Carlos V: la tragedia de dominar el mundo.

Carlos V en Muhlberg, pintado por Tiziano.

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Carlos V: la tragedia de dominar el mundo

El 28 de junio de 1519, hace ahora 500 años, Carlos I de España era elegido emperador, lo que le dotaba del mayor poder asumido por un solo hombre en varios siglos

Cuando recibió aquella carta, apenas pudo contener su ira. La propuesta de su tía, Margarita de Austria, tenía su lógica. Había pasado más de un mes desde la muerte de Maximiliano y la elección de su sucesor a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico se mostraba más incierta que nunca.

El emperador había dedicado grandes esfuerzos durante los años previos a su muerte para amarrar su sucesión en la figura de su nieto mayor, Carlos, y conservar así el dominio del imperio en las manos de la dinastía de los Habsburgo, como había ocurrido durante las ocho décadas anteriores.

Pero llegado el momento de la elección, muchos de los príncipes electores dudaron: Carlos era joven e inexperto, y un desconocido en aquellas tierras alemanas, y, sobre todo, atesoraba ya una larga serie de importantes dominios (en los Países Bajos, en España, en Italia…) que, complementados con el título imperial, podían elevar su poder a una dimensión sin parangón desde hacía siglos.

Por eso, y para evitar que el título imperial recayera en la figura del rey francés, Francisco I, Margarita proponía a Carlos que renunciara a su candidatura y diera paso a la de su hermano menor, Fernando.

La réplica del ya portador de las coronas españolas fue de una contundencia poco usual en un joven de apenas 19 años: él era el nieto mayor de Maximiliano y el elegido por éste para sucederle; él era el único que podía asegurar la defensa de los intereses de los Habsburgo; él era, en fin, el designado para asumir aquel poder y era necesario hacer todos los esfuerzos precisos para que así ocurriera. «Haz lo que aquí te digo, porque ninguna otra cosa me satisfará», espetó a su tía.

La Casa de Austria destinó ingentes sumas de dinero a asegurar la elección como emperador de Carlos V

Ya nadie se atrevió desde entonces a poner en cuestión sus derechos y la diplomacia de la Casa de Austria se sumió en una denodada lucha para hacer imperar los méritos de su candidato frente a los de su opositor. Fueron meses de intensa propaganda (los austriacos advertían de que Francisco era totalmente ajeno al mundo germánico; los franceses insinuaban el riesgo de que Carlos padeciera la misma enfermedad que su madre, Juana La Loca; de promesas y, sobre todo, de sobornos a los príncipes electores.

La lucha por la corona imperial se convirtió en una especie de subasta, en la que el respaldo de los principales banqueros de la época -y especialmente de la casa Fugger- acabaría inclinando la balanza a favor del rey español. El 28 de junio de 1519, los siete electores votaron de forma unánime el nombramiento de Carlos V como nuevo emperador.

El júbilo se apoderó de la Corte cuando la noticia llegó a Barcelona, donde se encontraba Carlos, en la madrugada del 6 de julio. Aquel nombramiento le revestía de un poder casi universal. «Era el nuevo Carlomagno y podía pensar en la Monarquía universal, en aquel sueño de una Cristiandad unida bajo un solo pastor», explica el profesor Manuel Fernández Álvarez en su libro Carlos V, el césar y el hombre (Espasa, 2000).

En apenas unos años, una serie de combinaciones dinásticas, apuntaladas por una dosis necesaria de diplomacia y ambición, habían hecho de ese joven nacido en Gante el 24 de febrero de 1500 el hombre más poderoso del mundo occidental. «Carlos había logrado un éxito espectacular en el juego de tronos, convirtiéndose en rey de Castilla, Aragón, Nápoles y Sicilia, y ahora en rey de romanos; todo ello sin derramamiento de sangre«, observa Geoffrey Parker en la obra Carlos V. Una nueva vida del emperador (Planeta, 2019).

Esta impresionante herencia, a la que pronto añadiría importantes conquistas al norte de Italia, le situaba como máxima autoridad para unos 28 millones de ciudadanos europeos, casi la mitad de la población continental. Carlos estaba exultante, convencido de que la voluntad divina le había puesto a la cabeza de la Cristiandad para conjurar los altos peligros que asomaban en el horizonte y entre los que descollaban el avance del Imperio otomano desde el este de Europa y a través del Mediterráneo y la incipiente división religiosa de los cristianos, ante la reforma acaudillada por el religioso Martín Lutero.

«Nos esperamos en la divina clemencia que esto será para mucho bien de la Cristiandad», escribió el flamante emperador tras recibir la noticia de su elección. Pero pronto comprendería que hacer entender a sus súbditos la conveniencia de aquella empresa mesiánica que recaía sobre sus hombros no iba a ser tarea sencilla. Ya entonces, las Cortes de Barcelona, a las que reclamó una ayuda para poder emprender el viaje hacia Alemania para ser coronado, dilataron durante meses la concesión de cualquier pago, evidenciando su desinterés en sufragar los propósitos imperiales de su rey.

Y en los meses siguientes, los movimientos del rey francés, que amenazaba con invadir Nápoles y Sicilia, mostrarían con crudeza lo difícil que iba a ser lograr hacer reales sus sueños de pacificación de los reinos cristianos para poder luchar contra el enemigo común. Carlos V, a sus 20 años de edad, sería coronado emperador en Aquisgrán en octubre de 1520, pero ya antes pudo comprobar los enormes esfuerzos que implicaba gobernar sobre tan extensos territorios, tan dispares y dispersos.

«Como emperador tenía como misión proteger a la Cristiandad y, en especial, a la Iglesia Católica. Se tomó esta misión muy en serio y durante toda su vida intentó convencer al Papa, a Francisco y a los demás soberanos occidentales de la obligación sagrada de hacer retroceder conjuntamente a los turcos», explica Wim Blockmans, autor de Carlos V. La utopía del imperio (Alianza Editorial, 2000).

Pero en el resto de cortes europeas era mayor la preocupación por el fortalecimiento del emperador que cualquier otra consideración, de modo que llegaron a firmar alianzas antinaturales: la Francia de Francisco I no dudó en entenderse con los turcos de Solimán el Magnífico para debilitar a Carlos V, mientras que los papas de Roma mostraron escaso interés por refrenar el avance de la reforma luterana en Alemania, que, entendían, suponía una rémora al poder del emperador.

Sus enemigos asumieron alianzas antinaturales con turcos o protestantes sólo para debilitarlo

Así, el que había asumido la corona imperial con la expectativa de llevar la paz al mundo cristiano se encontró inmerso en continuas guerras, de modo que de un total de 41 años de gobierno, pasaría unos 23 sumido en conflictos bélicos, 16 de ellos contra Francia. Sus campañas abarcaron un impresionante espacio geográfico que comprendió desde Viena a Argel, de Muhlberg a Metz, de Pavía a Preveza, de Florencia a Niza, y en muchas de ellas el propio Carlos se situaría al frente de sus tropas, con grave riesgo para su maltrecha salud y su propia vida.

«Parece que para Carlos la decisión de dirigir personalmente sus operaciones bélicas se debe a su asombrosa conciencia del deber, su afán de emprender expediciones y su sentimiento del honor», explica Blockmans. Un sentido del honor que también se plasmaría en sus relaciones con sus enemigos, como cuando respetó el salvoconducto concedido a Lutero en 1521, pese a haber sido condenado por la Dieta de Worns, o cuando trató con las máximas atenciones y acabó liberando a Francisco I, después de que éste cayera prisionero suyo en la batalla de Pavía.

Esfuerzo bélico y económico

El impresionante despligue bélico al que se vio obligado el monarca no podía menos que agravar la ya de por sí complicada tarea de gobernar sobre tan vastos dominios. La dignidad imperial le había revestido de un prestigio sin igual, pero le confería unas responsabilidades para las que no le dotaba de poder efectivo y que acabarían convirtiéndose en el mayor de los problemas de Carlos V.

Y es que asumir los continuos esfuerzos bélicos a los que le empujaba su condición de emperador requería unas ingentes cantidades de dinero que era necesario que sufragaran sus distintos reinos. Para ello, se recurrió a una intensa presión fiscal que se iría incrementando de forma exponencial, muy por encima de cuanto permitía el crecimiento económico que experimentó Europa durante la primera mitad del siglo XVI.

Esta situación daría lugar a protestas y a la consiguiente represión de las mismas, pero las continuas reticencias de sus súbditos a la hora de incrementar sus aportaciones para guerras que no sentían como propias obligaba también a recurrir al crédito privado, lo que acabaría provocando un desmesurado endeudamiento del erario público, especialmente en el caso de Castilla.

Aunque sometió al pueblo a crecientes impuestos, también precisó de masivos créditos privados

Si Carlos V pudo hacer frente con relativo éxito a aquel difícil escenario monetario fue por la conjunción de dos importantes factores. Por un lado, el hecho de que los principales centros financieros del mundo (Amberes, Augsburgo, Sevilla, Génova o Florencia) cayeran bajo su área de influencia. Pudo así tener acceso a recursos financieros muy superiores a los de sus rivales.

A esto se unían las crecientes aportaciones de oro y plata que empezaron a arribar a España desde los nuevos territorios conquistados en América, y que serían empleados en gran medida en la financiación de las empresas bélicas.

Y aun así serían frecuentes los momentos de penurias económicas, en los que el hambre y las deserciones harían estragos entre la fuerzas imperiales, como durante el sitio de Florencia entre 1529 y 1530. En aquellas situaciones, Carlos V acostumbraba a tomar parte directa en las gestiones para resolver el problema, lo que suponía un exceso de carga difícilmente asumible para un hombre con tantas responsabilidades.

«La organización del Imperio no parecía estar especializada suficientemente como para cumplir los elevados requisitos que fijaban las abundantes operaciones bélicas. Por eso todas las preocupaciones, grandes y pequeñas, iban a parar al emperador», comenta Blockmans.

Todo esto no impediría que Carlos alcanzara el medio siglo de edad con la satisfacción de haber conservado con éxito -e incluso incrementado- todas las posesiones que había recibido unas tres décadas antes, a pesar de las continuas amenazas a las que había tenido que hacer frente.

Para entonces, no obstante, eran ya muchas las muestras de fatiga de un hombre que se había visto portando más coronas de las que su cabeza podía soportar, y que poco a poco se había ido viendo obligado a delegar esferas de su poder, para facilitar una gestión más efectiva de sus dominios.

Cuando su madre, Juana la Loca, con la que compartía -al menos, nominalmente- el poder en sus dominios castellanos, falleció en 1555 creyó llegado el momento de abandonar el poder, en un gesto tan poco común entonces como lo es hoy.

El 25 de octubre de 1555, en Bruselas, renunciaba a su gobierno, visiblemente agotado

En una ceremonia celebrada el 25 de octubre de aquel año en el Palacio de Coudenberg, en Bruselas, Carlos V compareció ante los Estados Generales de los Países Bajos para hacer efectiva su abdicación en su hijo Felipe -Felipe II de España-, para el que pedía la misma lealtad que habían mantenido con él. El monarca se presentó ante sus súbditos como un hombre destrozado físicamente, a sus 55 años de edad. «Sé que para gobernar y administrar estos Estados y los demás que Dios me dio ya no tengo fuerzas, y que las pocas que han quedado se han de acabar presto», exclamó antes de solicitar, con los ojos llorosos, perdón por sus errores.

En ese momento, Carlos ya sabía que la unidad imperial por la que tanto se había esforzado llegaba a su fin, después de que su hermano Fernando hiciera valer sus largos años como regente de las tierras germánicas para lograr que prevalecieran los derechos a la corona del imperio de su hijo Maximiliano sobre los de Felipe II.

Aun así, Carlos legaba a su heredero un inmenso imperio global. Pero también una larga serie de problemas sin resolver, pese a haber empeñado su vida en ello. «Su lucha por la unidad de confesión parecía perdida precisamente en el imperio alemán sacro-romano, mientras que las guerras con Francia, Turquía e Italia parecían no poder resolverse de momento. Sus súbditos habían pagado grandes cantidades de impuestos y, sin embargo, dejaría tras de sí una amplia bancarrota. Parecía demasiado para un hombre solo, aunque no lo quisiera reconocer», señala Blockmans.

Aquel hombre que había acumulado un poder sin igual durante siglos decidía abandonarlo antes de tiempo, afectado, como su madre, por rachas de profunda depresión y se encaminaba hacia un modesto monasterio apartado, ubicado cerca de la recóndita aldea extremeña de Cuacos de Yuste. Silencio y reposo eran ya los únicos deseos de un hombre que había padecido la tragedia de dominar el mundo.

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