocultaba ni ante sus amigos ni ante el mundo del toro. El público, en cambio, quedó al margen de aquello. Quizá por consejo de los suyos. El torero, según ellos, necesitaba de otro tipo de hombría.

Nació mucho antes de todo el movimiento LGTBI, pero si hoy estuviera vivo, estaría en la marcha»

Así se pasó todo ese año. En 1930 sufrió una grave cogida y volvió a México, de allí a Estados Unidos. Se quedó en su país durante cinco años, incluso participó como actor en la película The Kid from Spain, pero su cabeza seguía estando en España, o en México, seguía en los toros. También en una libertad que no encontraba cerca de los suyos. En una época en la que la homosexualidad se escondía en matrimonios, Franklin optó por alejarse de aquellos que le despreciaban por ello. Como dice su sobrina en una entrevista al New York Times: «Nació mucho antes de todo el movimiento LGTBI, pero si hoy estuviera vivo, estaría en la marcha y nos mostraría el camino«.

Volvió a España en el 37. Le ayudó a entrar Hemingway, que venía a cubrir la Guerra Civil. Las posturas de ambos chocaron y, según aseguran en su biografía, la relación comenzó a romperse. Se quedó unos años, hasta que la II Guerra Mundial le hizo buscar cobijo en EEUU. Él, judío y homosexual, vio peligrar su vida en aquella Europa que empezaba a oscurecer. Pero cuando todo se calmó decidió volver.

El lugar del que había huido por falta de libertad se convertía ahora en un oasis para sus ideas y su forma de vida»

Fue en 1945 y se quedó hasta 1957. Doce años en los que continuó con su carrera de torero, según Hemingway era mejor que todos los toreros españoles, y en el que hizo de este país su hogar. Pero un día, durante una redada, fue detenido. El franquismo encarceló a Franklin durante nueve meses. Al salir, no dudo en irse a Estados Unidos. El lugar del que había huido por falta de libertad se convertía ahora en un oasis para sus ideas y su forma de vida.

Murió en 1976. Después de pasar sus últimos años en una residencia. Jamás ocultó su homosexualidad pero tampoco quiso hacerla pública. Sería durante un estudio de fotos y documentos que le pertenecían cuando hace unos años salió a luz que el gran torero estadounidense que embelesó al público español era gay. Ahora, su ciudad, Nueva York, le rinde homenaje en la semana del Orgullo LGTBI.