Cultura

María Casares, la "leona enjaulada" que reventó el teatro y sucumbió ante Camus

Collage de Albert Camus junto a María Casares

Albert Camus y María Casares. Carmen Vivas

Llevaba días esperando su vuelta. Él estaba pasando las vacaciones de Navidad con su mujer y sus hijos y era cuestión de tiempo que regresara a París junto a ella. Sabía que aparecería de un momento a otro, que al volver a casa se lo encontraría o que habría llamado para decir que no tardaba mucho. Se imaginaba su cara, la que pondría al verla, llevaban separados solo unos días pero llevaban 15 años observándose y eran incapaces de cansarse.

El 4 de enero de 1960, cuando María Casares (A Coruña, 1922-Alloue, Francia, 1996) subió rápido las escaleras de su casa, nerviosa, pensando que quizás era el día, se dio cuenta de que algo fallaba, algo se respiraba distinto. Nada más entrar, le dieron la noticia, Albert Camus había muerto en un accidente de coche y se llevó con él una parte de la actriz española.

La vida de María Casares transcurrió en dos escenarios. Siempre en el de los teatros y durante muchos años en el de París, agarrada de la mano de Albert Camus. Hija de Santiago Casares Quiroga, último presidente del Consejo de Ministros de la República, tuvo que huir de España cuando comenzó la Guerra Civil y vivió el resto de su vida en una Francia que incluso el tiempo que estuvo invadida por los alemanes le dio toda la libertad que necesitaba.

El nombre de Casares será borrado de todos los registros. Siendo indigno de figurar en el Registro Oficial de Nacimientos»

Su historia, la de su familia, la de su apellido, intentaron borrarla. “El nombre de Casares será borrado de todos los registros. Siendo indigno de figurar en el Registro Oficial de Nacimientos, que se lleva en el juzgado municipal, instituido para seres humanos y no para alimañas. En el acta del colegio de abogados y en cuantos libros figure el nombre repugnante de Casares deberá procederse asimismo a borrarlo, de forma que las generaciones futuras no encuentren más vestigios suyos que su ficha antropométrica de forajido”, dijo José María de Arellano cuando el franquismo se hizo con las instituciones.

Pero su imparable carrera como actriz, es especial durante la década de los 40 y 50, provocó que su nombre sonara con tanta fuerza que la intención de los sublevados quedó solo en eso, en intención. Ahora, la escritora francesa Anne Plantagenet (1972, Joigny, Francia) publica La única (Alba Editorial) una especie de biografía que recorre su vida, su pasión y sus amantes. Lo hace gracias a toda la correspondencia de Casares con Camus, a todos los datos que se guardaron sobre la gran actriz española que conquistó París, a todo lo que ella escribió y quedó guardado para la historia.

«La correspondencia fue para mí una base de trabajo muy interesante porque hay mucha información dentro de estas cartas pero también me sirvió mucho la autobiografía que publicó María Casares en 1980, Residente privilegiada, un enorme libro de memorias donde ella habla mucho de su infancia en Galicia y de sus años en Madrid. De sus dos exilios», explica Plantagenet a El Independiente.

Portada de ‘La única’, de Anne Plantagenet.

Casares se autodenominó «leona enjaulada» y quizás si que fue una fiera a la que intentaron encerrar muchas veces. Había nacido en A Coruña en 1922 y vivió en la rúa Panaderas hasta que en 1931 su familia se trasladó a Madrid ante el cargo que debía asumir su padre como ministro de Marina. Dicen que allí comenzó su amor por el teatro, también que no le dio tiempo a hacerse con la ciudad porque en mayo de 1936 tuvo que salir en tren hacia Francia. La Guerra Civil acababa de empezar.

«Entra en Francia con su madre y el amante de esta, Enrique, que no mucho más tarde también se convertirá en el amante de María, el primero de una larga lista», añade la autora que también cuenta como su padre, el gran político español, tardó más tiempo en llegar porque se quedó en España esperando que la guerra se disolviese a su favor.

También que la obsesión de ella por el teatro fue cada vez a más en París y que justo cuando iba a tener su primera audición para el Théâtre des Noctambules, con su padre ya en la ciudad, se vio obligada a montarse en un tren porque los alemanes ya pisaban fuerte por casi todos los distritos. «¿Cuántas guerras se pueden perder en una vida cuando sólo se tienen 17 años?», escribió tras ese 12 de junio en el que la tuvieron que subir en volandas en un tren.

Pero no tardó en volver y en ver que posiblemente empezar como actriz no era tan fácil como había pensado. Se presentó al Conservatorio y, como escribió ella y recoge este libro, le dijeron que no por «demasiado acento, demasiado nerviosa, demasiado joven, demasiado bárbara y demasiado extranjera».

Aunque estas críticas a Casares más que hundirla, la elevaron. Quiso ser todo aquello que pensaron que no estaba a su alcance. Moduló su voz, leyó todo lo que pudo y volvió a presentarse varias veces, hasta que la tercera vez quedó en segunda posición. Tenía 19 años y comenzaba su carrera.

Un temperamento excepcional! ¡Una naturaleza de artista como pocas veces se revela a lo largo de un siglo! ¡La tragedia corre por sus venas!»

Poco tiempo más tarde, justo antes de cumplir los 20, debutó en un escenario. Fue la protagonista de Deirdre de los pesares, del irlandés John Millington Synge, las críticas fueron increíbles. » ¡Hacía mucho que no se veía nada igual!», «Un temperamento excepcional! ¡Una naturaleza de artista como pocas veces se revela a lo largo de un siglo! ¡La tragedia corre por sus venas!», dijeron los diarios.

Fue allí, durante esos ensayos, donde conoció a una amiga que la invitó a «un acto de resistencia histórica». En una casa estaban reunidos Sartre, Beauvoir, Leiris, Queneau, Lacan, Bataille… Y Camus que se puso a leer en alto. Fue su voz, contó después, el acento, el verle extranjero como ella lo que le cautivó. Poco tiempo después, le ofrecieron un papel en El malentendido y al ver al director lo reconoció enseguida. Desde aquel momento, les empezó a costar separarse.

Eran la actriz y el escritor y sus nombres, por separado, ya empezaban a sonar con fuerza. Pasaron noches y noches juntos y aunque él estaba casado no tuvo pudor en andar por la calle de la mano de su amante. Como se narra en este libro «el 5 de junio de 1944, tras un ensayo de El malentendido, Albert Camus lleva a María Casares a una fiesta organizada por Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir en casa del director, actor, profesor y gerente teatral Charles Dullin, en el 49 de la calle Tour-d’Auvergne». Ni miedo ni vergüenza.

El nombre de Casares se hacía cada vez más famoso. Tanto que el embajador de España en Francia de la época, José Félix de Lequerica, se puso varias veces en contacto con ella para que volviese a España a actuar en un teatro de Madrid. Ella se negó, igual que se negó a comer con altos miembros del ejército alemán, que le mandaban flores a casa, y siguió. Siempre con Camus.

Empezó en lo más profundo de mi vida una vida nueva que acabó abarcándolo todo; hace seis años comprendí, en una noche ligera y brillante, que te amaba

Sólo pasaron unos años separados. Cuando Casares pensó que aquello no era para ella, ni la mujer ni los hijos ni el segundo plano, pero se volvieron a encontrar y ya si que jamás se soltaron la mano, aunque él agarró muchas más durante los años que pasaron juntos. «Empezó en lo más profundo de mi vida una vida nueva que acabó abarcándolo todo; hace seis años comprendí, en una noche ligera y brillante, que te amaba; y este amor, pese a todas las discordias, se ha elevado a través de los años para convertirse en el orgullo y la justificación de mi vida», le escribe el 6 de junio de 1950.

Ella continuó haciéndose grande en el teatro, protagonizó decenas de obras, alguna película aunque quiso estar siempre lejos del cine. Hizo de París su casa. Allí se quedó huérfana, allí vio cómo su país tiraba adelante con una dictadura que a ella la había dejado sin raíces, sin casa y casi sin apellido. Su nombre en Francia era endiosado gracias a obras de Camus como  El estado de sitio y Los justos, y a protagonizar otras tantas de Jean Cocteau, Jean Anouilh, Jean Paul Sartre, Gerard Philipe o Jean Louis Barrault. Mientras que en París era una de las musas del existencialismo francés, en España era solo la hija de un antiguo político de aquella fallida república.

Fue casi feliz, según sus cartas, según sus recuerdos, en ese estrellato artístico y siempre pendiente de Camus. Pero aquel 4 de enero de 1960 todo se rompió en dos. El escritor y dramaturgo murió en un accidente de coche y ella se quedó sin alma durante años.

Como bien explica Plantagenet en esta biografía, hay un antes y un después para Casares. «La muerte de Camus le llega en mitad de la vida. Ella tenía 37 años y murió a los 74. Las cosas fueron muy distintas después de aquello, algo se rompió, se quebró en ella y aunque después de él conoció amores, fueron todos muy destructivos y violentos, con hombres que la maltrataban. Aunque siguió actuando hasta que el cuerpo se lo permitió a mi me parece que fue una tragedia que no superó, más bien sobrevivió pero no volvió a vivir igual», afirma.

Siguió haciendo teatro, obra tras obra. Era la gran actriz trágica. La gran actriz española. No volvió a este país hasta que Franco hubo muerto y la democracia era ya una realidad.  Fue en 1976 y de la mano de otra exiliado, Rafael Alberti, para representar El adefesio en varias ciudades. En Murcia el público se levantó, le tiró flores y la ovacionó durante varios minutos.

Descubrió que ya no era su país y que también se sentía exiliada aquí. Ella fue sobre todo una actriz de teatro y no quedan apenas grabaciones de sus actuaciones sobre los escenarios

«Creo que en España es poco conocida, se conoce más a su padre que a ella. Es injusto pero es normal porque toda su vida estuvo en Francia y cuando volvió por primera vez, cuarenta años después de irse, las cosas no fueron muy bien para ella», explica la autora y asegura que a su vuelta, España ya no era lo que ella recordaba. «Descubrió que ya no era su país y que también se sentía exiliada aquí. Ella fue sobre todo una actriz de teatro y no quedan apenas grabaciones de sus actuaciones sobre los escenarios. Las cosas hubieran sido distintas si ella hubiese sido una gran actriz de cine», añade.

Aunque asegura que su libro ha sido recibido con mucho interés en el panorama literario español y que sabe que hay un documental sobre ella en marcha. También que el año que viene A Coruña pretende homenajearla por el centenario de su nacimiento. «Y me gusta la idea porque su vida fue dura. Superó muchas dificultades y tuvo que construirse a través de distintas identidades sucesivas. Nació gallega, como María Victoria Casares, y murió francesa, como Maria Casarés, y para eso recorrió un largo camino. Y no sé si tuvo una vida muy feliz», sentencia.

Te puede interesar

Comentar ()