Cultura

La última 'Barraca' de Lorca

El telón se cerró para siempre, y aquel teatro errante y gratuito que recorría las tórridas carretas de Castilla, las rutas polvorientas de Andalucía y todos los demás caminos que atraviesan los campos españoles, a bordo de «la bella Aurora», quedaron en la memoria de quienes visitaban las plazoletas y sus tablados, y tingladillos de guiñol en busca de las más célebres líneas de Cervantes, Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. Porque sus obras, bajo el paradigma de la instrucción pública que movió los años republicanos, fueron el motor que impulsó a Federico García Lorca (Fuente Vaqueros, 1898 – Granada, 1936), junto al artista, escritor y escenógrafo, Eduardo Ugarte, a crear La Barraca dentro del fenómeno del teatro universitario de vocación popular que floreció esos años, y que incluye también a El teatro del pueblo, de Alejandro Casona y las Misiones Pedagógicas, o a El Buho, dirigido por Max Aub: «Toda nuestra primera aventura -a esto no se le puede llamar temporada-  será eso: teatro clásico, que llevaremos al pueblo. Tenemos que ser nosotros, los istas, los snobs, quienes desempolvemos el oro viejo sepultado en las arcas», explicaba el propio García Lorca.

Creado en 1931, al comienzo de la Segunda República, y puesto en marcha en el verano de 1932, el grupo de teatro contó con el apoyo del por entonces Ministro de Instrucción Pública, Fernando de los Ríos, antiguo profesor de Lorca en la Universidad de Granada, que encarnaba lo que él mismo llamó en uno de sus ensayos «el sentido humanista del socialismo»; y con estudiantes de Filosofía y Letras que colaboraban con la dirección literaria, y estudiantes de Arquitectura que se encargaban de la parte técnica: «El Teatro Universitario propone la renovación, con un criterio artístico de la escena española. Para ello se ha valido de los clásicos como educadores del gusto popular; nuestra acción, que tiende a desarrollarse en las capitales, donde es más necesaria la acción renovadora, tiende también a la difusión del teatro en las masas campesinas que se han visto privadas desde tiempos lejanos del espectáculo teatral».

Ni los republicanos laicistas ni los católicos más retrógrados entendieron que La Barraca echara a andar con un auto sacramental de Calderón de la Barca; y daba igual si quienes lo admiraban como ‘el Homero español’, leían los medios nacionales que lo acusaban de mantener relaciones homosexuales con los componentes del teatro estudiantil. «También el Estado da dinero para La Barraca donde Lorca y sus huestes emulan las cualidades que distinguen a Cipiriano Rivas Cherif, su ‘protector’. ¡Qué vergüenza y qué asco!», bramaba la revista satírica El Duende, a la que se sumaba la falangista F.E., que acusaba también a los ‘barracos’ de llevar una vida inmoral, de corromper a los campesinos y de practicar «el marxismo judío».

Porque para Lorca solo importaba «su obra», «la obra que me interesa, que me ilusiona más todavía que mi obra literaria, como que por ella muchas veces he dejado de escribir un verso o de concluir una pieza, entre ellas Yerma, que la tendría ya terminada si no me hubiera interrumpido para lanzarme por tierras de España en una de esas estupendas excursiones de mi teatro». Nada de aventuras vanguardistas o veleidades en exceso, ni modernas inalcanzables para un público tan simple como el que se quería buscar. Pero aquel día el telón iba a cerrarse para siempre. Hace ahora 86 años. Y ni Lorca ni Ugarte lo sabían. Tampoco podían imaginárselo.

Tras la sublevación militar que dio origen a la Guerra Civil Española y el asesinato del poeta por socialista, homosexual y masón, según el informe policial que afirma que «fue sacado del Gobierno Civil por fuerzas dependientes del mismo y conducido en un coche al término de Viznar (Granada) y en las inmediaciones del lugar conocido como Fuente Grande, junto a otro detenido cuyas circunstancias personales se desconocen, fue pasado por las armas después de haber confesado», La Barraca se paralizó y sus miembros se escindieron en dos bandos y se dispersaron, atendiendo labores más apremiantes. Miguel Hernández fue nombrado director en 1937 para reorganizar el proyecto, pero la desarbolada situación de la Segunda República en el conflicto hizo que se abandonase de nuevo.

Las huellas de La Barraca

El espíritu de La Barraca se ha recuperado, en parte, por la iniciativa Las huellas de La Barraca, un proyecto puesto en marcha en 2005 por Acción Cultural Española y con dirección de César Oliva, que promueve que compañías de teatro no profesionales presenten sus obras.

“Es toda una experiencia ver representados los clásicos por estudiantes Erasmus que aportan sus diferentes acentos”, explica Charo Otegui, Presidenta de Acción Cultural Española, una de las entidades organizadoras, que añade que la idea de hace casi 90 años sigue viva, “hemos estado en 12 comunidades autónomas y en centros penitenciarios con muchísimo éxito (…) porque el teatro sigue siendo algo novedoso para pequeños y mayores”. Son las aventuras de los nuevos “barracos” en pleno siglo XXI.

Las huellas de La Barraca obtuvieron en 2010 el Premio Dionisos, establecido por el Centro UNESCO de la Comunidad de Madrid, para premiar proyectos teatrales con repercusión social.

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