// TODO: Revisar qué hace the_post_thumbnail_creditos Primera Guerra Mundial: Muerte a las 10:59: la última bala de la Gran Guerra

Soldados canadienses entrando en Cambrai en octubre de 1918. William Rider-Rider

Historia100 años del final de la Primera Guerra Mundial

Muerte a las 10:59: la última bala de la Gran Guerra

Solo un minuto antes del final de la contienda, el estadounidense Henry Gunther se convirtió en la última víctima de la guerra más mortífera que el hombre jamás había conocido

El diario The Sun lo definió como “el mejor día de la historia del mundo”. El júbilo se extendió por las ciudades de todo el planeta. Incluso, en los campos de batalla, el odio aniquilador dio paso a estampas de una fraternidad emotiva.

A ambos lados de la tierra de nadie, las trincheras entraron en erupción. Hombres con uniformes caqui salieron de las trincheras norteamericanas y otros de uniforme gris surgieron de las alemanas. Desde mi posición vi como lanzaban sus cascos al aire, arrojaban sus armas y movían sus brazos. Entonces, a lo largo de todo el frente, los dos grupos comenzaron a aproximarse por la tierra de nadie. De repente, los uniformes grises se mezclaron con los marrones. Pude ver cómo se abrazaban, bailando y saltando”, describrió el piloto norteamericano Eddie Rickenbacker, que pudo ver aquella secuencia desde el aire.

Eran las 11 horas del día 11 del mes 11 de 1918 y la guerra más mortífera que el hombre jamás había conocido llegaba a su fin.

Entre quienes festejaban en ese momento el final de más de cuatro años de horror no se encontraba el soldado Henry Nicholas John Gunther. Solo un minuto antes, a las 10:59, una bala, la última bala de la Gran Guerra, había segado su vida.

Gunther había sido degradado por criticar las condiciones en el frente y se obsesionó con aquella deshonra

Para entonces hacía horas que por el frente se había extendido la noticia más esperada: Alemania y los ejércitos aliados habían firmado un armisticio que entraría en vigor ese mismo día a las 11 de la mañana. Habían pasado 1.597 días desde que el asesinato del archiduque austriaco Francisco Fernando hizo descargar sobre Europa los odios alimentados durante años y ahora el final de aquella barbarie aparecía como una meta claramente definida en el horizonte. Un horizonte muy cercano. Solo había que esperar.

Y esa, la de esperar, fue casi la única misión que recibieron aquella mañana las tropas apostadas a ambos lados del extenso frente de batalla. En aquella larga contienda, que había regado los campos de batalla con la sangre de los cerca de 10 millones de combatientes muertos, haber sobrevivido hasta aquellos últimos instantes de la guerra suponía casi un milagro. Y con el desenlace de la misma ya escrito, jugarse la vida en una acción postrera parecía una temeridad innecesaria.

No pensaba lo mismo Gunther. Aquel soldado estadounidense de 23 años encaraba el final de la contienda urgido por la necesidad de redimirse. Poco antes, una carta a sus amigos en la que criticaba las condiciones en las que se encontraban los soldados en el frente y les instaba a no enrolarse en el ejército cayó en manos de los censores y le costó su degradación de sargento a soldado raso.

Para Gunther, de origen germano, aquella humillación resultaba insoportable y se obsesionó con la posibilidad de que la acusación de traidor, de haber simpatizado con los alemanes, le persiguiera a su regreso a casa. Por eso, cuando su unidad volvió a entrar en acción, aquel 11 de noviembre de 1918, “Gunther debe haber sido impulsado por el deseo de demostrar, incluso en el último minuto, que era valiente y completamente estadounidense”, escribió el periodista James M. Cain, tras entrevistarse con sus compañeros.

La unidad de Gunther se situaba en los alrededores de la localidad de Ville-devant-Chaumont, al norte de Verdún, una posición que el ejército alemán mantenía controlada con dos ametralladoras. Allí, cuando faltaban escasos minutos para las 11 de la mañana, Gunther se levantó repentinamente con su rifle y comenzó a correr a través de una espesa niebla.

Sus compañeros le gritaban que se detuviera. Y lo mismo hacían los alemanes, que trataron de explicarle que la guerra estaba a punto de terminar. Pero Gunther no atendió a ninguna de estas razones y siguió avanzando, al tiempo que disparaba contra las posiciones alemanas. Tras varios tiros por encima de su cabeza, tratando de hacerle retroceder, finalmente, un disparo de una ametralladora alemana le acertó y acabó al instante con su vida. A título póstumo le sería restaurada la condición de sargento.

Placa en recuerdo de Henry Gunther en la localidad estadounidense de Baltimore.

Placa en recuerdo de Henry Gunther en la localidad estadounidense de Baltimore.

La de Gunther sería la última muerte de aquella cruenta guerra, pero no sería la única en aquellas horas de espera hasta la entrada en vigor del armisticio. Según detalla el historiador Joseph Persico en su obra Eleventh Month, Eleventh Day, Eleventh Hour: Armistice Day, 1918: World War I and Its Violent Climax (Random House, 2004)en aquellas casi seis horas los dos bandos en liza sufrieron cerca de 11.000 bajas, de las que 2.738 fueron muertes. Y, según sus investigaciones, cerca de 7.000 personas habrían podido salvar la vida si los aliados hubiesen aceptado el alto el fuego propuesto por el ejército alemán el 8 de noviembre.

Pero en aquel momento, los aliados no tenían otro objetivo que sellar la derrota definitiva de Alemania. Había costado muchos esfuerzos situar al ejército del káiser al borde de la postración. Y ahora no estaban dispuestos a otorgarle el mínimo respiro que pudiera servirle para recobrar la vitalidad.

De la esperanza al hundimiento

No podía olvidarse que solo cinco meses antes los aliados se habían visto casi perdidos. Con las tropas alemanas a menos de 100 kilómetros de París -desde donde podían bombardear la ciudad, gracias al espectacular cañón Pariser Kanonen), el Gobierno francés preparaba su traslado hacia el sur del país, mientras políticos y generales galos y británicos urgían a los dirigentes estadounidenses a acelerar el envío de sus tropas. “Si Estados Unidos se retrasa ahora, puede que llegue demasiado tarde”, escribió a inicios de la primavera el primer ministro británico, David Lloyd George, al presidente estadounidense, Woodrow Wilson.

Para Alemania, el año 1918 había arrancado con buenas nuevas. El tratado de Brest-Litovks, por el que se había firmado la paz con la Rusia soviética, había permitido a las fuerzas dirigidas por Erich Ludendorff, acabar con el desafío que suponía mantener la guerra en dos frentes y centrar sus esfuerzos en el frente occidental, con la idea de dar un golpe de mano definitivo en la guerra.

A inicios de la primavera, tras el traslado de tropas, Alemania llegó a oponer 192 divisiones frente a 156 de los aliados. “Numéricamente, la situación nunca había sido tan prometedora para los germanos”, escribe Peter Hart en su obra La Gran Guerra (1914-1918): Historia militar de la Primera Guerra Mundial (Crítica, 2014).

La paz con la Rusia soviética permitió a Alemania centrar sus esfuerzos en el frente occidental

Era necesario, no obstante, actuar rápido, pues se esperaba que en cualquier momento arribasen al frente nuevas fuerzas aliadas, provenientes de Estados Unidos, que había declarado la guerra a Alemania el verano anterior, y aún se encontraba preparando su intervención en Europa. Así, el 24 de marzo de 1918 Ludendorff ponía en marcha la primera de una serie de ofensivas que debían permitir a Alemania alzarse con la victoria definitiva.

Sobrepasadas por el avance arrollador del ejército alemán, las tropas francesas y británicas se vieron entonces constantemente forzadas a retroceder, cediendo centenares de kilómetros. El riesgo de derrumbe parecía evidente. “Estamos con la espalda contra la pared y todos nosotros debemos luchar hasta el final, conscientes de que la nuestra es una causa justa. La seguridad de nuestros hogares y la libertad de la humanidad dependen de la conducta que cada uno de nosotros adopte en este momento crítico”, espetaría a sus hombres, por aquellos días, el mariscal de campo británico Douglas Haig.

Pero lo cierto es que los diversos ataques alemanes, erráticos en cuanto a sus objetivos, perderían pronto su impulso, ralentizados por la resistencia enemiga, el agotamiento de sus hombres y las dificultades de abastecimiento en un frente cada vez más estirado. Incapaces de alcanzar posiciones de auténtico valor estratégico aquella lucha devino en “un viaje sangriento a ninguna parte”, en palabras de Álvaro Lozano, autor de La Gran Guerra (Marcial Pons, 2014).

Poco a poco, el desánimo fue calando entre los soldados alemanes. “Una vez más el final de la guerra había retrocedido a un futuro distante, una vez más las hecatombes no habían hecho más que prolongar desgraciadamente el frente; ¿y cómo podía lo que no se había logrado en el primer gran ataque, lanzado con todos los recursos, totalmente por sorpresa con tremendas cortinas de fuego de la artillería, conseguirse ahora con fuerzas mucho más débiles, consistentes en gran parte en divisiones diezmadas y exhaustas?”, se preguntaba el historiador alemán Gerhard Ritter, por entonces uno de los millones de jóvenes soldados que exponían su vida en el frente.

El fracaso de la ofensiva y la llegada de tropas estadounidense sembraron el desánimo entre los alemanes

Y si la situación en el frente resultaba preocupante para Alemania, más aún lo era la coyuntura interna, donde años de esfuerzos para sostener una lucha que se había planteado como breve se habían traducido en escasez de alimentos y suministros de todo tipo -agudizada por el bloqueo al que le sometían las fuerzas navales británicas-, la economía se resquebrajaba y la conflictividad social se multiplicaba, con el auge de movimientos revolucionarios, alentados por el éxito bolchevique en Rusia.

Mientras, la paulatina incorporación de fuerzas norteamericanas al ejército aliado provocó un impulso moral muy superior a la verdadera entidad de unas tropas aún limitadas y, en muchos casos, poco preparadas para el tipo de batalla que allí se libraba. Pero la combinación de los ánimos renovados de un lado con el agotamiento del otro creaba el entorno propicio para un contraataque aliado que no se hizo esperar y que día tras día iba devolviendo a las fuerzas que dirigía como comandante en jefe el francés Ferdinand Foch no solo el terreno perdido en las semanas precedentes, sino territorios que permanecían bajo dominio alemán desde los primeros compases de la guerra.

Representación de la participación estadounidense en la batalla de Chateau Thierry.

Representación de la participación estadounidense en la batalla de Chateau Thierry.

Alemania encajaba derrota tras derrota y parecía evidente que la guerra estaba sentenciada. “Nuestra maquinaria de guerra ya no era eficaz. Nuestra capacidad de combate se había resentido, aunque la inmensa mayoría de las divisiones seguían combatiendo heroicamente”, escribía a mediados de agosto Ludendorff, que ya por entonces empezaba a alentar la posibilidad de solicitar un armisticio.

Sin embargo, la lucha proseguiría durante los siguientes meses, tan encarnizada como lo había sido hasta entonces. “La guerra se encontraba ya en sus últimas fases, pero las listas de bajas seguían creciendo vertiginosamente. La guerra no había resultado nunca más dolorosa”, escribe Hart, quien describe cómo todos los ejércitos en liza se seguían consumiendo en sangrientas batallas por un palmo de terreno: “Parecía la guerra del fin del mundo”.

Con Alemania al borde del colapso, los movimientos en favor de un alto el fuego fueron ganando en intensidad. Y la sucesiva rendición de sus socios de contienda -el Imperio de Austria-Hungría, el Imperio otomano, Bulgaria- no hacía sino acrecentar la sensación de que no valía la pena seguir luchando. El 10 de noviembre, el káiser alemán Guillermo II partía hacia el exilio.

El armisticio final

Los alemanes consideraban que, sin haber sido derrotados en el campo de batalla, tenían derecho a unas condiciones honrosas, pero los líderes aliados sentían que tenían en su mano aplastar a su enemigo y solo aceptarían una paz que supusiera no solo la constatación de la derrota germana sino la desactivación de su maquinaria bélica en el futuro. El aura de derrota que portaban los delegados alemanes que acudieron a negociar el armisticio no hizo sino afianzar la confianza de los generales aliados. “He aquí el imperio alemán”, se dijo para sus adentros jocosamente el general Foch, según detalla Martin Gilbert en La Primera Guerra Mundial (La Esfera de los Libros, 2004).

Las severas condiciones planteadas causaron conmoción en Alemania. “Hay un pueblo de 70 millones de personas que sufre pero no está muerto”, protestó Mathias Erzberg. Pero, a la vista de que ni Foch ni sus socios estaban dispuestos a ceder ni un palmo acabaron aceptando.

En un vagón de tren situado en el bosque de Compiègne, representantes de ambos bandos estamparon su firma a las 5:15 horas del 11 de noviembre de 1918, en un documento que establecía el cese de las hostilidades a las 11 de la mañana de ese mismo día. Cuando llegó ese momento, el tronar de los cañones dejó paso al silencio, un silencio que ni siquiera los combatientes que ocupaban las líneas de batalla fueron capaces de romper.

Tras más de cuatro años de contienda el tronar de los cañones cesó a las 11 horas: la Gran Guerra ya era historia

Todos mostraban una sonrisa de oreja a oreja. Nadie gritaba lleno de alborozo ni mostraba un entusiasmo incontrolado: simplemente todos sonreían de oreja a oreja, y creo que el motivo es que nadie podía encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía”, describiría el capitán canadiense Cecil Gray Frost.

Más de cuatro años de intensas batallas habían dejado un saldo sobrecogedor de víctimas mortales -la última, solo un minuto antes del final- y heridos y toda una generación marcada en lo más profundo por el horror allí vivido. “Espero que podamos decir que esta histórica mañana marcó el final de todas la guerras”, comentaría Lloyd George.

La Gran Guerra ya era historia aunque no eran pocos los que sentían que aquel final representaba un mero paréntesis. No en vano, según señala Lozano, algunos se referían ya antes de la firma del armisticio a la contienda como la Primera Guerra Mundial, dejando entrever la creencia de que otra habría de llegar en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, aquel 11 de noviembre de 1918 era un día de esperanza. Tal y como escribió el periodista Philip Gibbs, “los fuegos del infierno” se habían apagado. Apenas dos décadas después volverían a prender con mayor intensidad.

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