«A partir de ahora, cada vez que me entregue a un recuerdo de él, me estaré acordando de un hombre más joven que yo», escribió David Gistau (Madrid, 1970-2020) en septiembre de 2012 en el periódico El Mundo, en el aniversario de la muerte de su padre.

Él tenía entonces 42 años y llevaba 27 con esa carga que sólo tienen los que se sienten huérfanos desde la infancia. Fue esto cuando tuvo a sus hijos, su mayor temor. Le daba pánico irse. Dejarlos. Lo reflejó en varias columnas, dicen que lo comentó en alguna ocasión entre amigos y, al final, como una premonición, ocurrió el 9 de febrero de 2020.

Gistau se iba dejando cuatro hijos demasiado jóvenes, a una viuda que esperaría poder haber pasado con él muchos años más. A una madre que, como dice Sergio del Molino en La hora violeta, no es capaz de nombrarse reflejando el dolor. Se fue encumbrado como el gran columnista español, como un hombre bueno, como un capo de la mafia cuando esta se basa en cuidar a tu familia y a tus amigos.

Incumplió, sin quererlo pero temiéndolo, el único propósito de su obra desde hacía años: no morir»

DAVID LEMA

Ahora, en este primer aniversario el periodista David Lema, que compartió con él redacción en El Mundo, publica una recopilación de sus columnas. «No son necesariamente las mejores, pero sí las que ayudan a comprenderlo, en las que se ve cómo fue evolucionando y cómo fue casi desde la primera letra un hombre brillante», explica.

«Este libro se publica porque David Gistau murió como nunca nadie debiera morir. Primero, porque no pudo envejecer. Incumplió, sin quererlo pero temiéndolo, el único propósito de su obra desde hacía años: no morir prematuramente, demasiado pronto para sus hijos, como su padre había muerto antes para él», escribe Lema en la introducción de El penúltimo negroni (Debate) que sale a la venta este 4 de febrero.

Aquí se narra parte de su vida, se contextualiza su historia y sobre todo se muestra la capacidad innata que tenía de escribir opinión sin ejercer «ni de juez ni de repartidor de prestigios». «No daba lecciones de vida. Buscaba entender y relataba su búsqueda. Leía, veía y, sobre todo, sabía cómo narrarlo», continúa Lema.

Lema se propuso publicar este libro al ver cómo impactó la muerte de Gistau. «En cuanto se supo que había ingresado en el hospital noté una admiración que va más allá de lo profesional. La gente aún hoy se sigue emocionando hablando de él», asegura y añade que ha querido realizar «un retrato de lo que fue. Para sus amigos y su familia pero también para las nuevas generaciones que están ahora en la universidad, que lean lo que escribió Gistau, que aprendan de él».

Del David de Paisajes, el de La Razón, El Mundo, ABC… El que tenía la capacidad «de sentarse mirando la nada y tener una idea buenísima» o escribir con la misma fuerza sobre futbol, política o el nacimiento de su primer hijo.

Siempre he pensando que estar junto a él nos convertía a todos en personajes interesantes, dignos de un libro»

MANUEL JABOIS

Para Lema se trata de un columnista y un reportero que consiguió traspasar los géneros. «En cuanto empezó a coger algo de fama el resto de periódicos se apuntaron. Buscaron a gente joven para tener columnas como las de David pero, claro, era muy difícil llegar al lector como lo hacía él. Fue un periodista cultísimo que se bajaba a tierra a la hora de ponerse a escribir. Podía mandar a los políticos a jugar al Teto en la misma columna en la que te hablaba de filosofía».

En El penúltimo negroni se recopilan más de cien columnas, reportajes y crónicas parlamentarias que se han seleccionado de un total de 5.000. Como sentencia Manuel Jabois en el prólogo: «En este libro se encuentra una parte fundamental de David Gistau, aquella que desgranó en las páginas de los periódicos. Su mejor luz. Siempre he pensando que estar junto a él nos convertía a todos en personajes interesantes, dignos de un libro».

De todos los que le quedaron por escribir.