Todo empezó, o acabó, con la muerte de Kate. La hija mayor de Jane Birkin se suicidó hace ya casi 10 años dejando a una familia, que ya estaba rota de por sí, a la intemperie. Una de sus hermanas, Charlotte, huyó a Nueva York y su madre se quedó aún más enganchada a los ansiolíticos creando entre ellas una distancia no sólo física sino profundamente sentimental.

A Charlotte, que la voz no le quebró al cantar con 12 años Lemon Incest junto a su padre, el polémico artista Serge Gainsbourg, y tampoco cuando millones de personas la vieron protagonizando Nymphomaniac en pantalla grande; se le corta cuando empieza a preguntarle a su madre sobre su relación.

Están en Japón, después de uno de los conciertos de Birkin, y a los pocos minutos su madre se negó a continuar. “Se asustó con mis preguntas, no se las esperaba, habrá pensado que la iba a acusar de algo, se negó a continuar, me dijo que dejara de seguirla, y yo me sentí tan avergonzada que durante mucho tiempo no quise ni siquiera ver aquella primera charla”.

Jane por Charlotte, que también podría haberse llamado Charlotte por Jane reencuentra a los dos en su versión más íntima

Pero consiguieron retomarla y transformarla en un documental que el pasado 11 de marzo vio la luz en España a través de Filmin. Jane por Charlotte, que también podría haberse llamado Charlotte por Jane reencuentra a las dos en su versión más íntima. Es la primera vez que la hija de Gainsbourg trabaja como directora y, también, la primera que se engancha profesionalmente con su madre.

«Mi idea es mirarte como nunca me he atrevido», le dice a su madre y comienzan a especular el porqué de tanta frialdad durante años. Que si con sus hermanas no había tanto pudor, que si con su padre ella se llevaba mejor. «Me intimidabas, me sentía privilegiada de estar en tu presencia», le dice Jane a Charlotte.

Y cambian de escenario. Van a Bretaña, a la casa que Birkin tiene dando al mar. Allí los objetos se acumulan como si la cantante tuviese «una leve enfermedad». «Soy incapaz de deshacerme de nada, tengo la barbacoa que me regaló tu padre en la entrada. Le faltan piezas pero no puedo tirarla. Me pasa también con las personas, me habría encantado disecar a mi padre, a tu abuelo», confiesa Birkin.

Y es cuando empiezan a hablar de Kate. Charlotte proyecta contra la pared las imágenes grabadas por sus padres con una Súper-8 y Jane no es capaz ni de mirar de reojo. «No puedo verlo, nunca las he vuelto a ver y no lo voy a hacer ahora», le dice a su hija. Y comienza la confesión.

«La culpa dura años y años. No fui una madre responsable. Era una madre infantil, como una amiga. No pensé bastante en vosotras», le dice. «De eso (la muerte de Kate) desaparecí y al final como no está la incluyes en la conversación, hay cierta glorificación, como si estuviese en un pedestal», continúa.

Y es cuando su hija le da el alivio que ella estaba buscando. Le dice que hizo lo que tenía que hacer, que ella también se fue, que se despreocupe y de ahí a la casa de Gainsbourg.

Al que le debió ocurrir lo mismo que a su exmujer. Su hija Charlotte no ha tocado nada desde que el cantante y compositor muriera en 1991 y parece un auténtico museo desordenado. Cuadros, instrumentos, pitillos en los ceniceros, bebidas en la nevera, pinturas, esculturas, alfombras, discos… todo se amontona y aparece Birkin. O más bien su torso cincelado.

«Vivimos aquí 12 años y está igual. Cuando mandó hacer esta escultura se la entregaron y estaba áspera y la pulieron, me acuerdo perfectamente. Vivíamos sin casi protección, era raro, porque éramos muy conocidos», le cuenta a su hija que va a convertir ese lugar en un museo en honor a su padre.

Y así cierra ciclo, ha contado después. Termina con el documental de su madre y se libera de su padre. «No ha sido fácil» y menos con Jane a la que dedica una carta en voz en off mientras ella camina. «Cuanto más te miro, más te quiero. Siempre lo he hecho pero ahora te entiendo. Quiero ser como tú».