Cultura

Rudolf Nuréyev, el bailarín que trascendió los límites de la danza y la Unión Soviética

Imagen de archivo del bailarín ruso Rudolf Nuréyev.

Fueron titulares: «Los rojos desertan: tropas chinas desplegadas en el Tíbet se pasan a la India», «Soldado estadounidense desaparecido. Las autoridades de Alemania del Este informan de que ha desertado», «Dos yugoslavos desertan hacia Austria».

Porque hubo cientos de casos publicados de deserciones de ciudadanos de países del bloque soviético, que pedían asilo en Occidente. O viceversa. Y él también lo hizo. En 1961, el joven bailarín del Ballet Kirov de Leningrado, Rudolf Nuréyev, forzó la intervención de las autoridades del aeropuerto francés de Le Bourget para permanecer en Francia y no regresar a Moscú bajo coacciones del servicio secreto soviético. «Quiero ser libre», gritó.

Rudolf Jamétovich Nuréyev (1938, Irkutsk-Unión Soviética) nació a bordo del vagón de tercera de un tren que cruzaba Siberia con destino a Vladivostok, donde estaba destinado su padre como comisario del Ejército Rojo. Con tan solo 17 años, Nuréyev ingresó en la escuela Vaganova, y allí consiguió convertirse en el primer bailarín del prestigioso Kirov de Leningrado y trascender en los límites del mundo de la danza.

Su vida fue el movimiento. Un plié, relevé o jeté marcó la versatilidad de su cuerpo, agilidad de sus piernas y velocidad de sus pies. Del mismo modo en que lo hizo la precisión que usaba en cada pieza interpretada, o el pirouette que convirtió su vida en un gran escenario en el que interpretar una coreografía permanente.

París: la ciudad del amor, el pecado y el éxito

Su mayor pirouette fue la ciudad del amor, los éclairs y la Torre Eiffel. En 1961, las autoridades soviéticas autorizaron al ballet a realizar una gira por el extranjero, que durante varias semanas les llevaría por escenarios de París y Londres. Todo, eso sí, bajo la fiscalía de varios miembros de la KGB, el comité para la Seguridad del Estado ruso que prohibía a la compañía mantener relación o entablar siquiera conversación con ciudadanos del Occidente.

Pero Nuréyev hizo caso omiso y conoció cada esquina de Paris y sus costumbres, visitó los cabarés, fue a ver el musical West Side Story y cenó en Maxim’s. Y por todo ello pago; y no en plata.

Era una cabeza muy dura impropia para la exportación y tendría que quedarme en Rusia, castigado y oscurecido»

Rudolf Nuréyev

Sus escapadas y ‘desviaciones’ pequeñoburgesas a ojos de la Unión Soviética fueron inaceptables a su moral y a la de la seguridad nacional, que decidió que el bailarín abandonase la gira y regresase de inmediato a la URSS.

Aprovechando que la compañía debía desplazarse a Londres para continuar con sus compromisos, los agentes decidieron que el bailarín no tomase ese vuelo sino uno de regreso a Moscú. «Lo comprendí todo en el acto: jamás me dejarían volver a Europa, yo era una cabeza muy dura impropia para la exportación y tendría que quedarme en Rusia, castigado y oscurecido», recordaría Nuréyev tiempo después.

En el momento de recibir la noticia, el bailarín intentó autolesionarse con un cortaplumas ante la mirada atónita de los demás bailarines y a conciencia, aprovechó un descuido de los agentes de la KGB para zafarse contra las autoridades francesas y forzar la intervención de ambas fuerzas hasta conseguir ser trasladado a dependencias policiales, donde le fue dado a elegir su destino: permanecer en París o regresar a Moscú.

Y Paris ganó.

Imagen de archivo de Rudolf Nuréyev.

Nuréyev decidió quedarse en Francia. Primero lo hizo en paradero desconocido, evitando el acoso de las autoridades soviéticas, y dos semanas después, abrió el telón del Ballet du Marquis de Cuevas, y, aclamado, estrenó La Bella durmiente, un montaje de la mano del coreógrafo chileno, Raimundo de Larrain.

Las autoridades soviéticas declararon al bailarín enemigo de la nación rusa, lo juzgaron en rebeldía y lo condenaron a siete años de prisión; pero nada le impidió ser uno de los mejores bailarines, sino el mejor, del siglo XX.

Rudolf Nuréyev hizo cine, viajó por Estados Unidos en una reposición de la obra El Rey y yo, fue nombrado director del Ballet de la Opera de París y recibió la distinción de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras en el Palacio Garnier de París. Los éxitos del bailarín que revolucionó la danza no dejaron de crecer hasta la fecha de su muerte, el 6 de enero de 1993, tras contraer la enfermedad del sida.

Rudolf Nuréyev o ‘El cuervo blanco’

Tras éxitos como Coriolanus o The Invisible Woman, el director y actor británico Ralph Fiennes se atrevió con El Bailarín. Nuréyev, el cuervo blanco, un largometraje que relata la vida de Rudolf Nuréyev, desde su infancia, hasta su deserto, historia de amor y día de su muerte.

Nureyev era como una estrella de rock que entendía el arte como una religión»

Ralph fiennes

«Todo empezó cuando leí Rudolf Nureyev: The Life, de Julie Kavanagh, que se considera su biografía oficial hasta el punto de que creo que está aprobada por al Fundación Nureyev. La lectura me atrapó. Nureyev era como una estrella de rock que entendía el arte como una religión. Me pareció que su historia tenía muchas posibilidades como película», señalaba Fiennes durante el estreno de la película en 2019.

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