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Leduc, alabada por De Beauvoir y Camus, y víctima de la homofobia

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Leduc, alabada por De Beauvoir y Camus, y víctima de la homofobia

«Mi caso no es único: tengo miedo de morir y me desgarra estar en el mundo. No he trabajado, no he estudiado. He llorado, he gritado. Las lágrimas y los lamentos me han llevado mucho tiempo. La tortura del tiempo perdido en cuanto reflexiono me han llevado mucho tiempo». Estas son las primeras líneas de La bastarda y la carta de presentación de su autora, Violette Leduc (n. en Arras el 7 de abril de 1907 – f. en Faucon el 28 de mayo de 1972).

Este libro que ha desempolvado Capitán Swing para reivindicar a una escritora cuyo legado no se recuperó hasta la década de 1990, narra la búsqueda de la identidad de la propia Violette Leduc, a través de las relaciones sentimentales que establece con hombres y mujeres. Cuando La Bastarda vio la luz originariamente en 1964, sin que la censura metiera cortes, se comparó a su escritora con Jean Genet, por su audacia a la hora de hablar de relaciones sexuales y comportamientos que en la época eran considerados inmorales.

Pese a que la sociedad del momento no estuviera de su parte, escritores de la talla de Simone de Beauvoir, Albert Camus o Jean-Paul Sartre elogiaron el trabajo de Violette Leduc. De hecho, la propia De Beauvoir escribió el prólogo de La bastarda: «Desde las primeras páginas, la autora nos agobia con el peso de las fatalidades que la han modelado», escribe Simone de Beauvoir.

Para conocer a Violette Leduc hay que remontarse a una infancia marcada por el sentimiento de culpa que le inculcó su madre, y por el rencor hacia la misma después de que contrajera matrimonio con un hombre que no era su padre. «Desde entonces la atemorizaron todas las conciencias, porque tenían el poder de transformarla en un monstruo, así como todas las presencias, porque podían fundirse en ausencia», cuenta la autora de El segundo sexo.

Por suerte, el cariño y cuidado que le brindó su abuela la salvaron de su propia destrucción, aunque no evitaron que se encerrara en sí misma, «y por angustia, por decepción, por rencor, eligió el narcisismo, el egocentrismo, la soledad», apunta De Beauvoir.

Violette Leduc escribe en La bastarda que «mi fealdad me aislará hasta la muerte», una interpretación que, a Simone de Beauvoir no «satisface», ya que nos cuenta la pasión que inspirará Leduc en Isabelle, Hermine, Gabriel y Maurice Sachs, personas a las que una «enorme nariz» no apartó de su lado.

Sin embargo, más que esta supuesta fealdad, lo que sí alejó a estos amantes de Violette Leduc fue ella misma. «Cuando, uno después del otro, la dejan para siempre, se desespera; y, sin embargo, ha logrado su objetivo», escribe Simone de Beauvoir. Para esta, la autora de La bastarda es una mujer que solo quería acabar con esos vínculos.

Aun así, Simone de Beauvoir confiesa que, en realidad, Violette Leduc «tiene necesidad de amar», y que lo que necesita, en realidad, es una persona «que no la moleste con su presencia, y a quien ella pueda dar todo sin que le tome nada». Este ideal se materializa en su adorada Fidéline, y en Isabelle, «a quienes invoca, acaricia sus imágenes y se prostra a sus pies. Su corazón se enloquece por Hermine ausente y ya perdida. Se enamora súbitamente de Maurice Sachs, y más tarde de otros dos homosexuales», nos recuerda.

Comprendió que la creación literaria podría servirle de salvación

Por curioso que parezca, Violette Leduc detestaba los libros en su más tierna infancia, al igual que su madre. Simone de Beauvoir menciona en ese prólogo que la autora «prefería robar un repollo detrás de un carro, recoger hierba para los conejos, reír y vivir». Tras acercarse a su padre, apareció en ella el sentimiento de admiración hacia los relatos que descubría pasando páginas. «Brillantes y sólidos, ellos encerraban bajo sus tapas satinadas, mundos en los que lo imposible se torna posible».

En su afán por conocer más de la profesión de escritora, decidió mudarse a París en 1926. Ese mismo año no aprobó el examen de ingreso en el Lycée Racine, por lo que comenzó a trabajar como operadora telefónica y secretaria en la editorial Plon. Más tarde sería empleada de una productora cinematográfica donde aconsejó en la redacción de guiones. «Inmediatamente comprendió que la creación literaria podría servirle de salvación», sostiene Simone de Beauvoir.

Violette Leduc conoció a Maurice Sachs y Simone de Beauvoir, quienes la animaron a escribir su primera novela, L’Asphyxie, que fue publicada por Albert Camus en Gallimard y elogiada por Jean-Paul Sartre, Jean Cocteau y Jean Genet. En 1955, Leduc fue obligada a eliminar parte de su novela Ravages, debido a los pasajes sexualmente explícitos que describían escenas de lesbianismo. Los fragmentos censurados fueron finalmente publicados como una novela, Thérèse e Isabelle, en 1966.

«Su principal heroína es ella misma. Sus protagonistas, sin embargo, existen intensamente. Una entonación de voz, un fruncimiento de cejas, un silencio, un suspiro, todo es promesa o rechazo, todo tiene un tono dramático para quien se compromete tan apasionadamente en su relación con el prójimo», expone Simone de Beauvoir. Esta, añade que toda la obra de Violette Leduc podría titularse L’Asphyxie, puesto que es sinónimo de confinamiento: «Por momentos, estalla su buena salud y destroza las mamparas, libera el horizonte, se escapa, se abre hacia la naturaleza y las rutas se despliegan a sus pies».

El erotismo es un elemento clave en los libros de Leduc, aunque nunca recurre a él de forma gratuita o por provocación. Debido a la crueldad con que le trataba su madre, concibe su sexo como una maldición. Una vez alcanzada la adolescencia, combinó ese narcisismo ya mencionado, con el tiempo que pasaba en brazos de su amada Isabelle, quien le descubrió el verdadero significado del placer: «Se sintió fulminada por la transformación de su cuerpo en delicias», sostiene De Beauvoir. «Entregada al género de amores que se califica de anormales, ella los ha reivindicado».

En sus obras, Violete Leduc utiliza un lenguaje «sin afección ni vulgaridad» que a De Beauvoir le resulta «notablemente logrado». Aun así, como se ha enunciado unas líneas atrás, la censura evitó que algunas palabras de la autora no llegaran a los lectores. Los censores «han suprimido de Ravages el relato de sus noches con Isabelle. Los pasajes tachados han sido reemplazados aquí y allá por puntos suspensivos».

Sin embargo, La Bastarda se ha librado de estos cortes, puesto que el episodio más sugerente presenta a Violette y a Hermine recostadas ante la atenta mirada de un voyeur. «La audacia contenida de Violette Leduc es una de sus cualidades más conmovedoras, pero la que sin duda la ha perjudicado: escandaliza a los puritanos, y los groseros no encuentran lo que buscan», cuenta Simone de Beauvoir.

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