A Leopoldo Panero Torbado lo conocemos por él, por sus hijos y por su mujer. Una familia de litio desequilibrado, de poetas, de mujer presa, de niños mal llevados. Él fue, junto con Luis Rosales, el poeta del régimen, también el que estuvo a punto de morir por rojo durante la Guerra Civil. Este 17 de octubre se cumplen 110 años del nacimiento del patriarca de una saga que sigue provocando fascinación, miedo y, a veces, cierta tristeza.

La historia de Panero es la historia de una España casi gris. Nació entre la catedral y el palacio episcopal de la Astorga de principios de siglo y no sería hasta 1928 cuando aparecería en el panorama poético español publicando en una revista que él mismo había creado mientras estudiaba la carrera de derecho.

Era, dicen, más humano de lo que luego se pensó. Más tierno, más sentimental de lo que jamás imaginaría su familia. También un tipo que tuvo la fortuna de pasar por las Universidades de Tours, de Poitiers y de Cambridge para estudiar lengua y literatura y la poca suerte de pertenecer a una generación, la del 36, que se quedó eclipsada por la grandeza de la anterior, la del 27.

Fue detenido y llevado a San Marcos, en León, donde todo indicaba que iba a ser fusilado

Venía de una familia conocida. De los dueños de una confitería que servía de punto de reunión de la gente de bien de Astorga. Compartía con su hermano mayor una fascinación: la poesía. Ambos habían publicado en Caballo Verde para la poesía, revista dirigida por Pablo Neruda.

En aquella época, en plena Guerra Civil, los Panero se relacionaban activamente con republicanos. Incluso en 1931 habían celebrado la República. Por eso, en octubre de 1936, Leopoldo Panero fue detenido y llevado a San Marcos, en León, donde todo indicaba que iba a ser fusilado. Sería su madre la que le salvaría.

Ella, de la familia Torbado, era pariente lejana de Carmen Polo. Cuentan que primero pidió ayuda a Unamuno, que este le dijo que cualquier cosa que dijera a favor de Leopoldo sería mala para él, y al final se presentó ante la mujer de Franco suplicándole. Ella leyó los documentos que portaba con la intención de demostrar que nunca había pertenecido a una organización como la de Socorro Rojo e intercedió por el poeta. En cuanto lo liberaron, Panero se alistó en el ejército nacional.

La familia pensó entonces que la angustia había terminado, que, así, ya estaban a salvo. Pero el 7 de agosto de 1937 Juan Panero es atropellado por un coche y los Panero se rompen en pedazos. Leopoldo le escribió este poema a los pocos días:

A ti, Juan Panero, mi hermano
mi compañero y mucho más;
a ti tan dulce y tan cercano;
a ti para siempre jamás.

A ti que fuiste reciamente
hecho de dolor como el roble;
siempre pura y alta la frente,
y la mirada limpia y noble.

Dicen que esto le llevó a transformarse, a creer realmente en un bando distinto. Ya no sólo a formar parte de él por presión, sino a hacerlo por convicción. A los dos años publicaría Adolescente en sombra (1938), recordando a su querido Juan y un año más tarde, al acabar la guerra, fue nombrado agregado cultural a la Embajada Española.

Ya en ese puesto y el plena posguerra decide casarse con Felicidad Blanc. Una hermosa mujer, republicana, escritora, que se había enamorado locamente del poeta y con la que tuvo tres hijos: Juan Luis, Leopoldo María y José Moisés, Michi, dos poetas y un escritor sin obra.

El matrimonio vivió en Londres algún tiempo, de 1945 a finales de esa década, cuando le nombraron a él director del Instituto Español. Allí, Leopoldo padre conoció a Luis Cernuda y a su homónimo republicano, Esteban Salaza Chapela.

Luego, ya en España, entró en la «misión poética», del Instituto de Cultura Hispánica, recién fundado, con Luis Rosales, Antonio Zubiaurre y Agustín de Foxá. Su misión, «propaganda y acercamiento político y cultural a los países hispanoamericanos». Sería con el primero con el que entablaría una amistad profunda gracias a las tertulias que organizaban en Madrid en el Café Lyon y donde también conocido a Gerardo Diego o Luis Felipe Vivanco.

En esa época publicó poemarios, también en revistas, era un grande de la cultura, el régimen le adoraba, y sus hijos, que veían poco a su padre, sentían una admiración muy fuerte por su profesión y la asumieron como propia. También, como sabríamos más tarde, gracias a Felicidad Blanc. Aquella mujer que se quedó en casa cuidando de los niños era cultísima y no había perdido ni un ápice de talento. Tres chicos criados por dos genios.

El asunto de tu bebida ha dado ya mucho que hablar/ también tus proezas en los burdeles»

Pero aunque Panero vendía una visión modélica de su familia, años más tarde se descubrió que de puertas hacia dentro aquello era un desastre. Aunque no se supo hasta que murió. El poeta se fue en 1962, se lo llevó una angina de pecho a los 53 años y su mujer acabó confesado que aquello habría supuesto cierto alivio. También sus hijos contarían en el documental El Desencanto (1976), que se grabó más de una década después de su muerte, las juergas que se corría su padre con Rosales a base de whisky, cómo su mujer era un cero a la izquierda, cierta violencia y cómo sus hijos eran un fraude para él.

Blanc llegó a escribir: “habrá tantas mujeres que como yo, habrán dejado que se oscureciera su inteligencia, perdida la curiosidad por todo, anuladas en su renuncia inútil. Mis hijos me han asegurado que hasta la muerte de Leopoldo no me comprendieron a mi, ni se tomaron la molestia de pensar quién era yo”.

Incluso, Juan Luis, en 1978 le dedicó este poema:

El asunto de tu bebida ha dado ya mucho que hablar/ también se han comentado tus proezas en los burdeles/ y algunos de tus amigos las suelen repetir/ adornándolas con pintorescos detalles/ En cuanto a los arranques de tu genio/ para qué mencionar lo que todos sabemos./ Sin embargo para la Historia ya eres: /cristiano viejo, caballero de Astorga/esposo inolvidable, paladín de los justos/. Sin duda un tipo raro y bien curioso.

Lo que Leopoldo Panero Torbado no vio fue el declive de su familia. El ingreso en distintos psiquiátricos de su hijo Leopoldo, los reproches de Felicidad, el odio de Juan Luis, la indiferencia de Michi. Todos los Panero, de los que ya no queda ninguno, renegando del patriarca. Todos medios tocados, medios locos, todos debiéndole a él una vocación y despreciándole como padre y esposo.