A Ricardo F. Colmenero (Ourense, 1977)  lo leemos los sábados. Escribe desde Ibiza pensando en un norte que se le quedó en la infancia. En el Ourense de los 80, la Pamplona de los 90, en su madre, su abuela, su mujer, su hijo y siempre riéndose de sí mismo.

Entró en el columnismo, como él dice, por envidia. Entró después de años asegurando que aquello era una auténtica chorrada. Ahora es uno de los que suenan fuertes, ganó el Premio Julio Camba en el 2018, y eso que escribe, la mayoría de las veces, sobre su vida.

Ahora, todas sus historias, sus mejores columnas, aparecen en forma de libro. Literatura infiel (Ed. Círculo de Tiza) surge como una especie de autobiografía. El retrato de una generación a través de su vida que dista mucho de las dos que la abrazan y también, la risa, el llanto, el temor, los nervios; todo transmitido por un escritor que va ganando fuerza en cada frase, en cada anécdota.

Pregunta. ¿Por qué Literatura infiel?

Respuesta. Porque no me dejaron llamarlo Lapidando a la abuela. Era el título de columna que supuso un antes y un después. La que más se leyó, creo. Y pensé que gracias a ella podía a hacer el libro y que se merecía el título, pero quizás era demasiado. Ni la editorial ni mis amigos lo terminaban de ver. Literatura infiel sale de  Lucía Berlin, de su Manual de mujeres de la limpieza, allí cuenta que le preguntó a su marido cuando se había enamorado por primera vez. Ella lo narra con tal emoción que notas que se había enamorado de la historia. Literatura infiel es eso, enamorarte de alguien sobre el que lees, un autor o un personaje, al que no verás jamás.

P. ¿Lapidaste a tu abuela?

R. Bueno, lance piedras contra sus cenizas. Las había tirado al mar en una caja y la caja no se abría. Todo lo que cuento en el libro es verdad, incluso lo más extravagante. Siempre lo digo, el realismo mágico en Galicia es el día a día, no hace falta inventarlo.

Ricardo F. Colmenero.

Ricardo F. Colmenero.

P. Tuvo que ser difícil convencer a los jefes de qué querías ser columnista pero sin hablar de política…

R. Cuando lo propuse me dijeron dos cosas: lo haces en tu tiempo libre, sin cobrar, y no hablas sobre tu vida. Lo primero lo he cumplido, lo segundo no mucho. También es distinto escribir en Baleares los sábados que hacerlo a nivel nacional un lunes. Yo no creía en la columna de opinión, siempre me pareció innecesaria. Aprendí en el Miami Herald, donde cuando alguien da su opinión es porque es experto en el tema.

Pero un día conocí a David Gistau. Fue en la redacción de El Mundo de Madrid. Estaba sentado, sin hacer nada. Pregunté: ‘¿Qué hace?’, y me contestaron: ‘Pensar’. Cuando lo leí me dí cuenta porque pensaba tanto y también descubrí un columnismo brillante, nada egocéntrico, humilde, que hace que te preguntes, que deja en el lector una reflexión y pensé: yo quiero hacer eso.

Luego comenzaron los ERE y pensé que la mejor forma de que no me echarán era hacer muchas cosas y parecer muy necesario. Fue cuando pedí esa primera columna.

P. De esa primera columna al Premio Julio Camba tampoco han pasado mucho años. ¿Mejora tu vida con un premio así?

R. Te da ánimos. Es como cuando empiezas y no te lee nadie y de repente alguien con cierta importancia se fija en ti, eso te ayuda a seguir y a que tu trabajo sea más visible. El Camba es algo así, el reconocimiento a un trabajo.

P. Has dicho varias veces que al principio no te leía ni tu novia. ¿Cambia la forma de escribir cuando los lectores se acumulan?

R. Hombre, sí. Escribes un poco para agradarlos. No quieres defraudar. A mi me empezaron a hacer caso porque Juan Soto Ivars y David Torres me empezaron a recomendar, por lo que no quería escribir algo malo y que me leyeran. Es difícil, porque en realidad no me gusta escribir.

P. ¿Y cómo acaba alguien que no le gusta escribir, siendo columnista?

R. Por envidia. A mí me gusta mucho leer. Me gusta leer una buena columna mía. El trabajo hasta llegar hasta ahí se me hace duro, es mucho esfuerzo. En este libro, además de las columnas que ya había escrito para el periódico, hay muchas inéditas. Ha sido un trabajo largo, muchos días y mucha dedicación.